¿Sabías que el cambio de clima podría exponer a 2000 millones de personas más a la transmisión del dengue para el 2080? Las altas temperaturas no sólo producen catástrofes naturales sino que también afectan nuestra salud. El costado legal y de los sistemas públicos sanitarios de un problema que todavía no está concientizado.

Ilustración: Lorena Saúl

¿Por qué nos subleva que nos fumen al lado y no que fracasen las cumbres sobre el cambio climático en Copenhague o Cancún? ¿Por qué encontramos irritante contagiarnos una gripe pero no así que industrias emanen gases de efecto invernadero? La respuesta puede ser desconocimiento, indiferencia o simplemente condescendencia. A pesar de eso, no deja de ser un hecho que el calentamiento global nos afecta la salud mucho más que oler un poco de tabaco o estar un par de días con influenza.

Usualmente se identifica al medio ambiente con los fenómenos meteorológicos catastróficos y sorprendentes como huracanes, grandes tormentas, sequías y tornados, con su consecuente tragedia humana de muertes y desplazamientos.

Sin embargo, en nuestra rutina diaria va incrementándose el peligro de una catarata de repercusiones que parten como producto del cambio climático y que, por si fuera poco, no son mediadas por el hombre: las sociedades no vinculan la nueva situación climática con viejos problemas de salud que se ven exacerbados y masificados.

Aunque la elevación de la temperatura mundial pueda tener algunos efectos beneficiosos -como una menor mortalidad en invierno y un aumento de la producción de alimentos en determinadas zonas antes infértiles-, los efectos globales para la salud están siendo negativos y, lo que es peor, amenazan con recrudecerse, ya que el cambio climático influye en requisitos básicos de la salud: aire limpio, agua potable, alimentos suficientes y vivienda segura.

El panorama, a riesgo de caer en una postura pesimista, tiende a ser más sombrío cuando se pone bajo la lupa la adaptación de los sistemas de salud al nuevo contexto. El cocktail se vuelve explosivo al ver que los pobres –cerca de la mitad de la población mundial- son los más vulnerables a las consecuencias climáticas y a los sistemas legales desactualizados para enfrentarlas. Para colmo, los países aún siguen sin poder ponerse de acuerdo en cómo dar vuelta la historia.

Supervivencia en peligro

“Los efectos en la salud varían de lugar en lugar, depende si la región es más seca o más húmeda. Uno de los impactos más altos es el cambio de la frecuencia en desastres naturales, y con ellos, además de salir lastimada, la gente es desplazada y permanece en refugios no sanitarios, sufre por el agua contaminada por residuos químicos y padece efectos ocultos en el aspecto mental: muchos quedan traumatizados meses después del desastre”, explica la doctora Lindsay F. Wiley en diálogo con Opinión Sur Joven.

Wiley es abogada egresada de la Harvard University y profesora de Derecho de la Salud de la American University de Washington. Su estudio se focaliza actualmente en condiciones de salubridad en los Estados Unidos y su relación con el medio ambiente. De paso por Buenos Aires e invitada por la embajada estadounidense para dar conferencias y reunirse con pares locales, nos explica la relación entre salud, ley y medio ambiente.

“La salud también es afectada por el empeoramiento del nivel de polución en el aire, y no sólo por la emisión de gases, sino por el impacto que el calor tiene y los procesos químicos que genera, cambiando patrones en enfermedades infecciosas transmitidas por vectores como mosquitos”, relata.

Ella recuerda el caso del hantavirus que hace poco se propagó en Estados Unidos, así como en la Argentina (en la década pasada en la región patagónica): “Eso fue por el cambio del clima. Es preocupante porque cuando las poblaciones están expuestas a las enfermedades sus organismos se vuelven más vulnerables a lo largo del tiempo”, es decir, menos resistentes a tener mecanismos de defensas contra las infecciones.

Otra arista del impacto en la salud es el envenenamiento a través de la comida que producen las altas temperaturas. Según Wiley, más de 300 mil personas ya han muerto por causas atribuibles al cambio climático.

