La hacen convictos de diferentes cárceles de la Argentina. A través de ella se difunden atrocidades que suceden tras los muros. Conoce quiénes hacen el proyecto y sus principales denuncias.

“La Cantora” debe su nombre a la forma en la que se le dice a la radio en la jerga carcelaria. Se trata de una Asociación Civil anclada en un proyecto de comunicación y educación popular que surge en el año 1993. Es realizado, fundamentalmente, por personas privadas de la libertad. Se trata de una organización que lucha contra la tortura en las cárceles pero sobre todo contra la cárcel misma. Su búsqueda, dicen, “es a favor de la vida y la dignidad humana”. La herramienta escogida es lo que denominan “la Comunicación Popular para el cambio social”, por eso crearon espacios radiales que tienen como objetivo generar un diálogo entre las personas en prisión y la sociedad extramuro.

A partir de su primera emisión al aire en 1993 a través de antenas solidarias, construyen un discurso colectivo que confronta con los discursos establecidos. Actualmente tienen su espacio de difusión en la AM 1390, la AM 750, por Internet y a través de talleres universitarios. Participan decenas de jóvenes voluntarios. Hablamos con quien los coordina, Azucena Racosta, la principal referente y fundadora del proyecto quien además de mostrar la génesis de su organización nos relata la realidad de las cárceles argentinas:

¿Cómo nace La Cantora?

Nacimos en el año 1993 pensando dónde estaba el aparato represivo argentino en la democracia, sabíamos que no había desaparecido post dictadura. La cárcel a mi me atraviesa desde hace muchos años y fue un punto en común entre muchas de las fundadoras de La Cantora, pensamos qué podíamos hacer. Y queríamos ingresar a las cárceles sin que nos diera permiso el carcelero ni el gobierno de turno, la única manera era por las personas privadas de la libertad. Queríamos luchar contra ese aparato represivo. Nos propusimos ir, de alguna manera, contra ese sitio que le destroza la vida a tantos humanos y que sobre todo atenta contra el cuerpo de los pibes pobres, que es lo que hay dentro de las cárceles hoy.

¿Cómo lograron hacer rodar el proyecto? ¿Cómo fue el primer contacto con presos?

El primer contacto fue luego de un motín que duró siete días, uno de los mas largos de la historia carcelaria argentina. En el Penal de Olmos, en 1993. Yo era corresponsal de un canal de televisión (Telefé), pudimos pasar un teléfono inalámbrico por los techos y hacer contactos directos. Fui a la cárcel a filmar las actividades artísticas de los internos y esto me posibilitó un primer acercamiento con ellos. Use al programa como excusa para generar los primeros contactos y se abrió un pequeño espacio, que todavía no alcanzaba para revelarles a los detenidos la verdadera propuesta. Por eso luego logramos entrar como si fuésemos visitas familiares y mantuvimos las primeras charlas. Blanqueamos quienes éramos y manifestamos nuestra intención de ayudar a las personas privadas de la libertad. Uno de los presos, Pedro, es el que tiene el mérito en todo esto porque fue el que lo entendió en breve tiempo y con gran claridad. Él comenzó a hacer el trabajo interno y yo el externo. Sin darnos cuenta, ellos ya eran multiplicadores de La Cantora. Así fue como nos multiplicamos y en breve tiempo estábamos en todos los penales, con un número indefinido de compañeros. Ahora bien, los detenidos que trabajaban en la radio, que forman parte de la línea fundadora los separaron, fueron trasladados a otros penales y los torturaron, fueron muy golpeados. Ahí nosotras desde afuera llorábamos, pensamos que queriendo ayudar estábamos haciendo un desastre pero nos enteramos que por medio de familiares, de comunicaciones telefónicas, del ingenio para comunicarse se estaba conformando una red para hacernos llegar el mensaje de los muchachos que estaban en los buzones, como se les dice a las celdas incomunicadas, de que no tengamos miedo, que sigamos, que los huesos se les iban a soldar, las heridas a curar pero el proyecto no podía terminar. La tortura no impidió que el relato llegara hasta sus nuevos compañeros. Más difundían, más los golpeaban y sin embargo más crecía la organización. Llevamos casi diez años, nosotros somos las patas afuera de los privados de la libertad, hacemos lo que ellos no pueden hacer.

Gran parte de la historia de La Cantora se hizo en las sombras, en la clandestinidad ¿cómo fue ese proceso?

