¿Son necesarios los líderes? ¿Por qué el ser humano necesita alguien que lo conduzca? ¿Siempre es así? ¿Sería bueno que no lo fuera? Un psicólogo y un politólogo esbozan unas líneas sobre psicología política. ¿Cómo son los líderes latinoamericanos? ¿Existen causas estructurales en nuestra psiquis que hacen que sigamos a un líder? ¿Cómo se imagina al líder del mañana?

Vamos a partir de una reflexión profunda, pero cuyo bagaje de abstracción no impide bajar al concreto esa realidad filosófica: nuestra máxima aspiración en la vida es poder ver todas las noches “Bailando por un Sueño” y los domingos el fútbol.

Ahora sí, comencemos con este artículo.

Existe un sueño, una supuesta utopía, de que algún día la humanidad cambiará y no necesitará líderes, ni gobiernos ni fronteras… cualquier tipo de “dominación” caerá y será reemplazada por otro modelo.

Ya tenemos la utopía, ahora el tema es cómo lograrla. Algunos dicen que luego de ese cambio -que será esencialmente cultural- la gente no necesitará más a alguien que los dirija y todo se autorregulará en una eterna anarquía positiva. Otros -no tan utópicos- hablan de la posibilidad de que el gobierno se ejerza a través de mayorías y que todos gobiernen en una gran asamblea en que las mayorías decidan cada pequeña situación.

¿Es necesario que alguien lidere? ¿Es necesario que alguien decida por todos cosas que todos deberíamos decidir? ¿Por qué no podemos hacer como los griegos que tenían una verdadera democracia en la que todos los ciudadanos decidían cada cosa? La respuesta más común a esta última pregunta es que ahora eso sería imposible. Los griegos tenían una democracia directa en que todo se decidía en una asamblea general y en que todos los ciudadanos decidían sobre “la cosa pública”. Claro que -dice el imaginario popular- en ese momento eran poblaciones muy pequeñas en las que, además, la mayoría de las personas eran esclavos, extranjeros o mujeres . ¿Cómo se haría para tomar decisiones entre 35 millones de personas?

Esa es la excusa más común para desechar la democracia directa. Sin embargo, vamos a refutarla un poco. Por un lado, no es cierto que la democracia griega haya sido tan directa; por el otro, no es cierto que nuestras democracias representativas sean indirectas porque nuestras ciudades o naciones son demasiado grandes.

La Asamblea no se reunía siempre, sino unas diez veces al año. Pero lo curioso es que su carácter de gobierno colegiado no es más que un mito: en realidad la Asamblea nunca gobernaba, sino que controlaba. “Lo que es interesante no es la asamblea de todo el pueblo, sino los medios políticos ideales para hacer que los magiestrados y funcionarios fuesen responsables ante el cuerpo ciudadano y estuviesen sometidos a su control”, dice George Sabine en su libro Historia de la Teoría Política. Había muchos cargos que no tiene sentido explicar en este artículo. Lo interesante es que dado que la Asamblea se reunía diez veces por año (¿una vez por mes con receso en vacaciones de verano?) alguien tenía que tomar las decisiones administrativas diarias. Como sucede en nuestros días, había un Poder Ejecutivo. ¿Cómo se elegía a quienes integrarían ese cuerpo? Muchos de ellos por elección directa, pero otros se decidían por sorteo. “Para la mentalidad griega, este modo de nombrar para los cargos públicos por sorteo era la forma característicamente democrática, ya que igualaba las posibilidades que todos tenían de desempeñarlo” . Entonces, la democracia directa de los griegos no era tan directa, como a veces se dice.

¿Se puede vivir en un mundo sin liderazgos? ¿Por qué los humanos necesitamos un líder? ¿Por qué está estructurado este sistema de liderazgo en casi todas las instituciones que conocemos? Tal vez la psicología pueda explicar un poco acerca de esto.

El ser humano presenta a nivel antropológico (o sea en todas las épocas de su desarrollo) algo que se genera en los vínculos con los otros que llamamos Poder . Max Weber -un sociólogo y politólogo alemán muy importante- decía que “el Poder” es la capacidad de imponer la propia voluntad, de modo que otro haga algo -aún contra su voluntad- sin usar para ello la fuerza física.

Todo el tiempo en nuestra vida cotidiana se manifiestan situaciones de poder. Incluso, en nuestro vínculos sociales más íntimos (amigos, pareja, familia, hijos) se da una relación de “Poder”: una imposición volitiva de uno sobre otro. Según algunos autores, la posibilidad/necesidad de que alguien tenga poder sobre otro está dentro de la estructura mismo del psiquismo humano .

Cuando nacemos nos encontramos en un estado de total indefensión; necesitamos que otro (generalmente la madre) nos cuide, nos alimente, nos dé calor…

En este vinculo aparecen dos posiciones que la psicología llama “Estructurante” (la madre) y “estructurable” (el bebé). La indefensión del recién nacido trae aparejado, que sus cuidadores deban interpretar sus llantos o gestos, especialmente los primeros años de vida, cuando el pequeño no puede verbalizar lo que le pasa.

Esta posición asimétrica determina nuestro psiquismo generando que luego, en nuestra vida adulta, busquemos este tipo de vínculos: necesitamos no sólo que alguien nos cuide, sino que además nos diga qué es lo que nos pasa y piense soluciones para ello, aún cuando esas soluciones no resuelvan el fondo del problema. ¿Qué padre no le dio un chupete a su hijo cuando éste tenía hambre, sólo para que se calme y deje de llorar?

