El autor de esta nota cuenta por qué le gusta asociarse a lugares. Un recorrido que une al Automóvil Club Argentino, a su abuelo materno, a la independencia de Israel, a Aristóteles y a la filosofía moderna.

Ilustración: Bárbara Dana

Cuando le cuento a la gente que soy socio de algo, me suelen mirar raro. Nadie se sorprende de que sea socio de un club o de un gimnasio. Pero cuando se trata de una asociación sin fines de lucro, no implica (casi) ninguna ventaja material personal, cuesta hacerlo entender. Soy socio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), del Club de Amigos del Centro Cultural Konex, de una comunidad judía de Belgrano y de una sociedad de análisis político. Por ahora hasta ahí me da el presupuesto. ¿Qué me dan a cambio? Poco y nada materialmente. Tal vez algún 2×1 en entradas, 15% de descuento en alguna actividad, algún envío de una revista periódica. Me asocio porque me parece interesante ser parte de movimientos a los que adhiero: creo que mi aporte económico suma aunque sea un puchito y que está bueno acompañar con una membresía a instituciones cuyos valores comparto.

“¡Bienvenidos a su Club!”, decía el disquito que sonaba una y otra vez en el teléfono. Durante 10 minutos escuché todas las ventajas que me daba el hecho de que yo (o mejor dicho, mi viejo) fuera socio del Automóvil Club Argentino []. Hasta ese momento en que el auto se me quedó en plena calle Corrientes a las 2 de la mañana, no me había puesto a pensar en la connotación que tenía el hecho de que el Automóvil Club fuera un club. Para mí un club era un lugar donde se hacían actividades socio deportivas y no mucho más que eso. El ACA era una empresa de auxilios mecánicos. ¿O no?

El Automóvil Club Argentino fue fundado en 1904 por un grupo de amigos fanáticos de los autos. Dalmiro Varela Castex, Carlos Álzaga Unzué, José Pacheco Anchorena, Alfredo Tornquist. Todos tipos bien y de doble apellido que seguramente tenían mucho tiempo libre.

Cuentan los historiadores modernos que en 1892, Dalmiro Varela Castex importó un coche Benz con propulsión a caldera. Fue uno de los primeros autos en llegar a Buenos Aires. Con el correr de los años fue trayendo más autos y se empezó a reunir con unos amigos que también tenían la misma pasión. Básicamente, lo que hacían era juntarse con sus autos en Libertador y Sarmiento, y transitar todos juntos y en filita por los bosques de Palermo. Con los años esos amigos y sus herederos instalaron campings en toda la Argentina, hicieron convenios con estaciones de servicios, construyeron hoteles, crearon una compañía de seguros… todo para los socios. Ser parte tenía sus privilegios.

Pero algo cambió en los 90 y aquel Club de socios pasó a ser una empresa. No formalmente, pero sí en el inconsciente colectivo de muchos se sus integrantes. Dejó de ser un espacio común para transformarse en una compañía que brinda servicio automotor prepago. Algo cambió en el Automóvil Club. Algo cambió en la mente de las personas.

Un club no es otra cosa que “una sociedad fundada por un grupo de personas con intereses comunes”, según la definición del diccionario. En la Argentina hay cientos de clubes, sociedades de fomento u organizaciones de gente que se junta con algún fin. Hoy se las conoce como “ONGs” (organizaciones no gubernamentales); esa sigla, lejos de la filosofía de un club suena como un espacio burocrático financiado por alguna organización yanqui. En algún punto, hoy sentimos que las organizaciones nos vienen dadas, que siempre existieron y existirán; nos cuesta sentirnos parte de ellas. Sigo autoreferencial. Ahora te quiero hablar de mi zeide (ab uelo) Abel. En 1945, 46, 47, la comunidad judía argentina estaba muy movilizada. Ya se conocía lo que había pasado durante la Shoá (Holocausto Nazi) y la comunidad local seguía con atención lo que pasaba en la entonces Palestina, hoy Israel. Los judíos que vivían acá querían ayudar como sea en la construcción de un Estado que fuera la garantía de que jamás volvería a ocurrir un genocidio como el Holocausto.