Fuimos diez años clandestinos, sí. Nos hemos disfrazado de todo. En los años 90´ particularmente. Ya no lo somos pero el único secreto que seguimos manteniendo es cómo sale el material cuando no nos dejan entrar. Íbamos inventando formas de contacto. Ya no se podía entrar como familiar y la historia de cómo lo logramos es muy larga, en algunos casos divertida, en otros no tanto. Este proyecto nunca logró autorización oficial, entonces el material siempre tuvo que trasladarse de forma clandestina, escondiéndose de las requisas de los guardia cárceles, haciéndole burla al poder. Parecíamos el periodismo de las catacumbas de Nicaragua.

¿Cómo lograron hacer los talleres en ese marco?

En una oportunidad, los internos lograron que el Servicio Penitenciario autorizara la realización de talleres pero eso duró poco, hasta que cambió el director del penal. La cosa cambió cuando empecé a dar clases en la Universidad de La Plata (a la accedí a través de La Cantora) y comenzamos a presentarlos como proyectos de extensión universitaria, además con la llegada de Néstor Kirchner sentíamos que si este era el gobierno de los Derechos Humanos no teníamos por qué seguir siendo clandestinos.

¿Cómo surge la idea de la radio como metodología de trabajo?

La idea inicial era que ellos grabasen desde adentro lo que sucedía y nos lo hicieran llegar. Nosotros hacemos micros que son difundidos por radio, en Internet y a quién los pida. Los presos comenzaron a agudizar el ingenio de cómo grabar, en dónde grabar, con quiénes grabar, dónde hacer los debates, las reflexiones. Y se creó una simbiosis tan fuerte, que, por el peligro que significaba, ellos enviaban el material en bruto y nosotros editábamos; con esa confianza que nos tenían de que íbamos a editar lo que ellos querían que editemos. Y, por otro lado nos sorprendieron, porque se fueron perfeccionando. Hay material que está editado por ellos, y no se puede entender cómo lo hicieron, porque musicalizaron las voces con elementos muy precarios. Por ejemplo, hay unos radioteatros que tienen una calidad que yo en la Universidad no puedo lograr que alcancen mis alumnos. Una radio de Bahía Blanca, FM La Calle, nos ofreció un espacio y diversos espacios similares se fueron abriendo a través de los años como en Radio La Tribu, Radio La Ranchada, y muchas otras de diferentes provincias.

Hacen mucho hincapié en el lenguaje ¿Cómo se llevan con las palabras “preso” e “interno”?

Para nosotros las personas privadas de la libertad están presas y no enfermas. Por eso nos molesta que se les diga “internos”, que es un término de hospital. Alí hay un truco lingüístico para nada inocente, están detrás las teorías de rehabilitación y resocialización que no se cumplen y no existen. Están presas en tanto no pueden circular, no tienen libertad ambulatoria. Pero en las cárceles se violan otras libertades y derechos, le sacan hasta la libertad de comer. La expresión, la comunicación de lo que les pasa es una forma de resistencia. Uno de los presos que forma parte de la Cantora, “el Tano”, siempre dice: “Mejor preso que sometido; yo estoy preso”.

¿Hay muchos jóvenes participando en “La Cantora”?

Sí, la gran mayoría son jóvenes. Trabajan y colaboran en producciones audiovisuales pero también en la realización de talleres dentro y fuera de la cárcel.

¿De qué penales son los presos miembros?

En este momento ya hemos recorrido todas las cárceles de la Provincia de Buenos Aires, hacemos un trabajo muy fuerte en Río Negro, hay organizaciones hermanas que surgieron en Neuquén, Córdoba y Rosario.

¿Qué disparó la radio?

La tarea de La Cantora no se agotó dentro de los penales. Comenzó a tener muchas ramificaciones, en distintas áreas empezamos a indagar sobre las causas penales de los detenidos, recorriendo tribunales y despachos. Además, a través de la emisión de los programas de radio, diferentes sectores de la sociedad, como la comunidad educativa, se interesaron en él. Desde escuelas y universidades pedían los micros sobre drogadependencia, Sida y otros temas que producían los internos de La Cantora. Se abrió la organización de un correo entre presos y niños y adolescentes y la presencia de La Cantora fue muy importante en la mediación entre los detenidos y las autoridades, cuando se producían motines en las cárceles. Se comenzaron a apropiar del espacio otros sectores: los familiares de los detenidos nos llevaron a sus barrios, sus barrios son barriadas marginales. Entre la cárcel y la villa hay un surco de tanto ir y venir.

