¿Te imaginás dandote una ducha con agua calentada gracias a biogas y extraída de un pozo? Hay otra vida posible y es ecofriendly. Segunda y última entrega sobre la permacultura, el movimiento cultural que desafía al capitalismo de consumo.

Ilustración: Guadalupe Giani

Vivir con lo que está a nuestro alcance, maximizar los recursos naturales disponibles y minimizar nuestra intervención en el ecosistema. Esa fue, a grandes rasgos, la idea que nos quedó de lo que es la permacultura, este movimiento filosófico-ambiental al cual le dedicamos la primera parte de nuestro informe especial publicado en la edición anterior.

La permacultura es la corriente de pensamiento que mejor articula dos mundos que aparecen, hoy en día, en colisión constante: el ambiental y el material. Sus adeptos no invocan al hippismo contracultural tradicional, que reniega del capitalismo y de todo lo que huela a industrializado, sino que van más allá: se entrelazan con lo material pero en contra del consumo irresponsable y enseñan que se puede usar una notebook y calentar al horno un té sin dañar el medio ambiente.

Como explayamos en la edición pasada, hay varios estadios en el ideal permacultural. Es bien distinto lo que se puede llegar a desarrollar en un ambiente rural que en uno urbano, con varios grises intermedios. Pero básicamente, un individuo que se ufane de seguir con militancia esta utopía tiene que poder demostrar algunas cualidades que podríamos cristalizar en cualquier momento de nuestra rutina.

Sintéticamente, un sujeto permacultural que por ejemplo se esté duchando, debería estar haciéndolo mediante la utilización de luz proveniente de paneles solares, agua calentada gracias a biogas y que fuese extraída desde un pozo, nada de cañerías. Después del baño, una cena con ricos vegetales obtenidos en la pequeña huerta del fondo de la casa, cultivada sin una pizca de fertilizantes y con mucha ayuda de las bacterias. Monsanto, abstenerse.

Pero no siempre se puede llegar tan lejos y la urbanidad no permite fácilmente dar todos esos gustos. Por más libros que se puedan leer sobre el tema, el know-how de cómo concretarlo es esencial. A eso va dedicada esta segunda parte.

Del sol a la notebook…

Pocas cosas que se realicen en nuestro hogar pueden ayudar tanto al medio ambiente como el poner paneles solares y obtener de ellos la energía necesaria. Aunque así dicho con liviandad parece sencillo, no cualquiera sabría cómo llevarlo a la realidad.

Por suerte para aquellos interesados, varias empresas se dedican a producirlos, no sólo para grandes emprendimientos, sino para casas de familia también. Es el caso del ingeniero Alejandro Giachello, de la empresa Ecopos Electrónica. En diálogo con Opinión Sur Joven, cuenta el procedimiento.

“Los paneles fotovoltaicos, comúnmente llamados solares, están compuestos por materiales semiconductores que tienen la capacidad de transformar la energía que reciben del sol en eléctrica. Para una casa tipo costaría alrededor de 13 mil dólares, y los paneles que se pueden utilizar son policristalinos o monocristalinos, siendo los primeros los que tienen mayor rendimiento de conversión”, explicó.

Otro aspecto a tener en cuenta es su rendimiento: “Como con cualquier energía que utilicemos, su uso debe ser racional. Los sistemas fotovoltaicos tienen un costo inicial alto, comparado con la factura bimestral de energía eléctrica tradicional. Pero una vez instalado el sistema, el costo es cero. Recién alrededor del quinto año se debe ocupar del cambio de las baterías. El tiempo de vida de estos sistemas está entre los 20 y 25 años”, relata.

Como vimos en la primera parte del informe a través del testimonio de Antonio Urdiales Cano, autoridad sobre permacultura en la Argentina, se puede llevar una vida perfectamente normal utilizando notebooks, televisores LSD y veladores mediante el uso de paneles solares. Vale recordar que Urdiales Cano no tenía heladera sólo porque aspiraba a un consumo minimalista.

Según Giachello, en la Argentina los compradores usuales de paneles son las empresas que los utilizan para la iluminación de perímetros externos o para disponer de energía en aquellos lugares donde la geografía lo requiera.