Cuentan los historiadores modernos: “A pocos días de creado el Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, llegó a Buenos Aires un delegado del Maguen David Adom de Israel (Nota: el equivalente a la Cruz Roja Argentina). Junto a un importante grupo de personas fundó el Maguén David Adom Argentina. Su primera comisión estuvo integrada por el Dr. Abel Priluk como presidente, el Dr. Benzion Goldemberg como secretario y el Dr. Simón Kotliar como tesorero, desarrollando una labor ininterrumpida desde ese entonces”.

Mi zeide Abel fundó –con un grupo de amigos médicos- una organización que se encargaba de juntar guita e instrumental para mandar al Estado que nacía para proteger a las víctimas del mayor genocidio de la historia de la humanidad. Era un tiempo en que cada uno desde sus intereses y saberes trataba de aportar lo que podía en las causas que consideraba justas. Desde acá, financiaron y crearon tres de las 109 estaciones sanitarias que hay en Israel. También financiaron ambulancias, equipamento y organizaron campañas de donación de sangre.

Vuelvo a la idea: eran amigos que se juntaban por causas que consideraban justas, armaban una organización, se encargaban de financiarla y de cumplir sus objetivos. Mi vieja siempre me cuenta que en la época peronista a mi abuelo le iba muy mal económicamente. La actividad del médico se había devaluado y ella tenía agujeros en los zapatos. Ahora me pregunto si no hubiera sido bueno para ella que mi abuelo le dedicara unas horas menos a la organización e hiciera unas horitas extra para traer un dinero más a la casa. ¿No es eso lo que haríamos nosotros hoy? Seguramente entonces los valores eran otros.

Tal vez fue el avance del capitalismo, la dictadura militar, la globalización, el psicoanálisis, el boom de los gimnasios, el hedonismo, la posmodernidad, el neoliberalismo, la inseguridad, el individualismo, el fin de las ideologías, el avance de las telecomunicación, la despersonalización del mensaje… no sé qué pasó. Pero en algún momento, la gente dejó de juntarse para contribuir en las causas que consideraba justas; o tal vez dejó de creer en la existencia de causas justas y eso lo obligó a aislarse. Es la historia del huevo y la gallina.

Por eso yo decido asociarme. Porque sí creo que hay causas justas en las que vale la pena apostar. Me asocio porque creo en esto. Creo que el hombre es hombre en tanto viva en comunidad. Arístóteles sostenía en sus escritos sobre política:“El que no puede vivir en sociedad o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino como una bestia o un Dios”. No soy Dios (¡por suerte!) y no quiero ser “bestia”.

Me asocio porque creo en las causas perdidas. Creo que si nos juntamos, somos mejores personas, y eso vale la pena. Sólo las organizaciones pueden lograr eso.

Soy socio porque creo que ser parte de algo que no sea un gimnasio o una prepaga nos hace más humanos. Soy socio porque creo que si nos involucramos podemos hacer de este un mundo mejor.

Asociate, sé parte. Puede ser del espacio que vos quieras. Puede ser del Automóvil Club, de Maguen David o de una cooperativa, de un partido político, del consorcio de tu edificio. Sé parte, comprometéte; no dejes que otro tome las decisiones por las cosas que son de todos. La sociedad te necesita y está en cada uno de nosotros ayudar a hacer de éste un mundo mejor. Está en mí, está en vos, hacer de tu comunidad y tu espacio un lugar propicio para nosotros y para las futuras generaciones.

Ilustración: Bárbara Dana

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Algunos links para que conozcas las organizaciones a las que se asoció el autor de la nota. Encontrá tus intereses también.

Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA)

Centro Cultural Konex

Comunidad judía de Belgrano

Automovil Club Argentino

[] es una organización que brinda servicios de auxilio mecánico de emergencia