Hasta hace unos 50 años la siesta era una costumbre sagrada incluso en las ciudades medianas. En las grandes urbes latinoamericanas era una práctica optativa. Pero algo cambió y hoy es un sinónimo de vagancia. Sin embargo, distintos estudios dicen que la siesta baja el estrés, disminuye la presión arterial y mejora la atención y la memoria. ¿Por qué algunas empresas la están incorporando? ¿Qué país la impulsa como derecho constitucional?

Lavalle y Florida, dos y media de la tarde. Miles de personas caminan apresuradamente en distintas direcciones. Muchos de ellos seguramente trabajan en alguna oficina del microcentro porteño. Intento detenerme pero me doy cuenta de que es casi imposible. La marea de gente me conduce no sé dónde y aunque no sea muy oportuno, me surge una pregunta: ¿qué pasó con la siesta?

Comenzamos este viaje de ensueño en busca de alguna pista, y en un abrir y cerrar de ojos, despertamos en una ciudad romana. Según nos cuentan, por la mañana se ha trabajado bastante, transcurre la hora sexta -nuestro actual mediodía y etimología de la preciada palabra- y es hora de un buen descanso.

Ahora que contamos con el origen de la palabra, y sabiendo que en algunos casos la siesta es símbolo de una costumbre no tan saludable, es necesario indagar sobre el grado de veracidad de esta creencia. Preciada capacidad onírica mediante, viajamos otra vez en el tiempo y despertamos en una habitación sumamente silenciosa. Parece pertenecer a alguna persona muy estudiosa. Sobre el escritorio hay una infinidad de libros de física, y entre ellos, una nota que dice: “Las siestas son recomendables para refrescar la mente y ser más creativo”. A pocos metros descansa Albert Einstein.

Si consideramos que otras mentes brillantes como Da Vinci y Edison también eran defensores de tal placentero descanso, al menos ya sabemos que la siesta no es de ociosos. En nuestro país el problema surgió cuando ésta y otras costumbres comenzaron a ir en contra de los cambios producidos en las formas de trabajo: cada vez se hacía necesaria más mano de obra en los grandes centros urbanos y esto no era compatible con cortar unas horas al mediodía.

Sin embargo, nuestros vínculos con la siesta tienen muchos años de historia e incluso en nuestra madre patria también tienen fama de siesteros. Sin ir más lejos, en un municipio de Valencia te pueden hacer una multa de 750 euros si causás molestias a esa hora.

Siesta-Landia

En Buenos Aires, en muchas ciudades de la Argentina y en América Latina, la siesta ya no es un hábito masivo. Sin embargo, en ciertas regiones, la tardecita sigue siendo sinónimo de descanso. El caso más ilustrativo es la provincia de Santiago del Estero. Nunca van a faltar los chistes del santiagueño dormilón, aunque en realidad entre las risas se oculta una idea de desacuerdo.

Juan, un joven estudiante que vive en La Banda, Santiago, dice que “la siesta no se cambia por nada”. Nos cuenta que en Santiago la gente se levanta muy temprano a trabajar y a la hora de la siesta “no andan ni los perros por la calle”. Él va a una escuela de doble jornada. Cuando al mediodía regresa a su casa, aprovecha el intervalo para dormir. En su habitación tiene una computadora con banda ancha y muchos programas para editar música, que es su actividad preferida. De todas formas, a la hora de elegir, la siesta siempre está en primer lugar para Juan.

Puede que alguno que otro ande por las calles a la hora sagrada, pero en general la costumbre es aceptada por todos, e incluso hasta los comercios bajan las persianas. Se dice por ahí que durante las siestas anda suelta el Alma Mula, una especie de animal terrorífico que arrastra una cadena, larga fuego por los ojos y anda buscando alguna víctima o periodista desprevenido. ¿Alguno se acuerda cuando le decían que si no dormía venía el cuco o el viejo de la bolsa? Bueno, a darle las gracias a los padres, porque parece que en Santiago el casting lo ganó el Alma Mula.

La deuda del sueño

Para saber sobre la siesta debemos conocer en detalle las características y etapas del sueño. Alejandro Ferrero, director del Instituto Ferrero de Neurología y Sueño asegura a Opinión Sur Joven que junto con una buena alimentación, respiración y ejercicio, el buen sueño es un factor imprescindible para una vida saludable.

Cuando decidimos tomar una siesta debemos dormir una hora como máximo, siendo probablemente lo mejor que no pase de 30 minutos. De otro modo, comienza a competir con el sueño nocturno.

El sueño se divide en cuatro fases. Las dos primeras corresponden al sueño ligero y las dos últimas al sueño profundo. La cuarta fase es la de los movimientos oculares rápidos (REM, por sus siglas en inglés) y es el momento donde se producen los sueños, o las pesadillas. Estas etapas se repiten cíclicamente. Ya superando entonces los 30 minutos de siesta por las tardes, es probable que ingresemos en el período de sueño profundo. Esto explica por qué, cuando dormimos una larga siesta, nos levantamos más cansados.

Ferrero dice que el sueño no se puede almacenar. “Uno no puede dormir de más varios días para luego dormir de menos otros tantos. Cualquier persona que ha dormido menos de lo necesario, tendrá una deuda de sueño con su propio organismo, que se advertirá en su funcionamiento”, asegura. De aquí la importancia de la siesta como etapa intermedia antes del sueño de la noche.

¡Por el poder de la siesta!

En Estados Unidos el doctor James Maas es el gurú de la Power Nap (siesta del poder). Muchas empresas conocidas como Levi Strauss han comenzado a incorporar su técnica mediante la instalación de “nap lounges”, salones oscuros donde se puede hacer una siesta sobre un cómodo sillón.

Como era de esperar, Google tampoco se quedó atrás. En sus instalaciones posee unas cabinas aisladas de la luz y del sonido a disposición de su personal. A miles de kilómetros de distancia, en China la “xiu-xi” (siesta) ya es un derecho constitucional. En Japón fueron más allá y crearon hoteles-cápsula con habitaciones de un metro de altura (no aptas para claustrofóbicos).

Debemos ser sinceros: no es que los empresarios hayan sufrido un ataque de bondad, sino que se ha comprobado científicamente que una siesta diaria de 30 minutos trae resultados positivos en el desempeño laboral.

Según Ferrero la siesta baja el estrés, disminuye la presión arterial y mejora la atención y la memoria. También se la ha asociado a una prevención del envejecimiento.

Me voy a dormir una siestita

Después de pasar por dominios romanos, visitar la casa de Einstein y escapar del Alma Mula en Santiago del Estero, aquí estoy de nuevo en Lavalle y Florida. Creo que mis observaciones iniciales no han cambiado mucho o, mejor dicho, no han cambiado nada. La marea de gente no se detiene y al hotel-cápsula japonés lo veo medio difícil. De implementar un derecho a la “xiu-xi”, como en China, primero tendrían que cumplirse algunos mucho más esenciales. Lo de los sillones en las empresas lo veo un poco más viable y ya me empiezo a imaginar las bromas que surgirían entre compañeros de trabajo.

Más allá de todo, aunque algún día nos quieran vender la siesta o Power Nap como un descubrimiento científico de una universidad extranjera, tenemos que saber que los argentinos somos siesteros casi por naturaleza. El lugar y el momento queda a libre elección, pero la necesidad de la siesta es irrenunciable, culturalmente argentina y biológicamente necesaria.

Ha sido una larga jornada y necesito refrescar mi memoria para la próxima nota. Ahora que me doy cuenta de que estamos llegando a la hora sexta, es tiempo de una buena siesta.

Ilustración: Bárbara Dana

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