El éxito de muchas de las principales empresas del rubro textil, a nivel mundial y local de ese rubro lejos están de una organización del trabajo en la que el factor humano ocupe un lugar prioritario. El trabajo informal y, en muchos casos, esclavo, les permiten reducir exponencialmente el costo de mano de obra para la producción a gran escala y aumentar en la misma proporción las tasas de rentabilidad. Marcas grandes, famosas, y en algunos casos, de “alta costura”, tienen una contracara oculta y de “alta perversión”. Esclavitud Fashion.

Datos siniestros

El total de talleres que fabrica ropa en condiciones ilegales no baja de los 1700 en la Ciudad de Buenos Aires y de los 3500 en el conurbano bonaerense. La estimación pertenece al Centro Demostrativo de Indumentaria (CDI).
La industria paga tan poco en el mercado negro, que el costo de mano de obra para cada prenda no supera el 3% del precio de venta en las grandes tiendas.

La cadena de valor de la industria de indumentaria es compleja y de difícil fiscalización. La mayoría de la producción se encuentra tercerizada fuera de las empresas, generalmente en más de un taller. La masa crítica de talleres efectivos donde las empresas-marcas tercerizan su producción es incalculable, en parte, debido a la informalidad característica del sector y su atomización, y a la coerción impuesta por los dueños de las redes de talleres clandestinos donde existe trabajo esclavo, y que se constituyen como verdaderas mafias.
Se estima que el 80% de la confección de prendas tercerizadas en talleres se realiza bajo condiciones informales. Paralelamente, la gran mayoría del resto del sector de indumentaria, si bien no está vinculada a proveedores en estas condiciones de trabajo, es provista por talleres informales donde los trabajadores no están registrados.


Un proyecto que busca el cambio

Para revertir esa cultura del rubro un grupo de mujeres se está organizando y trabajando duro. El nombre de su proyecto es “La Costurera”. Se trata de un proyecto social dedicado a la reparación, refacción, reciclaje y confección de pequeñas producciones de todo tipo prendas. Destacan que su marca y filosofía nacieron con la finalidad de satisfacer la necesidad de realizar arreglos y producciones de prendas con calidad y en tiempo cero. No se cansan de reivindicar que no se trata de un mero negocio y que lo que buscan es crear inserción social, roles positivos en personas excluidas del mercado laboral formal. Anhelan que las personas que se integren a la iniciativa lo hagan de acuerdo con lo que sus aptitudes, intereses y posibilidades les permitan pero que sobre todo ayuden a dar luz a la ilegalidad en la que se encuentra este tipo de oficio.

Todo comenzó hace poco, en 2011, con dos protagonistas: madre e hija.
La protagonista principal de este emprendimiento es la mamá, Roi Benitez y habló con Opinión Sur Joven. Tiene 52 años, a los 25 años perdió la audición de un oído tras trabajar como costurera en una gran empresa de indumentaria femenina, hoy muy reconocida. El alto grado de informalidad, la precarización del mercado laboral bien propia de la nefasta década del 90´ en la Argentina, la irresponsabilidad empresaria respecto a la calidad de su cadena de valor y la falta de decisión política en los distintos niveles de gobierno para que existiera un sistema adecuado de verificación y control del trabajo en los talleres, son todos factores causales de su discapacidad. Desde ese momento, no pudo volver a trabajar formalmente ni gozar de los beneficios que ello conlleva.

El año pasado citó a su hija en un bar. El objetivo: planificar la manera de aportar y contribuir a insertar laboralmente a personas que se encuentran en esta misma situación. Emprender.

“La costurera” aún no tiene un espacio físico fijo de trabajo y tampoco termina de contar con el equipamiento y la difusión necesaria para que el proyecto se retroalimente y explote del todo. Tienen un espacio cedido en el barrio de Flores, en la  Capital Federal, que lo utilizan como oficina de recepción de pedidos. Las costureras colaboradoras trabajan desde su domicilio. La carencia de regularidad para trabajar siempre en un mismo lugar dificulta su objetivo de integrar a las personas y no solamente darles trabajo.

Sobrevuela en el relato de Roi de forma inmanente la idea de que nadie debe confundirse ni olvidarse de que se trata de un proyecto social. Su precaución se percibe cuando Roi relata que La Costurera ofrece garantías a la persona de que no solamente va a recibir un sueldo por su trabajo, sino de que además va a tener la oportunidad de desarrollar relaciones sociales positivas, de jugar un papel valorable dentro del ámbito laboral y dentro de la comunidad. “Lo único que nos importa, lo que nos desvela, es contribuir a la inclusión social de discapacitados o personas excluidas del mercado laboral enfatizando y formulando el concepto de valor compartido”.

Cuando le pregunto por la “diferenciación” de su marca respecto de las demás, contesta que la tiene muy clara: “La diferencia está en fabricar una prenda que fue confeccionada con responsabilidad, sin altos costos, y así generar un espacio para revertir la situación del rubro; hay que contribuir a crear conciencia en las empresas y emprendimientos textiles”. ¿Cuál es el objetivo que tienen?  “Queremos ser la red más grande de colaboradoras costureras, primar el trabajo en blanco con cooperativismo, solidaridad y trabajo conjunto” dice Roi.

La ONG “Inicia Emprender al Futuro” las ayuda y asesora constantemente en la correcta implementación del proyecto. Pero ellas buscan su punto de despegue en la comunidad. Participan de dos plataformas denominadas de “crowfunding”, que les permiten recaudar fondos para la compra de máquinas de coser, el diseño y la impresión de folletería. Pueden colaborar ingresando a Ideame.me o Tumecenas.com. “Aunque no hay nada como el boca en boca” aclaran.

Un proyecto que surge para cambiar la comunidad, precisa que la comunidad lo ayude.