En el número pasado de Opinión Sur Joven, hablamos acerca del los males que provoca el herbicida de la soja en el medio ambiente. En esta segunda parte se cuentan otros perjuicios que trae esta sustancia. ¿Por qué se extendió tanto su uso? ¿Qué intereses acallan las críticas hacia este plaguicida?

En el número anterior de Opinión Sur Joven se contó acerca de un estudio científico que prueba los efectos negativos del glifosato en la salud de la gente y en el ecosistema donde se lo usa. Andrés Carrasco, director del Laboratorio de Embriología Molecular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, contó que el principal herbicida de la soja (unos 220 millones de litros son rociados en cada cosecha argentina) puede producir malformaciones en las extremidades, en el desarrollo de algunos órganos y microcefalia en los embriones, además de graves consecuencias por intoxicación en las personas que tengan acceso a él.

Por su parte, el ingeniero agrónomo y genetista Alberto Lapolla advirtió acerca del peligro de que el glifosato contamine las napas de agua de los suelos, llegando a los ríos y contaminando las cuencas de agua dulce. Esto influiría también en la tierra y en el aire, provocando la muerte de la macroflora y macrofauna.

Si bien es bueno mantener una perspectiva crítica y dar un mínimo de beneficio de duda a Monsanto, la madre todopoderosa del glifosato y otros tantos agroquímicos, basta googlear un poco el nombre del herbicida para encontrar un reguero de denuncias sobre casos de daño a la salud -especialmente en chicos- en las zonas rurales donde se lo utiliza.

¿Cuál fue el origen de este fenómeno y cómo se vislumbra que termine? ¿Cuán fuertes son los intereses económicos en juego? En esta segunda parte del informe especial de Opinión Sur Joven sobre los efectos del glifosato, vamos a intentar responder esas y otras preguntas.

La génesis

El origen del glifosato se remonta a principios de los ’80, cuando se lo usaba para sacar los yuyos y las malezas en los campos. “Lo que hacía Monsanto en los tardíos ‘80 es encontrarle al herbicida el gen para que determinadas bacterias no fueran matadas. Una vez identificado se colocó en una semilla, que fue la de soja. En esta etapa hipercapitalista fue un éxito para ellos encontrar un paquete tecnológico que asocie una semilla con un herbicida”, explica Carrasco.

“Esto permite la expansión sin límites, porque con la siembra directa no hay que trabajar el suelo y se necesita menos mano de obra. Hay que reconocer que es revolucionario: ya no tienen que pelear contra la naturaleza: directamente la destruyen, se la llevan por delante. La arrasan porque tiran el veneno y matan todo lo que puede crecer, salvo la semilla”, relata.

Ese paquete tecnológico ideado por Monsanto –se desconocen las razones de por qué probó con la soja, tal vez vio venir el boom, o quizás mera casualidad- permitió semejante forma de producción con niveles astronómicos de rentabilidad. A pesar de ser un éxito en el siglo XXI, la clave suena muy “noventista”: revolución tecnológica y escasísima mano de obra. Lema de la década neoliberal.

Nada de esto sería relevante si la soja no tuviera compradores. Pero los hay, y muchos. Según contó a Opinión Sur Joven el ingeniero agrónomo y genetista, Alberto Lapolla, el gran disparador de la mega-demanda sojera en el mundo fue el famoso Mal de la Vaca Loca. “Esa enfermedad demostró que no se podía alimentar herbívoros con proteína animal. Entonces se les comenzó a dar soja. Ahora las vacas dejaron de comer pasto y están encerradas consumiendo granos, alimentos balanceados, llenas de anabólicos y antibióticos”, contó.

Este cambio en el modelo de producción agropecuario llevó a que suban astronómicamente las compras de soja en países como China, donde millones de cerdos y pollos son alimentados con la oleaginosa de la polémica.

Y el incremento de la demanda le dio un empujón más, si es que hacía falta, a Monsanto –lluvia de pago de royalties mediante- y todo el complejo agrotóxicos. Se trata de un negocio que -según Lapolla- mueve 100 mil millones de dólares al año.