Un caso paradigmático de cómo la tropicalización del planeta podría hacer escalar la muerte es la malaria: mata casi un millón de personas cada año y sus mosquitos –del tipo Aedes- son muy sensibles a las condiciones climáticas. Otro ejemplo: según estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cambio de clima podría exponer a 2.000 millones de personas más a la transmisión del dengue para el año 2080.

Con menos tenor trágico, el aumento de la temperatura modifica los niveles y la distribución estacional de las partículas aéreas naturales (como el polen) derivando en asma, enfermedad que podría multiplicarse. A su vez, la escasez y mala condición del agua pone en peligro tanto la salud como la higiene, con el consiguiente incremento del riesgo de enfermedades diarreicas (que ya causan 2,2 millones de muertes anuales).

“Uno de los temas en los que me enfoco en mis estudios es que los efectos no son nuevos sino un empeoramiento de viejos problemas, que suelen afectar especialmente primero a los pobres y a la gente que no se puede proteger bien. No somos todos igualmente vulnerables”, afirma Wiley.

Mitigación y adaptación

“El enfoque actual para la cooperación internacional está puesto en las pandemias o el bioterrorismo, cosas que incluso ni los países ricos se pueden proteger. Hay una perspectiva basada en la seguridad”, cuestiona Wiley, y aboga por “cambiar la manera en que se piensa la cooperación internacional y trastocar las prioridades a nivel internacional”.

Ella destaca que en la anteúltima cumbre sobre el clima en la capital danesa hubo un encuentro aparte en el que se dio por primera vez dedicación especial al aspecto de los impactos en la salud, pero apuntó contra una tensión que debe resolverse: “Los países desarrollados se enfocan más en la mitigación y los países en vías de desarrollo en la adaptación”.

Para el mundillo ambiental son dos conceptos clave. La mitigación es la mirada que hace hincapié en la reducción de las causas del problema (emisión de gases), en tanto la adaptación es la aceptación de que parte del cambio es irreversible y se debe actuar para ver cómo se lo encara. “Se debe fijar una estrategia combinando ambas perspectivas, no se puede elegir una o la otra, y los países desarrollados deben saber que para lograr más mitigación deberían llegar a acuerdos con respecto a la adaptación”, alerta.

Con respecto al costado legal, Wiley opina que no hay ningún país en el que se haya alcanzado un sistema de leyes ejemplar con respecto a cómo poner en contexto la normativa sanitaria con la nueva situación.

Según un informe de la revista especializada The Lancet sobre la relación entre políticas medioambientales y la mejora de la salud pública, combinar una serie de medidas como el cambio de combustibles, nuevos tipos de ventilación para ahorrar energía y sencillas formas de reducir la contaminación evitarían en Reino Unido 5.500 muertes prematuras y la emisión a la atmósfera de 41 megatoneladas de dióxido de carbono.

Otro ejemplo local que la revista menciona es que según un estudio, si se instalaran en 10 años unos 150 millones de hornos caseros no contaminantes en la India, se reducirían en 240 mil las muertes de los niños por causas respiratorias y en 1,8 millones las muertes de adultos por problemas cardíacos y pulmonares.

La salud es un bien preciado que también está puesto en riesgo por el cambio climático. En definitiva, el hombre es un ser vivo y por qué habría de salir ileso cuando a su alrededor se extinguen especies, se derriten glaciares y se secan ríos.

La concientización del efecto sanitario directo del calentamiento global en nuestra calidad de vida recién comienza. Como dice Wiley, “es un trabajo que está en progreso y es una buena oportunidad para aprender porque en este caso nadie se encuentra adelante del resto”.

Ilustración: Lorena Saúl

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Más salud y más medio ambiente:

Lindsay Wiley, abogada egresada de la Harvard University y profesora de Derecho de la Salud de la American University de Washington

Organización Mundial de la Salud (OMS)

The Lancet

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