Préstamos de muy poca monta que ayudan a instalar o mejorar un emprendimiento productivo. ¿Dónde se consiguen? ¿Cuál es el monto máximo? ¿Cómo se paga y con qué interés? ¿Para qué sirven y para qué no? Todo sobre un mecanismo que crece y que puede ayudar mucho a los jóvenes para empezar.

Hubo un tiempo que fui hermoso, y fui libre de verdad. Pero el tiempo pasó.

Hubo un tiempo que mirábamos para atrás y nos alegrábamos de haber superado la adversidad; pero el tiempo pasó.

Hubo un tiempo en que los grandes adultos construían para los chicos. “Mo-vi-li-dad so-cial ascen-den-te”, repetía la maestra Lina que nos hacía separar en sílabas con palabrotas inentendibles, mientras marcaba el ritmo con un borrador, una práctica que nunca terminé de entender. También podríamos hablar de los docentes que intentan marcar la diferencia entre la v y la b, pero eso no tendría mucho sentido en un artículo sobre microcréditos.

¿Microcréditos? “Mi-cro-cré-di-tos”, insiste Lina con su borrador.

Las generaciones que nos precedieron siempre miraban para arriba. Hoy la clave es mirar para abajo, para entender dónde vamos a estar dentro de un par de años. La clase baja es ahora indigente, la clase media es baja y la alta sigue siendo alta. La propia dinámica del sistema genera eso: pobres cada vez más pobres, ricos cada vez más ricos.

¿Cómo se corta ese círculo? Las herramientas son diversas, pero la palabrota es una sóla: “tra-ba-jo”, dice Lina.

Dale gas…

Hace unos años comenzaron a tomar fuerza mediática algunos conceptos como los microcréditos. ¿En qué consisten? Son créditos por montos muy reducidos, de entre 100 y 3000 dólares (dependiendo el país, claro porque no es lo mismo la economía dolarizada de Ecuador que la devaluada de Argentina).

“Esto empezó por los años 80. Había mucho descontento por la forma como se estaba llevando el tema desarrollo porque veíamos que no permeaban las acciones de apoyo a los sectores de la base de la pirámide, de los pequeños y micro productores. Casi todo lo que se hacía era para otro tipo de actores, de los sectores medios para arriba. Fue uno de los primeros instrumentos que se identificaron para ayudar a los muy pequeños”, explica Roberto Sasón Mizrahi editor de Opinión Sur, quien por esa época trabajaba en el Banco Interamericano de Desarrollo y fue uno de los que logró imponer en la agenda de aquel organismo este tema.

-¿Cómo funcionan?
-Hay que hablar de los pequeños y microproductores que son en general gente pobre de pocos recursos que está rezagada respecto al promedio y no tiene cosas que otros sectores sí tienen. No tiene acceso al capital, pero tampoco a la información, a la tecnología, a los mercados… no tiene un problema sólo, sino que son ramilletes de problemas. El microcrédito va a la base de la pirámide.
-No es asistencialismo…
-Exacto. Esa es la línea divisora. Esto es para aquellos que quieren hacer una actividad productiva y que no tienen el respaldo financiero para encarar un emprendimiento comprar un carrito, una máquina…

Cómo acceder a ellos?

Sin dudas una de las claves del microcrédito es que sea accesible para la mayor cantidad de gente posible. Y que realmente sirva para fomentar actividades productivas.

¿Cuáles son los criterios que se usan para la asignación del microcrédito? Hay distintos tipos de instituciones que los brindan. Las primeras son las ONGs, donde éstos tienen un estilo más bien asistencial. Consiguen fondos de diversas fuentes (donaciones individuales, de empresas, etc) y luego los prestan. Estas en general trabajan casi a pérdida o al menos sin rentabilidad.

Por otro lado están las instituciones bancarias y cajas de crédito, todos con fines de lucro. Muchos buscan lucrar con el mismo préstamo -en algunos casos las tasas pueden llegar a ser usurarias-. Otros operan con inversiones a mediano plazo: saben que si ayudan a gente que mañana tendrá una Pyme, seguramente en el futuro lo podrán contar dentro de su cartera de clientes. Y por supuesto, también dan una buena imagen en tiempos en que la responsabilidad social es muy bien vista.

En la Argentina los microcréditos llegaron a través de distintas organizaciones. Una de ellas replico el modelo de Muhammad Yunnus y su Grameen Bank (el primer banco en darle escala a esto de los microcréditos). La fundación Grameen otorgó indirectamente créditos a 2400 personas de todo el país (a través de redes que ellos coordinan) y ya llevan entregados 3500, porque la mayoría de los beneficiarios renuevan su crédito de manera escalonada.

Tanto en Argentina como en el mundo el microcrédito está abierto a cualquiera que quiera pedir un poco de dinero para alguna actividad productiva: desde manufacturera, servicios o comercio. En general, dado que apuntan a sectores que no necesariamente tienen la debida preparación para llevar un proyecto por escrito, los evaluadores toman en consideración la marcha previa de la idea y la personalidad de quien la encabeza. “No ponemos condiciones es un proyecto productivo, tiene que fabricar o elaborar productos que se puedan vender”, explicó aOpinión Sur Joven Imelda Alvarez de la fundación Grameen.

