Por Roxana Sandá


Casi 650 muertos, más de 350 suicidados desde que finalizó el conflicto y miles de ex combatientes que, en muchos casos, no lograron reinsertarse en la sociedad. Tal la consecuencia más perversa de una guerra absurda que, no obstante, reafirmó el imaginario social de que “las Malvinas son argentinas”.

Las marcas sociales, esas impresiones fraguadas en las pieles y las memorias como espejos de episodios vividos desde la pasión, la dignidad o el oprobio, suelen hacer carne según el giro histórico que la conciencia colectiva procure a cada acto de supervivencia, reconstrucción y sinceramiento. Blanquear el paradigma de las inconductas de los argentinos o sus capítulos de lo “políticamente correcto” significaría poner sobre la mesa de autopsias a un cuerpo lacerado que no siempre (casi nunca) clases dirigentes ni ciudadanos se dispusieron a recorrer. Sin embargo, sobre esa anatomía de país tajeado durante décadas a sangre y fuego se abren las cicatrices de Malvinas, palabra mutada al singular que, pese a algunos y a todo lo que pueda decirse de ella, persiste en la historia oral de sus soldados y aun en exabruptos inesperados: una pancarta de Fray Bentos con la leyenda “Malvinas es argentina; las celulosas uruguayas” habla, entre otras cuestiones menos coyunturales, de una voluntad que, por momentos desdibujada, se niega a avalar el abandono y la desmemoria.

César González Trejo intuye el equívoco y apura los términos. Se refiere a “los veteranos de guerra” para señalarlos y autorreferirse. Porque hasta en la terminología de esa guerra y estas fechas se hacen visibles los claroscuros del laberinto Malvinas. Porque, insiste, no es lo mismo hablar de veteranos que de ex combatientes, como se nombran a sí mismos los integrantes de algunas agrupaciones del Gran Buenos Aires o de La Plata. Tendrá que ver, sugiere la conversación, con “la batalla cultural” que menciona este ex soldado del Regimiento 3 de Infantería, jefe de operaciones de Cascos Blancos en Haití entre 2004 y 2005, y abre hendijas sobre el debate profundo que debería hacerse de la “desmalvinización”: “Además de reducir a los ciudadanos que fuimos a Malvinas a ‘chicos de la guerra’ y convertirnos en meros objetos del destino para victimizarnos, también instala el concepto de que ‘estaban todos engañados’ y no es así. El 2 de abril de 1982 fue un instante del pueblo debatiendo su futuro pese al momento siniestro de la dictadura militar, fue una etapa rica y esperanzadora comparable al 19 y 20 de diciembre de 2001; y esos momentos históricos son los que hay que tapar. El sistema quiere que no vuelvan a ocurrir, porque el pueblo podría ver con lucidez cuáles son sus disyuntivas y las alternativas que querría brindarse a sí mismo”.

Hay de Malvinas tantos monumentos como formas de recordarlas. González Trejo los conoce y acaso podría detallar sus superficies si alguien se lo pidiera. Pero las trampas del relato lo llevan inexorablemente a la estructura que se erige en la localidad de Sarmiento, en Chubut: apenas dos columnas sosteniendo una especie de arco que sin embargo no llega a apoyar uno de sus extremos. Resume, como afirma el historiador Federico Guillermo Lorenz en un artículo publicado en el vigésimo aniversario del conflicto, en 2002, “las distintas formas en las que la guerra de Malvinas puede ser recordada, y en ese sentido la evocación que despierta tiene las mismas características del monumento: algo inacabado, aún por construir o inconcluso para siempre”.

VIVENCIAS CRUDAS

Quién podría entonces reducir la memoria a un acto cerebral o emocional, si un hombre es capaz de traducir su historia desde manos que tiraron postes de telégrafo en Puerto Fox para cortar las comunicaciones del enemigo o para hacer leña que combatiera el frío. Las manos del dibujante José Angonoa tienen 43 años y en su tacto incorporó el recuerdo de la rugosidad húmeda de “un galpón de madera donde esquilaban ovejas”: “Allí me encerraron cuando caí prisionero. El día se hacía eterno y yo me entretenía dibujando con una birome roja en un cuaderno de hojas rayadas” trazos que registraron “uniformes y armas desconocidas para nosotros”.

Las palmas encallecidas se aferraron a los habitáculos del buque Norland, para traslado de prisioneros, vaciaron botas orinadas, hicieron cuenco alrededor de la boca para ser escuchado. “El cuerpo se recuperó fácil, pero en el viaje a Comodoro Rivadavia vimos señales de lo que íbamos a vivir: nos trasladaron a la base que tenía la Marina en Rawson y nos llevaron por los suburbios, para que nadie nos viera.”

González Trejo se pregunta “quién se atrevería a cerrar estas parábolas, cuando lo rico de una experiencia límite como la guerra es ver de qué manera reaccionan las personas y sus contradicciones en un contexto social”. Y agrega: “En la Argentina fue Malvinas uno de los sucesos históricos que movilizaron fuertemente y en diversas direcciones antes de la derrota del 14 de junio de 1982 en Puerto Argentino, como lo decimos en la película Locos de la bandera, donde ponemos a debate que se trató de un acto de recuperación de la democracia, porque el pueblo no había estado nunca en las plazas de la República desde el golpe militar”.

