La acidez en los océanos se dispara y sus consecuencias son tan graves como desconocidas. Un nuevo informe alerta sobre el ritmo creciente de un fenómeno que aún no fue suficientemente difundido. Un legado peligroso para las próximas generaciones.

En las décadas y siglos venideros, la salud del océano se irá agravando crecientemente por al menos tres factores interactuantes: la subida de la temperatura del agua, la acidificación del océano y su desoxigenación causarán cambios sustanciales en la física, química y biología marina. Estos cambios afectarán a los mares en formas que estamos recién comenzando a entender.

Esta sentencia contundente no es parte de una barricada ecologista de alguna protesta callejera en la que se intentan frases rimbombantes con tono apocalíptico para captar adherentes. Es una de las conclusiones del European Project on Ocean Acidification (EPOCA, por sus siglas), un comité dispuesto en 2008 por una decena de países europeos (que involucra a un centenar de científicos) para estudiar la crisis creciente en nuestros mares.

Generalmente, los temores sobre el océano son fundados en el derretimiento vertiginoso de los glaciares, especialmente en el Polo Norte, y en las consecuencias fatales que eso provocará en los estados insulares y en las grandes metrópolis ribereñas. Sin embargo, uno de los elementos que más muestra el deterioro de la situación es la acidificación.

Cada año, el océano absorbe aproximadamente el 25% de todo el CO2 que emitimos. Su acidez trepó un 30% desde el comienzo de la Revolución Industrial y la acidificación continuará en niveles sin precedentes en las próximas décadas. Esto puede tener un impacto negativo en corales, moluscos y varios tipos de zooplancton y fitoplancton, lo que lleva a consecuencias ecológicas severas: si continúa esta tasa de acidificación, puede acarrear la extinción de especies y el impacto en otras que se alimentan de ellas.

Este enfático reclamo fue realizado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) y por el International Ocean Acidification Reference User Group, en la última COP realizada en Durban, Sudáfrica. Allí se deja asentado claramente la gravedad del tema y pidieron, en esa oportunidad, que la crisis de los océanos no sea más dejada a la periferia del debate y que en las COP sea encarado el tema como algo principal.

Recientemente, un reporte sobre la acidificación fue adelantado por la prestigiosa revista Science en donde se explica que los últimos estudios demuestran que ese fenómeno químico se está dando mucho más rápido ahora que en los últimos 300 millones de años.

Este estudio es el primero en su tipo en analizar los registros geológicos de evidencia de acidificación en un período tan largo de tiempo. Opinión Sur Joven habló con la coordinadora del equipo científico que lo realizó, la bióloga Bärbel Hönisch, profesora del Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Columbia de Nueva York.

La verdad ácida

“El océano nunca se volverá ácido realmente, acidificación es un término confuso que usamos. Científicamente hablamos como medición del pH del agua, el cual es una medida de los iones de hidrógeno en el mar. Cuantos más de esos iones hay, más bajo es el pH, y la concentración de ellos trepa cuando hay más CO2 disuelto en el mar. En los últimos 50 años el pH bajó mucho y se espera que siga bajando para fin de este siglo”, explica Hönisch.

La novedad del último informe radica en que se detectó la vertiginosidad del cambio en las aguas marinas, y ello es lo que debe implicar nuestra atención para Hönisch: “Lo que es alarmante hoy en día es la rapidez con la cual el pH y los iones de carbono decrecen. En el pasado había periodos de bajo pH pero llevaban un largo tiempo (cientos de años o hasta miles de años)”.

Según señala, algunas áreas de los océanos experimentan grandes variaciones en el pH en términos generales, pero algunas donde típicamente experimentan más fluctuaciones están siendo pobladas por ecosistemas que están adaptados a esas condiciones.

“En realidad, la diversidad de vida marina está dada por la variedad de los ambientes en que puede ser encontrada. Si hacemos esos ambientes más similares entre sí, la diversidad decrecerá y podremos encontrar más y más de los mismos organismos en todos lados, pero perder a los específicos”, advierte.

En cuanto a los efectos directos de este fenómeno, Hönish dice que además de dificultar el desarrollo de cierta flora marina, “se observó que los corales crecen más lento en condiciones de bajo pH, y es grave porque los arrecifes de coral son importantes tanto ecológicamente –porque son alimento de muchas especies- como económicamente, porque muchos de esos peces son utilizados como alimento. Pero más esencial aún: los arrecifes protegen las costas, y si decrece su extensión puede haber más daño en las costas derivado de tormentas”.

Dieta en peligro

La acidificación del océano puede afectar los alimentos marinos y llevar a cambios notables en los stocks comerciales de pescado, amenazando la provisión de proteínas y de seguridad alimentaria para millones de personas y de millones de dólares para la industria pesquera. Los arrecifes de corales protegen las costas y generan billones de dólares en turismo. Los cambios relacionados a la acidificación impactarán en los bienes y servicios derivados del mar, como la provisión de químicos para hacer medicinas y su capacidad de regular el clima.

Así lo determina en una de sus reflexiones el Segundo Simposio Internacional sobre Océanos en el Mundo con Alto CO2, que tuvo lugar en el Principado de Mónaco, auspiciado por ese país y la UNESCO, entre otras ONGs, y apunta a la diversidad de consecuencias que dispara la acidificación, más allá del fitoplancton.

“Los animales que son perjudicados por un océano acidificado son el salmón y las ostras, corriendo el riesgo de desaparecer, impactando en el abastecimiento alimentario”, agrega Hönisch, y pone sobre el tapete un hecho que puede despertar la inquietud en algunas sociedades en la que los pescados forman parte esencial de su dieta.

De cara al futuro, la académica no avizora un destino más ameno: “El pH marino ha decrecido ya significativamente pero el CO2 en la atmósfera se dispara más y más rápidamente, por lo que los cambios futuros serán importantes. Es clave entender que simplemente reduciendo las emisiones de CO2 no se reducirá inmediatamente su concentración en la atmósfera y el océano. Demorará miles de años revertir lo que hemos hecho en unas pocas décadas”.

Según Hönisch, el dióxido de carbono “es un gas que permanece mucho más tiempo que, por ejemplo, el aerosol clorofluorocarburo que afectó nuestra capa de ozono en los 70 y 80. Recortando ese aerosol se logró que la capa vuelva a desarrollarse, lo que fue un gran éxito. Pero el CO2 no nos hará ese favor, sino que se quedará con nosotros muchos más tiempo de lo que la civilización humana ha estado hasta ahora”.

En tanto, nuestros mares esperan. Son el 71% de la superficie de la Tierra, representan 360 millones de km² y el 97% de los recursos hídricos del planeta. Mucho en riesgo como para no hacer nada al respecto.

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