¿Se puede vivir en un mundo sin liderazgos? ¿Es siempre necesario que alguien mande y otro obedezca? ¿Por qué tiene que ser así? ¿Cómo se deben elegir a esos líderes? ¿Es posible que todos mandemos?

La realidad es que no sabemos si es posible o no. Sin embargo, ¿hasta que punto es bueno que todos decidamos sobre todo?. La democracia liberal, en la que sólo elegimos a nuestros representantes, tiene un fundamento mayor que el de “imitar la democracia griega en comunidades más grandes”. En realidad la idea es que haya personas que se encarguen de gobernar y vivan de eso, porque eso es lo que quieren y les gusta. A nosotros nos gusta mirar “Bailando por un sueño”; no queremos gobernar. A nosotros nos gusta escribir, y no tenemos ganas de estar horas debatiendo acerca del impuesto a las ganancias.

En todo caso, queremos manifestar nuestro liderazgo a través de la palabra; otros querrán hacerlo a través de organizaciones, otros preferirán no ejercerlo y tener una vida más tranquila; y aunque no compartimos esa filosofía de vida, tampoco somos quienes para obligar a otros a que se comprometan con cosas que -a su criterio- no son importantes.

La idea de una adecuada división de tareas y la idea del pluralismo subyace tras nuestra democracia representativa. Habrá que ver cómo evitar que haya personas que quieran y no puedan llegar a altos cargos, porque nacieron en una cuna distinta a la de los ricos y poderosos que llegan sin ninguna capacidad para hacerlo

Otro que volvió con la idea de democracia directa fue Jean Jaques Rousseau, un espectacular filósofo francés del siglo XVIII, que revolucionó el mundo moderno.

El hablaba de generar un pacto mediante el cual toda persona sería un ciudadano que integraría una “voluntad general”. La idea sería que todos los ciudadanos se juntarían en una asamblea y decidiría sobre todas las cuestiones: lo que decidiera la mayoría se tendría que respetar siempre sin importar qué sea o qué están decidiendo. Es el gobierno de las mayorías que pueden incluso eliminar a quienes piensan distinto.

Hoy América Latina tiene dos tipos de liderazgos. Por supuesto, que se trata de tipos puros y existen matices entre las posiciones blanco y negro que plantearemos. Algunos liderazgos, como por ejemplo el del presidente argentino, Néstor Kirchner, resultan difíciles de decodificar, dado que toman medidas en uno y otro sentido. ¿Cómo juzgar a un líder como Evo Morales de un liderazgo distinto al de los políticos tradicionales? ¿Cómo evaluar a Lula Da Silva, líder de origen sindical que luego en el poder tomaría una política económica más ortodoxa?

Hablábamos hace un rato de que según ciertas teorías de la psicología, el ser humano necesita de líderes porque sigue evocando aquel momento primario en que dependía de su madre o padre para satisfacer sus deseos.

Este tipo de liderazgo se ve en aquellos a los que coloquialmente se los denomina “paternalistas”. Pensemos en líderes como Perón o Chavez. Ellos no se limitaban o limitan a ser los representantes electos sino que se erigen como cuidadores del pueblo -“el primer trabajador”, por ejemplo – al que ven como una masa que necesita ser cuidada, alimentada, protegida.

Tal vez los ejemplos de Chile o Uruguay -países en que existen partidos políticos sólidos, que exceden a los liderazgos personalistas- puedan ser contraejemplos del modelo chavista o peronista.

¿Cómo elegir los representantes y como darle más fiabilidad al sistema? Durante esta nota hablamos del liderazgo y la psicología del liderazgo. ¿Por qué el ser humano tiende a necesitar de un líder y por qué le cuesta asumir determinadas funciones?

Está claro -más allá de nuestras ironías del principio- que creemos en un mundo en que la gente pueda comprometerse más con la dura realidad. Sólo que también creemos que existen distintos lugares desde donde es posible la participación: gobernar y administrar el Estado no es la única forma de liderar.

Sin embargo, también está claro que alguien debe gestionar el gobierno. Y esos líderes -como decía Aristóteles- pueden ser buenos o malos. Si son buenos, no hay problemas de ningún tipo. Pero si son malos, para eso existen instituciones. Frente a los liderazgos, que son humanos y corrompibles, las instituciones otorgan estabilidad al sistema. ¿Cómo serán los líderes del mañana? ¿Cómo vemos nosotros a los líderes del mañana?

Tal vez parezca una utopía en esta tan enrarecida América Latina pensar en un líder que se preocupe en fortalecer las instituciones, incluyendo la educación, la justicia, la división de poderes y la ciudadanía, lo cual implica terminar con la pobreza; un líder que ejerza la autoridad, pero no para acumular más poder, sino para hacer cumplir las leyes que lo exceden… las leyes consensuadas previamente, que a la vez darán estabilidad a futuro.

Tal vez ese sea un buen debate para un próximo artículo. Por ahora, vale decir que frente a líderes que pueden ser buenos o malos, la mejor garantía de estabilidad y respeto a los derechos humanos son instituciones sólidas.

Nuestra apuesta es que cuanto más educado -cuanto más “adulto” sea el pueblo- esta asimetría se puede reducir bastante. Entonces, los líderes ya no tomaran una actitud paternalista, sino que se comportarían como verdaderos representantes.

Agradecimientos Marilú Estévez. Gisela Delfino