“Pero en países como España, no sólo se usan en casas particulares sino que el Estado subsidia y financia este tipo de emprendimientos. Además, la posibilidad de vender el sobrante de energía generada a la compañía energética local hace más atractivo este modelo. Se tiene que promover su uso a través de créditos y subsidios tanto para empresas como para usuarios”, añade.

…Y del cerdo a la hornalla

Junto a la energía solar y a la huerta orgánica en el jardín trasero de la casa, el biogas es un elemento clave para el ideal permacultural. Es que pocas cosas pueden ayudar más a cuidar el medio ambiente que evitar consumir los combustibles fósiles que emanan mayor cantidad de gases de efecto invernadero.

Por supuesto, una residencia urbana encontraría difícil generar su propio biogas. Pero una semirrural o rural puede hacerlo factible. El proceso por el cual se logra es complejo y para entenderlo le preguntamos a los que trabajan en eso: el ingeniero químico y docente de la Universidad del Litoral Eduardo Groppelli, quien tiene su propia empresa constructora de biogestoras (la máquina gracias a la cual se obtiene el biogas).

“El biogas se consigue entre las bacterias anaeróbicas que existen en la naturaleza, es la primera forma de vida. La bacteria consume materia orgánica para vivir y el metabolismo que tiene para consumirla hace que como producto de combustión se genere metano y anhídrido carbónico. La mezcla de los dos es lo que se conoce como biogas”, explica.

La biogestora procesa las heces de los animales y consigue acumular ese biogas. Pero también se puede obtener de residuos orgánicos, comida, basura, residuo industrial y de producción primaria. “Buscar biogas con residuos es una forma de evitar la contaminación y a su vez valorizarlo”, comenta Groppelli, cuyos clientes están compuestos por grandes fábricas o industrias que buscan maximizar beneficios produciendo biogas (que en definitiva es un biocombustibles) a través de sus desechos.

“A esos residuos, en caso que no las tengas, se les inocula bacterias anaeróbicas. Lo que hace el digestor, que es un tanque cerrado, es enviar el gas por una tubería con boca de carga hacia otra de descarga para sacar el residuo tratado en abono y acumular biogas en un gasómetro. Y ese gas se puede usar para la cocina, el termotanque e incluso para heladeras por ciclo de absorción”, describe.

¿Y si quiero uno para mi hogar? “Una familia tipo de cuatro miembros necesitaría un biodigestor de 10 metros cúbicos de volumen, que le brindará biogas para todos los servicios pero no para la calefacción de la casa”, aclara. Entre mampostería, gasómetro, hormigón y la construcción, el costo de uno de estos aparatos environ-friendly es de menos de 4.500 dólares. Pero, vale aclarar, durará 30 años. Además, la bacteria nunca duerme y produce las 24 horas, por lo que para aprovechar todo el gas producido está el gasómetro que acumula.

Groppelli cuenta que grandes empresas de cervezas, frigoríficos y jugos cítricos le pidieron construir biodigestoras, e incluso, que hay pueblos pequeños que tratan los propios residuos para eliminar la materia orgánica de la basura y le dan uso al gas en escuelas o dependencias públicas.

La permacultura es un estilo de vida y de pensamiento poco difundido hasta ahora pero que la tecnología está poniendo cada vez más al alcance de la mano. Como se demostró antes, no es imposible para muchos individuos o familias, sobre todo quienes viven lejos de las grandes metrópolis, adquirir energía a través de paneles, producir biogas o cultivar una huerta propia.

Pero más importante aún, no sólo no es imposible sino que es inmejorable. Pocas cosas ayudarían más al ecosistema, y además, a la economía. ¿Un país permacultural acaso no estaría menos dependiente de la importación de gas y energía eléctrica? ¿Los costos de los alimentos –hoy por las nubes – no bajarían por la proliferación de las huertas?

Es un proceso lento y largo. Como vimos, no seremos esclavos pero sí bastante dependientes como consumidores del sistema tradicional. El ideal permacultural puede ser engorroso y trastocar muchos hábitos pero, ¿no valdría la pena intentarlo?

Ilustración: Guadalupe Giani

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