Una organización ambientalista encaró un proyecto de venta corporativa de canastas navideñas con todos productos orgánicos. Cómo un pequeño paso puede hacer la diferencia y mostrar que existe un consumo responsable. Avanza la industria alimenticia orgánica en el mundo.

Las Fiestas de fin de año asoman y los ritos se repiten, cada región tiene su tradición y su comida típica. Latinoamérica es extensa y desde el río Bravo hasta la isla de Tierra del Fuego hay costumbres para todos los gustos, además de notables diferencias climáticas.

Pero en lo que hace a ingestas calóricas, la Navidad siempre se caracteriza por su abundancia. En algunos países no puede faltar el pavo, en otros el pollo, o las comidas principales son los almuerzos en vez de las cenas. En el Cono Sur americano, a diferencia del resto del subcontinente, se clausura el encuentro con Pan Dulce, turrón y otros acompañamientos golosos.

El Pan Dulce es una tradición nacida en Milán, en una fría Navidad del siglo XVII. Cuatro siglos después, el famoso panettone mantiene su protagonismo en países como Argentina y Brasil. Y algunos pensaron que podía ser usado para colar el medio ambiente en el ritual más celebrado de Occidente.

La organización ambientalista Sustentator, que provee servicios, soluciones y productos ecosustentables, además de un blog militante en el tema, lanzó este año a la venta la propuesta de vender canastas navideñas con vino, champagne, Pan Dulce, turrones y conservas orgánicos, aportando su grano de arena a transformar, en el marco de la búsqueda de un negocio redituable, la conciencia del consumidor.

Con gusto a Tierra

Es que la industria de alimentos orgánicos avanza a paso lento pero firme en todo el mundo, especialmente en Europa y Estados Unidos, y abriendo su nicho en Latinoamérica, con productos como cafés, frutas, verduras e infusiones.

Según un informe del año pasado de la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica (IFOAM según sus siglas en inglés), aproximadamente 38 millones de hectáreas de tierra agrícola en el mundo están utilizadas orgánicamente, lo que representa un aumento anual del 6,2%. Los tres países con la mayor área agrícola orgánica del mundo son Australia (con 12 millones de hectáreas), Argentina (con 4,4 millones) y Estados Unidos (con 2 millones).

Las ventas globales de alimentos y bebidas orgánicas alcanzaron los 60 mil millones de dólares el año pasado, en tanto la agricultura sustentable es practicada en 160 países e involucra a más de 1.600.000 productores rurales. Esto es clave ya que, de acuerdo a la IFOAM, la industrialización de la agricultura el siglo pasado derivó en la paradoja de que el mundo produce 25% más de lo que sus habitantes requieren para una dieta saludable, pero todavía hay mil millones de habitantes del planeta pasando hambrunas. Para la IFOAM, apostar a los cultivos orgánicos y la ecointensificación es la clave para dar vuelta estas cifras.

Según el Instituto Alemán de Economía y Ecumenismo, Argentina, Uruguay y Brasil están a la cabeza de los productores latinoamericanos de alimentos orgánicos, siendo Argentina el país donde se registra el consumo per cápita más alto. Igualmente, Argentina no escapa a la regla regional: sólo consume el 5% de los orgánicos que genera.

En aprovechar ese nicho fue seguramente lo que pensó Marcelo Medina, director comercial de Sustentator, al plantear la estrategia de las canastas navideñas corporativas. “La idea era tener una actitud proactiva y salir a armar las cosas y acercarse al mercado. Sustentator busca ampliar la conciencia ambiental y pensando en lo de los regalos de fin de año y las Fiestas se nos ocurrió en vez de la canasta tradicional, armar una canasta de orgánicos”, afirma en diálogo con Opinión Sur Joven.

Los productos escogidos para la canasta fueron encontrados (y son ofrecidos) en el mercado de orgánicos Sabe la Tierra, que funciona los fines de semana en la localidad de San Fernando, al norte de Buenos Aires. Allí no hay intermediarios ni distribuidores y se establece una relación personal con los propios productores.

“Me pareció muy interesante acercar esta alternativa de consumo a las empresas. Implica un consumo responsable y un cambio de conciencia. Se le regala, además de alimentos, un concepto de una nueva manera de consumir, sin adulteraciones ni endulzantes ni conservantes, comprados en forma directa al productor”, opina Medina.

Del otro lado del mostrador

Panettones eran los de antes, bien se podría decir, no por el gusto sino por los cambios transgénicos sufridos por el trigo todos estos años. De eso puede dar fe Constanza Griffiths, de 23 años, quien participa con su novio y su cuñado de un microemprendimiento llamado El Sabio Pan, en el que producen panes orgánicos, y en este caso, son quienes aportan el Pan Dulce y el turrón a dicha canasta.