¿Qué conclusiones sacas a más de diez años de comenzar con el proyecto?

Te mentiría si te dijera que sabíamos que esto iba perdurar. Jamás escribimos el proyecto, porque lo escribió la gente. Si existe, existe porque la gente lo sostiene todavía, si no, no lo hubiéramos podido sostener. Los compañeros recuperaron la palabra, y a partir de esa recuperación trabajaron en su identidad, en su persona, y hoy no son más un número, tienen nombre y apellido. Algunos compañeros están en libertad, y no han reincidido, para sorpresa del Servicio Penitenciario y del gobierno. No sólo no han reincidido, sino que, por ejemplo, un gran compañero nuestro ingresó en la Facultad de Medicina, pese a todas las limitaciones, y otros están estudiando Derecho. Han formado sus familias, tienen sus hijos y nos siguen acompañando. Adentro de la prisión late más la vida que afuera. Yo pensaba que estaba loca: ¿cómo puede ser que adentro de la cárcel haya vida y que afuera estén los muertos? Me daba cuenta que allá un abrazo, es un abrazo, una mirada es una mirada, cuando hablas te escuchan, cuando te hablan estás escuchando, y afuera no. Fue como una revelación, es cierto que en la cárcel late la vida, porque ellos tienen un objetivo, que no lo pierden jamás: lograr la libertad. Afuera perdimos el objetivo. Yo todavía no tengo tan claro qué voy a buscar a la cárcel. La cárcel tenía una gran deuda conmigo. En el penal de Villa Floresta encarcelaron a mi padre, anarquista, que desde chica me decía “lea si no quiere ser una oprimida”. En “La Escuelita”, el campo de concentración que funcionó en Bahía Blanca durante la dictadura militar, secuestraron a mi hermano.

¿Cuáles son las características básicas de las cárceles argentinas hoy?

Son mafias. Los servicios penitenciarios, los que lo manejan, son mafias. Provincia de Buenos Aires es gravísimo porque tiene el 50% de la población carcelaria de todo el país. La edad de imputabilidad ha ido bajando y nunca he visto un rico en la cárcel, salvo uno o dos narcotraficantes como mucho. En las cárceles están las doñas que venden droga, los pibes, los adictos, es el tarro de basura de la pobreza. Mientras no haya solución al tema de la pobreza seguirán construyendo cárceles. La cárcel habla del país que tenemos. El gobierno nacional, , salvo por la gran actuación del vicegobernador de la Provincia Gabriel Mariotto hace un par de semanas en el penal nº 46 de San Martín, ha tomado decisiones importantes en muchos aspectos pero no ha tocado de fondo a las mafias penitenciarias que manejan negocios de muchísimo dinero y poder, lucran con los secuestros extorsivos, el narcotráfico, la prostitución, sacan a presos a robar para ellos, torturan gente sin ningún problema. La cárcel es el infierno.

La Cantora muestra esencialmente lo que pasa en la prisión, ¿qué se encuentra una persona si cae presa?

Se encuentra con violencia. La cárcel busca quebrar a las personas: golpes, violaciones de todo tipo, hambre, frío, falta de asistencia sanitaria. Una persona presa lucha por su vida todo el tiempo y se le suma desde hace unos años el trabajo esclavo. Hay fábricas instalándose dentro de las cárceles y explotando laboralmente a los presos, no les pagan nada, los presos van para salir del pabellón, para escapar de los golpes. En varios penales utilizan presos con patologías psiquiatritas para lavar ambos, sábanas de clínicas con sangre, placentas y trabajan a “mano pelada” sin guantes, sin nada. Hay una instalada en la unidad nº 10 y otra en la nº 29 de la Provincia de Buenos Aires. Hay complicidad de los ministerios y funcionarios de alto rango.La cárcel no es un lugar en el que la gente va a cumplir una condena porque cometió un delito, es una gran empresa, una industria perversa que da millones de dólares. La cárcel tiene el sentido del dinero, del poder. Las personas pobres con prisión preventiva están años en las cárceles sin juicio, preventivamente te encierro por ser joven, pobre y morocho.Una semana en la cárcel te destruye la vida para siempre.

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