¿Quién no se estremeció alguna vez cuando pasó cerca un colectivo arrancando con un sonido chirriante y brutal? Los niveles de contaminación sonora de la Ciudad de Buenos Aires son los más altos de América Latina. ¿Debería esto ser un problema primordial para la agenda pública? ¿Cuáles son los actores involucrados?

“Buenos Aires es la ciudad más ruidosa de América Latina”. La afirmación fue plasmada en el título de un artículo publicado en la revista online del Mercosur, basado en un informe de laOrganización Mundial de la Salud (OMS). Así se reafirmó lo que la mayoría los habitantes de esa ciudad sospechaban.

El informe de la OMS puede servir como aproximación a la situación sonora de Buenos Aires; hoy no existen datos oficiales sobre los niveles de ruido en la ciudad. Su gobierno aún no realiza mediciones ni registros, aunque está programado el lanzamiento de un mapa de ruidos para el 2010.

Si bien se encuentra habilitada una línea telefónica para denunciar ruidos provenientes de fuentes móviles (debe marcarse el número 147), la cantidad de llamados no parece alcanzar para que el problema de la contaminación auditiva sea considerado un tema urgente para su gobierno. Una de las causas de que esto suceda es la falta de información.

Pocos tienen presentes las dificultades que puede causar la exposición a altos niveles de ruido: no sólo provoca una disminución de la audición, sino que existen consecuencias menos obvias pero no por eso menos importantes. La coordinadora del Laboratorio de estudios sobre Audición de la Universidad de Montreal dijo en 2007 en el diario La Presse de Canadá: “Cuando el ruido ambiente es muy fuerte y perdura, nuestro cuerpo se pone en estado de vigilancia, como si hubiera un peligro inminente y tuviéramos que defendernos de una agresión. El ritmo cardíaco aumenta, la respiración se vuelve más rápida. El organismo no puede resistir indefinida e impunemente esta tensión, se agota y pueden aparecer diversas complicaciones de salud”. Los efectos de este tipo de exposición son irreversibles. Tienen consecuencias en el sistema nervioso y cardíaco, y pueden causar problemas psicológicos como, por ejemplo, disminución del apetito sexual e insomnio.

Algunos datos

Un camión recolector de basura llega a los 100 decibeles (dBA); el despegue de un avión a los 120dBA. La música promedio en una discoteca alcanza los 110 dBA. La alarma de despertador es de 80dBA. Las cifras aisladas aportan menos que si se las compara. Por ejemplo, una charla produce 50 dBA; un colectivo, al arrancar y frenar produce unos 80 dBA. Si luego se contrasta esos parámetros con los 180 decibeles que pueden producir la sordera total, puede decirse, sin pecar de exageración, que el ruido en la ciudad enferma.

Intereses cruzados

Andrés Grippo, comunicólogo especializado en gestión ambiental, es vocero de la máxima autoridad ambiental en la Ciudad de Buenos Aires, la Agencia de Protección Ambiental. Según él, la mayor fuente de contaminación sonora en la capital es el transporte público. El problema es que los vehículos que circulan están en mal estado: “Después de la crisis económica, la Secretaría de Transporte siguió ampliando la cantidad de años que podía estar circulando un colectivo, por lo cual el parque automotor de la ciudad está envejecido. Hoy, cada ómnibus está autorizado a circular hasta trece años”. En países de Europa como España, el máximo permitido es de seis años.

¿Por qué no se implementan medidas efectivas para solucionar el problema? Grippo asegura que se trata de una cuestión de decisión política y económica. “La Ciudad de Buenos Aires tiene una autonomía medio renga. Las políticas que deben acatar las empresas de colectivos dependen de la Secretaría de Transporte de la Nación”. “La solución al problema de los colectivos, que son los principales causantes de ruido en la ciudad, es un cambio de tecnología. Incluso hemos registrado vehículos más viejos que no deberían estar circulando, pero tenemos limitadas las facultades para retirarlos”, asegura. “Si superan los niveles de ruido que regula la ley de Buenos Aires podemos poner una faja en la boletera para que no pueda seguir transitando, pero tenemos unos niveles de ruidos muy altos ya de fábrica”, agrega.

Grippo sostiene que desde la ciudad se hacen controles: “Se hacen muchas multas y no creo que a ningún empresario de transporte le guste estar pagándolas todo el tiempo. Aparte, cuando los niveles se superan por mucho, el colectivo no puede seguir circulando, tiene que volver a nuestras dependencias para demostrar que sí puede andar, y si lo enganchamos en la vía pública sin autorización, la multa se multiplica”, explica.

Frente a la posibilidad de una solución concreta, el vocero de la Agencia asegura que se están ideando opciones, como el denominado Bus híbrido, creado junto a la Universidad de La Plata y la empresa Tatsa, que hace carrocerías para los colectivos. Es alimentado a diesel y a electricidad, por lo que tiene un nivel de ruido constante; el mayor problema sonoro lo producen las aceleradas y frenadas. “Colectivos como el nuestro consumen un 50% menos. Ahora el diesel no es tan barato para los transportes, si les costara lo mismo que le cuesta al señor que lo va a cargar en el auto, sería mucho más negocio tener un vehículo así”, sostiene Grippo.

Claro que éstas son opciones a largo plazo. “El Gobierno Nacional puede llegar a bajar una política, de que cada diez o quince colectivos nuevos que se compren, uno tenga que ser híbrido, entonces sería progresiva la mejora. En diez años tendríamos toda la flota renovada”, sostiene

En torno a este tema hay varios actores en conflicto: el Gobierno de la Ciudad, la Secretaría de Transporte dependiente del Gobierno Nacional, las empresas privadas de colectivos, que a su vez son subsidiadas por el gobierno y, por último, las personas que circulan todos los días por esquinas donde los niveles de ruido alcanzan decibeles cercanos a los 80dBA. Y finalmente, son ellos quienes sufren las consecuencias físicas de tal exposición.

Ilustración: Bárbara Dana

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