Sobre 2006, una franja gruesa de ese pueblo aún considera que “las islas Malvinas son argentinas”, según una encuesta del Instituto de Opinión Pública del Instituto Superior Octubre. Sobre 420 consultados, el 82 por ciento considera que el archipiélago es parte de este país, y el 84 por ciento de ellos lo atribuye a “razones geográficas” . A su vez, el 36 por ciento de los encuestados sostiene que en 1982 los argentinos apoyaron la guerra por cuestiones de “patriotismo”, contra un 18 por ciento que consideró a sus compatriotas “fáciles de manipular”. Las opiniones se polarizan en el intento de encontrarle sentido al conflicto: un 38 por ciento cree que la guerra “no sirvió para nada”, un 17 por ciento para que se fueran los militares y el 31 por ciento se reparte en infinidad de motivos, todo esto contrapuesto a la urgencia de “seguir reclamando Malvinas” que manifiesta el 78 por ciento de los encuestados.

MEMORIA DE LAS ISLAS

“Malvinas, tierra cautiva/ de un rubio tiempo pirata./ Patagonia te suspira./ Toda la Pampa te llama.” Desde la “hermanita perdida” de Atahualpa Yupanqui, pasando por los ardores patrióticos de José Hernández hasta el impostado “a la Argentina hay que revolcarla en el barro de la humillación”, de Winston Churchill nieto en el Parlamento inglés el 21 de junio de 1982, la “gran causa nacional” se empeña en recrearse y su cristalización se manifestó bajo las imágenes y sonidos de películas desmitificadoras, en ocasiones filosas y en ciertos casos proyectando una mirada de impotencia sobre ese archipiélago de casi 12.500 metros cuadrados.

Los chicos de la guerra, Fucklands, Locos de la bandera e Iluminados por el fuego resisten comentarios y textos escolares porque cada una de ellas, desde ángulos nada encontrados, desmienten la percepción de que Malvinas sea otro preso político del olvido y el silencio.

En la escritura de su libro Iluminados por el fuego, el periodista Edgardo Esteban colocó la memoria desde el propio cuerpo. “En las manos congeladas” y “las bocas partidas” por esos diez grados bajo cero que manoseaban el barro “y los pozos de zorro, especie de trincheras de la Primera Guerra Mundial”. Y recuerda: “Nos meábamos encima porque ni siquiera podíamos bajarnos los pantalones del frío. Comíamos una vez al día, tomábamos mate cocido con pan duro, los oficiales nos estaqueaban por robar comida y, lo peor, nos hicieron conocer la muerte a los 18 años”.

A través de ese registro personal, el cineasta Tristán Bauer se puso el sayo para abordar esa historia y esas islas donde no sólo quedan restos de maquinitas de afeitar o pedazos de zapatillas Flecha: alrededor de 20 mil minas laten en terrenos  demarcados. Bauer tomó aviones, testimonios, empoderó al personaje de Gastón Pauls y a esas marcas individuales que Esteban convirtió en “una búsqueda de alternativas” que tuvieron un fin: “Poder sacarme ese pus que me atormentaba. Volvimos de Malvinas, ¿y de qué manera iban a contenernos nuestros padres cuando nos veían que preferíamos dormir en el piso, o cómo nos agachábamos cada vez que oíamos pasar un avión? ¿Qué contuvo nuestras depresiones? Seguramente no el famoso documento de silencio que nos obligó a firmar el Ejército. Vivimos con nuestros propios fantasmas durante muchos años, y algunos se mataron por eso”.

No existe respuesta que explique el suicidio –que, según cifras no oficiales que manejan los veteranos, superan los 350 casos– ni su instante de adioses interiores y “tampoco algunos sectores dirigenciales o sociales desean hallar esas respuestas”, agrega Leandro de la Colina, de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur. “Es casi una obviedad decir que desde el Estado hubo una gran ausencia para ejercer la memoria de la guerra y, por supuesto, de sus consecuencias. Y si ese recuerdo se mantiene es por las actividades de los propios veteranos y familiares para mantener el arraigo cultural de Malvinas. Si la política se funda sobre acuerdos más o menos amplios sobre qué olvidar, tendremos que revisar nuestra memoria para no silenciar.”

Hasta qué punto será una obviedad decir que no es lo mismo recordar desde la derrota, que ningún sistema político globalizado intenta construir su presente apelando a un pasado de rendición. En el caso de Malvinas, “el arco inconcluso” del que habla Lorenz también refiere a un tipo más solapado de desmemoria institucional agitada cada tanto y a su pesar por aquello que el historiador Samuel Hynes denominó las “conmemoraciones involuntarias” de los propios veteranos de guerra, ese abanico de secuelas psicológicas y físicas de la guerra. “Me pregunto cómo salvar a los que se están suicidando, si todavía hoy existen cuestiones básicas que no se resolvieron, como la asistencia médica y psicológica, trabajo, créditos blandos para la vivienda”, concluye Esteban. “Cómo generamos reflexión en la sociedad, si no puede ver las laceraciones que nos dejó el abuso de poder.”