Taiwán es un país comprometido con el reciclaje: en los últimos años la tasa de reutilización de residuos pasó de un 10% a casi un 50%. Una colaboradora que vive en Taipei cuenta una propuesta creativa que une música, desechos y responsabilidad ambiental.

A cierta hora de la noche, en la ciudad de Taipei, capital de Taiwán, acontece algo digno de contar. En una era en la que estamos llamados a generar demasiado desecho (por la simple compra ilimitada de productos innecesarios), algunos espacios de esta tierra intentan, con todos los medios de los que disponen, vivir en armonía con la naturaleza. Uno de esos es la colorida ciudad de Taipei, que todas las noches -menos dos días a la semana, a designar por barrio- implementa una forma creativa de recoger la basura.

La música que busca basura

Los primeros días en que llegué a la ciudad paré en un hotel y desde mi pieza, antes de dormirme, escuchaba, todas las noches, una melodía que aparecía y desaparecía siempre a la misma hora. La verdad es que no presté mucha atención y el tema pasó a ser algo extraño que sucedía de fondo. Me perdí entre los barrios pequeños y frondosos; caminé por sus calles más amplias; pasé horas tirada sobre el césped de sus parques; hablé con cuanto taiwanés se me cruzara. Mis días se diluyeron entre sus costumbres y su gente hasta que una noche, de regreso al hotel, escuché nuevamente la música. Inmediatamente, miré a mi alrededor y vi que un gran camión de basura era perseguido por una larga fila de gente que de a poco trataba de introducir desechos en él.

Recuerdo que volví a la Argentina una semana más tarde de mi descubrimiento, pero dos meses después regresé a Taipei para quedarme y me instruí acerca de aquel fenómeno. A una determinada hora, el camión de la basura pasa por el barrio y, para avisarle a los vecinos que llegó, pone música. Es sorprendente ver a la turba de taiwaneses que se subdividen entre los que tienen desechos orgánicos e inorgánicos; los que tiran la basura en el camión o en baldes apartados y finamente separados de acuerdo al tipo de material que se descarta. Por eso no es corriente ver en las calles tachos de basura ni cestos para ubicar las bolsas de residuos de cada casa.

Cómo funciona

Taiwán se convirtió en estos últimos años en un país muy comprometido con el reciclaje y la búsqueda del equilibrio con el medio que lo acoge. En 1997 la cantidad de basura producida per cápita por día alcanzó un tope de 1,14 kilogramos. En 2009 esa cifra se redujo en un 56 por ciento, a 0,5 kilogramos por persona por día. En estos últimos doce años la tasa total de reciclaje pasó de un casi 10 por ciento a un 45 – 49 por ciento.

En cada barrio pasan dos camiones, en horarios fijos, que frenan en una esquina y sacan grandes tachos de basura a la vereda. Uno de los rodados es para los desechos de comida y para el material reciclable. Allí hay cuatro grandes cestos y dos más pequeños; uno es exclusivamente para los desperdicios orgánicos. En él se vacía la bolsa llena de basura y en otro más chico se tira esa misma bolsa. Luego hay tres tachos donde se depositan plásticos, vidrios y cartones. Cada persona debe vaciar sus bolsas donde corresponde y luego tirarlas en el cesto más pequeño. El otro camión (que es desde el cual sale la música) aparece unos segundos más tarde que el primero y es en el que se deja todo lo no reciclable. Para ese se necesitanbolsas especiales que deben comprarse en kioscos que por lo general varían de color de acuerdo al barrio. No saca tachos a la vereda sino que abre sus fauces para que, con bolsa y todo, se echen en él los desperdicios.

El compromiso

Todas las noches, la gente acude con su basura a la música. Es cierto que es un sistema que a algunos les parecerá poco conveniente (hay que estar en la casa a determinada hora para poder deshacerse de los desechos), pero cada vez que veo a los taiwaneses haciendo cola para tirar la basura no puedo dejar de asombrarme ante el nivel tan grande de compromiso que tienen con respecto a lo que consumen y dejan de consumir. Es, en verdad, una muestra clara de cuán responsable se hacen de la forma en la que interactúan con el medio ambiente.

La hermandad responsable

La primera vez que tuve que sacar mi basura, no pude evitar reírme ante esa especie de embudo magnético que me chupaba hacia las fauces de la mugre. Era realmente un pregrinaje. Todos caminábamos bajo la luz tenue de la noche en busca de un llamado. Y el llamado tenía forma de residuo taiwanés; de comunión de personas en pos de la responsabilidad ambiental. Pero parecía todo una mala película de zombis. Lo que hacía más extraño el pregrinaje era la música: algunos barrios disfrutan el Para Elisa, otros algo del estilo de Cielito lindo o El arroz con leche que siniestramente nos obliga a hermanarnos en una fraternidad extraña pero muy responsable.

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