“Usamos harina de espelta, que es un grano de trigo no modificado genéticamente y una variedad utilizada hace siglos”, remarca Griffiths en charla con Opinión Sur Joven. De hecho, en la Edad media la espelta era el cereal de elección para elaborar el pan, junto con el centeno.

A diferencia del trigo común, manipulado por las industrias para incrementar la rentabilidad, el de espelta permanece perenne pero no por eso insípido. “El día que lo usamos por primera vez empezamos a amasar y fue totalmente diferente el resultado comparado al pan comercial, con más fuerza y más gluten. Nosotros solamente compramos harina de Campo Claro, el único molino que lo produce, y vamos directamente allí a buscarlo”, agrega.

Para el Pan Dulce, El Sabio Pan utiliza frutas no abrillantadas sino naturales, higos disecados, pasas de uva y ciruelas. “Las abrillantadas son químicas, es una pulpa a la que se le agrega colorante y azúcar. También el turrón lo hacemos sin agregarle nada más que pasta de maní, quino y cereales”, añade.

“Desde que hago esto mi vida se enriqueció y no desde el punto de vista material sino espiritual, por la gente que conocí. Cambiando la alimentación vas conociendo más tu cuerpo. Yo ya no me levanto falta de energía, tengo otra concepción de la vida y siento que actúo menos por mera inercia”, enfatiza.

Por su parte, la bodega Vinecol es la encargada de aportar los bienes etílicos de la canasta: vino y champagnes orgánicos. Su encargado de prensa y miembro de la familia dueña de Vinecol, Pablo Dessel, asegura a Opinión Sur Joven que su empresa es de las pocas del país que tienen triple certificado: el de producción orgánica en viñedos, el de elaboración orgánica en bodega, y el de comercio justo con los trabajadores y agricultores. Las tres medallas de un negocio ecosustentable.

“En el proceso de cultivo no usamos ningún pesticida ni fertilizante químico, y en la elaboración a los vinos se les agrega anido sulfuroso en una cantidad permitida por la norma orgánica sólo para que se conserve en el tiempo, y no como los vinos tradicionales que le agregan mucho más y provoca dolores de cabeza y alergias”, sostiene.

La viña en la que producen son 100 hectáreas en la ciudad de La Paz, en la provincia de Mendoza. Lejos de las montañas, por lo que tienen seguros más días de sol al año, resalta Dessel. La empresa tiene como principal destino de sus productos a Europa, Brasil y México.

Dessel reconoce que su familia no fue siempre ambientalmente correcta ni manifestaba interés por el tema, pero el cambio vino con el tiempo: “Nosotros investigamos el mercado, vimos que había mucha competencia y notamos que en Europa había muchos interesados por lo orgánico. Nos decidimos a serlo 100%. No era nuestra filosofía de vida, esto es un negocio y vimos el nicho. Igual, el practicarlo te lleva a tener otra conciencia ambiental”.

La agricultura orgánica tiene un rol significativo para jugar en el mundo de hoy porque encara los dos problemas principales: la seguridad alimentaria y el cambio climático. El sembrado orgánico mitiga el calentamiento global porque emite muchos menos gases de efecto invernadero y rápidamente absorbe carbono. Además, hace a las familias rurales más resilientes al cambio climático por la eficiencia con el agua, en climas más ásperos.

De hecho, la IFOAM destaca que las prácticas de ruralismo orgánico han mejorado el nivel de vida de muchas comunidades en África y “doblado” la rentabilidad en áreas con suelos degradados, como en Etiopía.

Un pequeño grupo humano de empresarios-ambientalistas buscó un nicho en el cual poder hacer un negocio vendiendo algo que el mercado reclama a la vez de generar conciencia y cuidar en el proceso al medio ambiente. La oferta crea su propia demanda, dirían economistas de la vieja escuela. Ojalá en ésta sí le atinen.

Más allá de lo corporativo o de las ferias, y aunque todavía no sea masiva, la venta minorista de productos orgánicos va creciendo
en Buenos Aires. “Nosotros ofrecemos a los consumidores particulares más conscientes dos tipos de canastas navideñas en las que
conjugamos diferentes tipos de frutos secos y vinos espumantes orgánicos. La idea surgió de nuestros propios clientes, que nos
preguntaban por una solución rápida y de bajo costo”, comenta a Opinión Sur Joven Rodrigo Rapoport, cofundador de El Eco Gourmet.

Rapoport comercializaba para hogares y oficinas productos orgánicos de todo tipo, y por el éxito que alcanzó, logró abrir su propia
tienda en el barrio porteño de Almagro. “Nos motivó tener un lugar donde encontrar todo lo necesario para una alimentación más
consciente no solo en sentido ecológico, sino también para el cuerpo y el espíritu. Queremos trabajar no sólo con grandes productores
que tengan el certificado orgánico, sino también con pequeños emprendedores que aún no tengan la inversión necesaria pero mantengan
los valores que hacen también a nuestra empresa”, destaca.