Por Marina Burana

Taipei es la ciudad de la diversidad, el té, la frondosidad y las sonrisas simpáticas a toda hora. Pero una de sus características más significativas es la vitalidad de su población longeva. Es que no sólo en la capital sino en varios lugares, por toda la isla, los ancianos tienen acceso a muchísimos beneficios que los mantienen vitales y activos en una sociedad que paulatinamente experimenta muchos cambios.

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Ancianos en la ciudad de Taipei disfrutando de una jornada musical.

 

Los ancianos alcanzaron el 7% de la población total de la isla en 1993 y el 10,2% en 2007, lo cual comparado con algunos parámetros occidentales no resulta sorprendente. Sin embargo, se prevé que un 40% tenga más de 65 años para el 2050.

Desde hace un tiempo, el gobierno de la ciudad de Taipei puso en práctica varias iniciativas con la idea de favorecer la calidad de vida de sus ancianos. Además de ciertos subsidios y planes especiales que se empezaron a otorgar en la década de los 90, numerosas actividades recreativas comenzaron a ser una realidad entre la población más adulta. Pero no todo es yang, el yin toma también su forma en los 2.800 ancianos que buscaron asistencia del estado en 2010 por negligencia, abandono o abuso.

 

Las mañanas de los “pibes”

Todas las mañanas cuando salgo de casa los veo. Sonríen contentos y se hacen bromas o se molestan jugando con sus bastones de bambú. Algunos de tanto reír dejan que las lágrimas se les pierdan entre sus arrugas que se abren sabias como caminos. Otros andan más serios, listos para lo que traiga el día. En la intimidad los llamo “los pibes”, porque de tanto verlos en el colectivo o andando en bicicleta por la calle, yendo entusiasmados hacia los parques para ejercitarse y practicar su tai chi, me parece que podrían tranquilamente ser parte de mi grupo de amigos. Sólo que ellos no entienden nada sobre compartir mates o jugar al truco los domingos. No. Ellos son dueños de las mañanas, de los juegos y de las sonrisas en la ciudad de Taipei.

Muy temprano, ni bien comienza el día, se adueñan de las primeras horas de un sol que luego se esconde detrás de las montañas mientras ellos siguen haciendo ejercicios en los aparatos que hay en casi todas las plazas específicamente emplazados para eso, o descansan en los asientos de piedra blanda, o caminan moviendo los brazos de un lado a otro, o le rezan a algún dios en los templos callejeros, o se ponen a jugar al ajedrez chino.

Antes del mediodía, cuando el sol se esconde y esta ciudad húmeda campanea una pronta lluvia, vuelve cada cual a su casa. Con las mismas sonrisas, algunos se dan aire con sus abanicos de madera y se suben a su bici o se toman el colectivo de regreso.

 

Datos de color en el aquí y allá 

En la Universidad Popular de Tainan, al sur, se ofrecen cursos de masaje “tuina”, una técnica de masaje tradicional chino, pensados para beneficiar a los mayores de la comunidad, y así fomentar los lazos con las generaciones más jóvenes y celebrar los valores de la familia compartiendo momentos juntos.

Por otro lado, algunos templos, de un tiempo a esta parte, han abierto sus puertas no sólo con fines religiosos sino también para ofrecer actividades recreativas a los ancianos, tales como cursos de herboristería. Dicha práctica demostró ser un éxito, con muchísimos interesados que construyeron sus propias huertas, comenzaron un intenso estudio sobre las plantas y a cultivar de acuerdo a las prácticas de agricultura ecológica. Pero también se dictan otro tipo de cursos, como el aprendizaje de er hu, lo que sería el “violín chino”, enseñanzas sobre espectáculos folclóricos, danza o manualidades y excursiones de estudio.

En oposición a algunas realidades de nuestro país, donde muchas veces los mayores tienen oportunidades de ir a los clubes de abuelos o planear viajes en grupo, pero dejan de lado el ejercicio físico y una sana alimentación, los taiwaneses, llegados a cierta edad, ponen mayor énfasis en el cuerpo, en una dieta saludable y en armarse rutinas donde la edad no sea un impedimento para moverse de un lado a otro, ya sea en bicicleta, en largas caminatas, en subte o incluso en moto. Muchos de ellos llevan y luego van a buscar a sus nietos al colegio y juegan con ellos en las plazas o empiezan pequeños negocios con el conocimiento que les proveen alguno de los cursos a los que asisten. Lo que prima siempre es el movimiento, el yin y el yang, la búsqueda del balance. La población adulta en Taiwán es, por momentos, hasta más activa que los jóvenes, quienes andan un poco más interesados en celulares y computadoras, olvidándose, muchas veces, de ir a robarle al sol los primeros momentos de la mañana en algún parque.

 

El Yin y el Yang

Lamentablemente, también está la otra cara de la moneda: grupos de ancianos que recurren al estado no sólo como un recurso recreativo sino con necesidades muy específicas. Lee Hua, de 77 años, vive en Taipei y fue abandonada por sus hijos, quienes no le pasan dinero y ya no la visitan. Parte de su ingreso procede de la venta de basura a empresas de reciclado y otra parte de lo que le da el gobierno.

Hay un dicho popular chino que dice “criar a un hijo trae seguridad en la vejez” y las sociedades de este lado del mundo se rigen, de alguna manera, con esa máxima, manteniendo familias numerosas en una misma casa, conservando su tradición y asegurando así el cuidado de los mayores por parte de las generaciones más jóvenes. Sin embargo, desde hace unos años eso está cambiando y las nuevas generaciones viven ya otras realidades un poco más alejadas del pensamiento convencional chino de familia. Ésto ha ocasionado varios problemas entre los ancianos taiwaneses, alertando al estado sobre la realidad de algunos mayores.

 

Bicicleteando

Al final del día, el turista o el advenedizo que recorre los recovecos de esta hermosa ciudad, seguramente verá con asombro cómo la mayoría de los ancianos, incluso en edades muy avanzadas, bicicletean de un lado a otro, vitales, enérgicos, contentos y persiguiendo soles. Auténticos pibes de oriente.