“A veces no hay proyecto -agrega Mizrahi- sino una actividad que se está desarrollando. Por ejemplo yo vendo panchos en la esquina, y si tuviera un carrito me iría mejor… ahí el oficial de crédito o la organización de desarrollo debe tomar en cuenta eso. Para mí el proyecto no es algo escrito. Eso es una desviación de los economistas que yo llamo proyectitis”. “Además nunca el proyecto que uno presenta se cumple tal como está escrito. La vida es dinámica. La gente más astuta no se caza con el proyecto sino con la persona”, opina.

La devolución del dinero se exige que sea mensual o incluso semanal, de modo que la persona no cargue con la responsabilidad de devolver todo junto. En el caso del Grameen Argentina se pagan cuotas de ocho pesos semanales. Para eso los microproductores se encuentran en pequeños grupos -similares a los de autoayuda- en que además de entregar el dinero se cuentan la marcha general del proyecto.

En general los microcréditos son a seis meses y a tasas superiores a las que se pagan en el mercado. Si bien hay ONGs que cobran tasas mínimas sólo para pagar la operatoria, en otras los montos son más grandes “Si una empresa de primera línea toma préstamos al 8%, una Pyme lo hace al 15 ó 20%, y una micro paga el 30%”, explica Mizrahi, que asegura que en países inflacionarios incluso puede ser más alto. Grameen Argentina -que a diferencia del banco de Yunnus es sin fines de lucro- cobra tasas del 20%

Más allá del microcrédito

El microcrédito parece ser un buen instrumento, sin embargo algunos economistas dicen que es necesario ir más allá. “Ningún productor trabaja sólo por más pobre que sea -explica Mirzrahi- y de alguna forma siempre está articulado en alguna trama productiva o red. Si vos estás articulado a una cadena de valor pésima y sin futuro, por más que le inyectes recursos, le va a servir de poco. ¿Y cómo se ayuda? A través de distintos instrumentos”. En ese sentido propone una batería de mecanismos como la desarrolladora de negociosinversores ángeles que puedan catapultar el crecimiento de esos pequeños.

Al respecto vale una anécdota que cuenta sobre determinados productores de Ecuador que cultivaban papas. Técnicos locales observaron que en las mismas condiciones climatológicas era posible cultivar espárragos, que era un producto que tendría mucho mejor salida al exterior y podría ayudar al crecimiento de la economía de ese pueblo.

El problema era quién se iba a animar a decirles a los productores que abandonaran su cultivo tradicional y emprendieran en uno nuevo; máximo teniendo en cuenta la gran cantidad de desafíos tecnológicos y de comercialización que tenían que enfrentar y que los superaba a cada uno individualmente. No era seguro entonces que realmente pudieran vender al exterior. Los economistas ortodoxos los podrán calificar de necios, de no olfatear la oportunidad. Pero lo cierto es que ellos no eran inversores de riesgo sino que su propia subsistencia dependía de la papa.

Así a algunos economistas -no ortodoxos- que miraban la situación se les ocurrió financiar una industria procesadora de espárragos que se encargara de canalizar la producción de los muchos productores dispersos y luego comercializarla. De esa forma era más fácil que los pequeños migraran porque sabían que tenían un comprador casi asegurado. “Una agroindustria dedicada a los espárragos podrá liderar cambios importantes en las circunstancias de los pequeños productores y, en ese sentido, actúa como una empresa locomotora”, ejemplifica Mizrahi en un artículo sobre el tema.

Lo interesante es pensar cómo potenciar ese primer paso que los microcréditos ayudan a dar.

Ayudar es dejar de ayudar

Hoy, tal vez como síntesis, se habla de mi-cro-cré-di-tos, pero también de otras baterías de medidas que pueden ayudar a revertir la situación en la que estamos inmersos. Para los pobres, pero también para determinados sectores de clase media empobrecida durante los terribles años de crisis, el microcrédito puede ser una herramienta que les ayude a superar la desesperación.

Y para jóvenes, sin laburo y con muchas ganas, también puede ser una opción. Es importante saber que esto no es para cualquiera, y que tiene tanto sus pisos como sus techos.

¿Para qué no sirve un microcrédito? Para poner un local y refaccionarlo, para armar una planta industrial, para contratar empleados…

¿Para qué sirve? Para comprar algún elemento como una computadora, una pequeña máquina; para una pequeña inversión en materia prima; para mejorar la calidad de un servicio. Es decir, para emprendedores muy pequeños que quieren mejorar en algo su servicio.

Lo importante, es que este mecanismo ayuda a revertir la situación de pobreza o de decaimiento en la economía permitiendo a la gente volver a ascender en la escala social, sin clientelismo y con una solución que no genera dependencia de poderes políticos o asistencialismos eternos. Es una solución que vale la pena.

Ilustración Bárbara Dana