Nada es para siempre

“La naturaleza no es estática y se va a seguir defendiendo por esos mecanismos intrínsecos que tiene de generar supervivencia”, advierte Carrasco. Es que el ciclo natural, cuando es invadido, obliga a la Madre Tierra a realizar lo que mejor sabe: resistir y sobrevivir, por lo cual el glifosato parece tener los días contados.

“Por estos mecanismos, aumenta la resistencia de las malezas, y por eso se incrementa la dosis de glifosato. Entonces, cada vez hay que usar más. Creo que está llegando a su tope, a su máximo nivel de eficacia”, agrega.

Pero ni lerdos ni perezosos, los amigos de Monsanto ya comenzaron hace rato a buscar un reemplazante. Y parece que lo encontraron. En 2007, la revista Science publicó un estudio de la Universidad de Nebraska en el que se descubrió un gen que permite lograr plantas tolerantes al herbicida dicamba, lo que permitiría el reemplazo para poder controlar malezas en cultivos como soja o algodón. Habrá que ver qué daños colaterales traerá el sustituto.

Por el momento, el glifosato sigue dominando en las pampas argentinas. Como se expuso, es un negocio rentable, y cuestionarlo implica tocar intereses grandes y ocultos. Lo vivió en carne propia el Dr. Carrasco, quien sufrió una ofensiva en su contra, por parte de cámaras empresarias y autoridades nacionales.

¿Casualidades de hechos aislados o gestos coordinados para ocultar la realidad que un estudio científico plantea? Siempre hay que permitirse el derecho a la duda, aunque no se puede ser indiferente a las denuncias.

“Sólo 19 países en el mundo permiten transgénicos –explicó Lapolla- y Argentina es el mayor país con superficie relativa dedicada a esos productos. El 99% de la soja nacional es transgénica. Argentina fue convertida en un gran laboratorio de prueba. En países como Estados Unidos se permite que sólo la mitad de la cosecha sojera sea transgénica”.

Para él, el glifosato provoca tal alteración de la selección natural que requeriría más de una década realizar un estudio fidedigno (desde 1996 está permitido el uso de soja trans en Argentina). “No puedo decir que a priori está mal; pero hay que estudiarlo”, recalcó.

A pesar de que sólo 75.000 productores de un total de 350.000 producen soja transgénica –en un país de casi 40 millones de habitantes-, el dinero que implica este negocio enturbia, quiérase o no, el panorama. Los intereses creados son muy fuertes y requieren sí o sí de un Estado autárquico y esterilizado de los sectores involucrados, que manejan suficientes recursos para ejercer poder e influencia en los medios de comunicación y en la agenda pública.

Carrasco dice una premisa básica, hasta economicista si se quiere, balanceando costos y beneficios: “No se sostiene un sistema productivo sólo para darle de comer a los chanchos chinos, ni tiene ningún sentido tener estos daños colaterales. No creo que la salud humana se pueda poner en función de un criterio de producción”.

Despojándose de valores en pos del negocio, por más hiper-rentabilidad coyuntural que regale, no se construye una economía sustentable, desafío sine qua non para el tercer milenio, en tiempos de cambio climático y asfixia económica.

Para concluir este informe especial sobre el glifosato y las aristas que lo rodean, basta expresar un deseo. Que en 10 ó 20 años, los países productores de soja transgénica no tengamos que ver en las pantallas de cine un filme dedicado a esta trama. Las víctimas del agua (luego descubierta) envenenada retratadas en Erin Brockovich (2000), o los que padecieron los ingredientes tóxicos del tabaco, cuya revelación escandalosa eternizó The Insider (1999), seguramente opinarían lo mismo.

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Más información acerca de los males que provoca el glisofato de la soja:

Maldito Glisofato, Parte I

Dicamba Resistance: Enlarging and Preserving Biotechnology-Based Weed Management Strategies, estudio de la Universidad de Nebraska publicado en Science

¿Qué es el “Mal de la vaca Loca”? En este link se lo explica