Una colaboradora de Opinión Sur Joven dejó su tierra natal, Estados Unidos, para venir a vivir y trabajar por tiempo indefinido a la Argentina, un país latinoamericano con menores posibilidades económicas. En la siguiente nota nos cuenta cómo se decidió a emprender el viaje, por qué estaba disconforme con su vida en Nueva York y cómo se adapta a la cultura local. También en este número un psicólogo analiza el fenómeno de los viajes

Me fui de lo conocido a buscar algo que no sé bien qué es. Tomar la decisión de dejar Estados Unidos por un período de tiempo indeterminado no fue fácil. Llegué a Buenos Aires el 30 de noviembre de 2007, pero mi viaje hacia aquí comenzó mucho antes.

Viví y trabajé en Nueva York durante tres años. En junio de 2004 me había graduado en la Universidad de Northwestern y desde entonces probé suerte en mi ciudad natal. Me crié en un suburbio al norte de Nueva York y la vida que estaba llevando era la que había soñado desde mi infancia; siempre supe que quería vivir y trabajar en Manhattan.

Pero una vez en el lugar, sentí que no tenía esa felicidad tan ansiada y que estaba perdiendo el tiempo, corriendo hacia una meta que ya no me interesaba. En ese momento estaba trabajando para una importante empresa de servicios financieros cerca de Wall Street. Pero la verdad es que no estaba cómoda y el trabajo no me parecía estimulante desde el punto de vista intelectual.

Y las preguntas aparecían una y otra vez en mi cabeza: ¿Qué actividad me podría hacer feliz? ¿Cuáles debían ser los próximos pasos en mi vida profesional? Si Nueva York no era para mí, ¿entonces cuál es mi lugar en el mundo? ¿Qué cosas quiero hacer ahora –a los 25- que me pueda arrepentir de no haber hecho en otros 25 años?

Las preguntas daban vueltas en mi cabeza como compitiendo para ganar una carrera. Pero no había ninguna carrera; yo misma me imponía la presión que sentía, por vivir en una sociedad que insiste en seguir un camino que define el éxito a través de la ganancia material. Mi mente estaba cansada y ya no quería seguir corriendo hacia un rumbo de logros medidos por otros. Sabía que tenía que descubrir por mí misma el significado de vivir en un mundo moldeado con un sistema de valores creado por mí y al cual me apegaría sin importar las opiniones ajenas.

Había pasado demasiado tiempo haciendo lo que debía en vez de lo que quería. La idea de hacer lo que quería era sin dudas mucho más fascinante que tratar de seguir las leyes de la jungla.

Mi confianza en esta decisión coincidió con las dudas y las críticas de mi familia. Sus preguntas iban desde “¿a dónde vas a ir?” a “¿por qué tenés que irte del país para descubrir lo que querés de la vida?”. Yo no tenía entonces todas las respuestas y dudo que alguna vez las tenga. Pero me aferré a la idea de que esto era lo que yo necesitaba y quería, y que trabajaría duro para obtenerlo, a pesar de vacilaciones propias y ajenas.

El siguiente paso sería decidir hacia dónde ir. Había estado de visita en lo de unos amigos en Buenos Aires en el verano de 2005 y quedé cautivada por la energía sensual y el ritmo urbano de esta joya sudamericana. Dentro de lo desconocido de mi aventura, Buenos Aires era algo conocido dado que había estado antes acá y sabía que lo había disfrutado.

Por supuesto, también puse en la balanza el hecho de que mis dólares estadounidenses iban a jugarme a favor frente al peso argentino. Europa y el Reino Unido estaban descartados porque sus fuertes divisas no me permitirían vivir mucho tiempo allí con mis ahorros mientras no encuentre trabajo. Israel quedó como segunda opción por cuestiones de seguridad.

Había además otros factores a considerar, como mi interés por hablar español que aprendí en mis estudios en Salamanca, España y viajando por Sudamérica. Pronto mi decisión se hizo fuerte y ya estaba reservando mi pasaje de avión de Nueva York a Buenos Aires para el 29 de noviembre de 2007.

Allá vamos

Cuando uno se prepara para vivir fuera de su país natal por un tiempo (aún indeterminado), hay que resolver cuidadosamente muchos asuntos. Puede resultar cansador, pero al final valdrá el esfuerzo. Por ejemplo, es necesario intentar renunciar amigablemente al trabajo, cuidando de conservar intactos los vínculos profesionales.

