«El hombre que sabía demasiado»

Se cumplieron  el mes pasado 204 años del fallecimiento de Charles Darwin, un gigante de la ciencia: publicó tres libros de geología, cinco de zoología, cuatro sobre crustáceos y miles de textos diversos además de El origen de las especies, una obra que empezó la historia de nuevo.

Croquis de la Teoría de la Evolución

El mismo día que una granjera analfabeta llamada Nancy Hanks daba a luz a un tal Abraham Lincoln en el estado de Kentucky, Estados Unidos, la inglesa Susannah Wedgwood, hija de un ceramista rico, paría del otro lado del Atlántico a un tal Charles Robert Darwin en Shrewsbury, una pequeña ciudad medieval al oeste de Londres, cortada por calles de nombres curiosos como Gullet Passage (pasaje del Esófago) y Grope Lane (calle del Toqueteo). Fue el 12 de febrero de 1809, hace doscientos años, y las coincidencias históricas no se agotan en el sincronismo natal: los dos eran altos (Lincoln medía 1,92 y Darwin 1,83), ambos abominaban la esclavitud y el rostro de cada uno adorna un billete (Lincoln está en el de cinco dólares y Darwin en el de 10 libras).

Pero fue el naturalista inglés el que tuvo el valor de ir más allá, donde Galileo y Giordano Bruno habían fracasado. Fue él quien separó las aguas con sus ideas: al poner en duda la verdad literal de la Biblia, Darwin sacó de raíz al mundo religioso del mundo científico y bajó de un piedrazo al ser humano de la cima de la vida.

Su barba blanca y sus ojos tristes y apagados, que se multiplican en cada uno de los retratos que le tomaron en vida, hoy callan. El particular timbre de su voz se perdió para siempre. Fragmentos de su pensamiento, sin embargo, quedaron anclados en el papel, en sus 17 libros, manuscritos y veinte mil textos privados hoy conservados en un rincón de aquel gran cofre cultural llamado internet (darwin-online.org.uk).

A diferencia de Sócrates, Darwin estaba obsesionado por dejar todo escrito. Confiaba en sus ojos más que en su memoria. Observador profundo, fue un escritor sumamente prolífico. Desde que puso un pie en Inglaterra en 1836, después de dar la vuelta al mundo en cinco años a bordo del HMS Beagle, publicó, en promedio, un libro cada 1,7 años. Escribió tres volúmenes sobre geología, cinco sobre zoología, cuatro libros sobre crustáceos, y muchos etcéteras que confluyeron en su obra magna, su “larga argumentación” –como la llamaba–, El origen de las especies (1859), que llegó a tener seis ediciones. Si no hubiera sido por la enfermedad que se llevó como souvenir de una Argentina aún en construcción –el mal de Chagas–, el “Newton de la biología” habría escarbado mucho más en la naturaleza.

Antes, durante y después de recorrer a pie, barco y caballo un cuarto del territorio de la Confederación Argentina (entre 1833 y 1834), de estrecharle la mano a Juan Manuel de Rosas y alabar a los gauchos, Darwin fue testigo privilegiado de un mundo marcado por la diversidad y por el cambio gradual. Sólo tuvo que unir las piezas, observación e inteligencia: la idea de evolución que flotaba en el aire de su época (si bien se hablaba de “transformismo” o “transmutación”) y la evidencia (el descubrimiento de huesos de animales extintos en Bahía Blanca, la distribución geográfica del ñandú y la fauna de las islas Galápagos).

Y así, después de años de meditación y de leer a Malthus, cuajó su “idea peligrosa” –como la llama Daniel Dennett– la idea de la selección natural: en la lucha por la existencia, los organismos más débiles suelen morir antes y dejan espacio a formas mejor adaptadas a su ambiente.

“La selección natural es un mecanismo que a través del tiempo y el ensamble de materiales distintos puede llegar a generar estructuras de alta complejidad como el ojo –remarca el biólogo Esteban Hasson, uno de los Darwin argentinos–. No hay una direccionalidad en el cambio. No hay un objetivo. Es como un relojero ciego que produce una estructura compleja por prueba y error.”

Como quien guarda un secreto explosivo, Darwin reconoció las implicancias religiosas de su teoría –la negación de cualquier función de Dios en la naturaleza, por ejemplo– y calló durante más de diez años. Y cuando la reveló, la herida al ego humano comenzó a abrirse.

A doscientos años de su nacimiento, siguen sorprendiendo la perspicacia de Darwin, su observación obsesiva, sus dudas, miedos y precauciones. Y también las coincidencias: por ejemplo, la que dice que semanas antes de morir, en 1882, Darwin recibió por correo una muestra de un escarabajo. El remitente dejaba bien en claro el nombre de quien había mandado el paquete: Walter Crick, un zapatero y naturalista amateur, luego padre de un tal Harry, que a su vez tuvo un hijo: Francis Crick, aquel que junto al estadounidense James Watson revelaría en 1953 el secreto de la molécula de la vida, la estructura del ADN.