En EE.UU. también es fundamental mantener el plan del seguro médico y ver qué alcance internacional tiene. Luego está el tema de la rescisión del contrato de alquiler, lo que podría causar inconvenientes a nuestros compañeros de habitación, que necesitarán llenar nuestro espacio.

Lo más complicado logísticamente es decidir qué hacer con nuestras pertenencias, ya que las restricciones del equipaje no nos permiten acarrear nuestra vida al otro lado del mundo. En mi caso, terminé mi contrato de alquiler un año antes de que finalizara, vendí mis muebles y empaqué unas cuantas cajas que guardé en el departamento de mi abuela. También me deshice de cosas que no me servían y doné mucha ropa. Clasificar mis posesiones como reliquias o basura fue difícil e increíblemente liberador. Quería cambiar mi vida y ese cambio debía ser de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro.

Reduje mi microcosmo personal, y al hacerlo sentí alivio. Al fin de cuentas, creo que estamos demasiado pendientes de lo que tenemos en las manos y no nos ocupamos suficientemente de lo que tenemos en nuestro corazón.

Además de terminar de resolver algunos asuntos en mi país, también tenía que pensar en el comienzo de mi vida en Buenos Aires. Ello implicaba tratar de encontrar un departamento y explorar potenciales puestos de trabajo. Me contacté con gente que vivió o vive en Buenos Aires, incluyendo amigos y amigos de amigos. Estaba construyendo el marco para un hogar en el cual viviría pronto y esperaba me hiciera feliz.

Era hora de moverse hacia el sur y a pesar del rumbo descendente, sentí que en realidad estaba ascendiendo hacia mis ideales imaginados.

Combo completo

Primero tuve que terminar con algunas cuestiones de mi vida en Nueva York. Esa preparación era meramente el aperitivo de la aventura y se me hacía agua la boca a medida que subía al avión que me llevaría al hemisferio sur para el plato principal. A poco de haber llegado vi que mis dificultades se superponían con mis alegrías. No sólo me tuve que adaptar a hablar español en conversaciones diarias; también tuve que aprender el lenguaje social implícito de los argentinos.

Le hinqué el diente al plato. Surgían percances todo el tiempo, lo que era frustrante y entretenido al mismo tiempo. Por ejemplo, cuando vivía en España, si quería tomar un taxi podía «coger un taxi». Luego de provocar muchas carcajadas, aprendí que en Argentina ese mismo verbo se refiere al acto sexual.

Al principio no me daba cuenta de que el jamón podía estar presente en muchos platos de un restaurante, incluso si no estaba expresamente aclarado en el menú. Ahora pregunto a menudo si el plato incluye jamón antes de presuponer lo contrario.

Asimismo, no puedo evitar comparar la forma de ser de los argentinos con las formas de la cultura estadounidense que dejé atrás. Los horarios para comer y dormir varían de una cultura a otra al igual que las costumbres en el transporte público. En Nueva York, el chofer del colectivo siempre espera hasta que cada pasajero pague la tarifa y encuentre un lugar. En Buenos Aires, si soy la última persona en subir, con suerte el chofer cerrará la puerta detrás de mí antes de pasar a toda velocidad un semáforo en rojo.

Además, y esto quizás sea lo más sorprendente, en Nueva York no hace falta planear con anticipación cómo gastar el dinero para obtener el cambio exacto que se necesita para viajar en colectivo. Aquí sólo se puede pagar con monedas las cuales están más que escasas. Eso genera además la necesidad de discutir, suplicar o incluso mentir a los cajeros para que te den cambio cuando pagás cualquier cosa.

Pero mantuve una actitud positiva: aprender estas costumbres requiere mucha paciencia y entusiasmo. Mi hambre de desafíos me empuja hacia delante.

Tengo 25 años, y estaba caminando hacia un destino que nunca imaginé o adopté. La evolución que intento lograr requiere una revolución personal. Así fue que arriesgué lo que tenía a cambio de aventura, y hasta ahora no he mirado hacia atrás. Viviendo acá en Buenos Aires me despierto cada mañana con una sed que sólo puede ser saciada con las aventuras que encuentro en cada colectivo, mercado o restaurante…

Con una mirada realista hacia el futuro, no puedo decir cuánto tiempo pienso quedarme acá. Sin embargo, sí puedo decir con certeza que disfruto esta vida que construí a fuerza de sueños y trabajo duro. La continuidad de este goce requiere vivir el momento y no preocuparse demasiado por los momentos que están por venir. De modo que seguiré haciendo eso, hora a hora, día a día, a medida que continúo mi viaje en risas y en palabras.

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