Gobiernos y empresas se ufanan de haber encontrado con la nueva forma de extracción de hidrocarburos una de las soluciones al cuello de botella de los combustibles. Pero poco se habla de su temible impacto ambiental y en el uso indiscriminado de recursos que requiere.

Siempre un relato divide el campo simbólico entre malos y buenos, pros y contras. No hay otra forma más pegadiza de cautivar al lector, al oyente o al televidente. El problema surge cuando no hay correa de transmisión que muestre otro relato con otra escena y otro guión.

Eso pasa con el denominado boom de los hidrocarburos no convencionales, mediáticamente conocidos como shale gas y shale oil. En una articulación que no parece casual, las empresas productoras y extractoras de esta materia prima, los gobiernos de varios países y los grandes medios de comunicación vienen dejando a un costado las contras de esta nueva tendencia hidrocarburífera y reluciendo solamente sus ventajas económicas.

Los argentinos nos enteramos masivamente de lo que era el shale oil/gas en noviembre de 2011, cuando Repsol (la compañía española dueña mayoritaria del paquete accionario de YPF) anunció con bombos y platillos el hallazgo de reservas equivalentes a más de mil millones de barriles de petróleo no convencional en el yacimiento Loma de la Lata y de Vaca Muerta, en la patagónica provincia de Neuquén, y que según estimaciones esa cifra podría trepar a 22.000 millones en futuras exploraciones.

El gobierno argentino bendijo la noticia y sacó lustre de la medalla de tercera reserva mayor del mundo en hidrocarburos no convencionales, tras Estados Unidos y China. Luego fueron expropiadas las acciones de Repsol y la hoy mayoritariamente estatal YPF busca patrocinantes internacionales para aprovechar el oro negro encubierto en las profundidades del Cono Sur.

Ahora bien, claro está el beneficio económico de descubrir mayores fuentes de un recurso en vías de extinción (no pasa de este siglo) como el combustible fósil. Pero esa rentabilidad en el tercer milenio tiene que ser cotejada con su sustentabilidad. Y ambientalmente hablando, los hidrocarburos no convencionales distan mucho de ser ideales.

Made in Texas

Muchos países ya saben que tienen shale gas en su subsuelo. Además de Estados Unidos y China, están en la fila Canadá, Australia, Polonia, Francia, Noruega, Alemania, Dinamarca, Suecia, Reino Unido, Rumania, Ucrania, Bulgaria, Hungría, México, Sudáfrica y Turquía. Pero a la cabeza de la producción está el país de Obama, con las reservas desparramadas por casi todo el territorio, pero la mayor extracción concentrada en Texas, la zona de los montes Apalaches y el Medio-Oeste.

A comienzos de la década del ’80, un ingeniero de Texas, George T. Mitchell, a pesar del escepticismo general insistió y logró llevar a la práctica exitosamente el método de fracturación hidráulica (la forma en que se extrae el hidrocarburo no convencional) de los esquistos. La Mitchel Energy Development, empresa creada por él, patentó esta tecnología, y luego fue adquirida por la Devon Corporation, la cual unió esa técnica con la perforación horizontal, permitiendo la liberación de mayor cantidad de gas con la simultánea reducción de costos.

La rapidez de extracción de gas de esquisto en Estados Unidos se incrementó el 70% entre 2007 y 2008. En 2009 ya había en todo el país 520 equipos de perforación, mientras que para los años ’90 había solamente 40. Estados Unidos se benefició de una mezcla feliz de circunstancias: tenía la materia prima (rocas llenas de petróleo y gas) y una industria de servicios y logística bien desarrollada para abastecer la nueva tendencia. La disparada de los precios del petróleo y gas terminaron de darle el empujón para que hoy esta actividad sea uno de los sectores más dinámicos de la debilitada economía norteamericana.

“En los yacimientos de hidrocarburos no convencionales el petróleo y gas está absorbido en el esquisto (la roca sedimentaria), por lo que hay que forzar la extracción, al no estar ya en forma gaseosa o líquida como en los casos convencionales. Para forzarla, se hace una fractura con perforaciones radiales, inyectándose agua, arena y sustancias químicas que facilitan el flujo”, explica Roque Pedace, docente especializado en energía y cambio climático de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires y Magister en Política y Gestión de la Ciencia y Tecnología.

En diálogo con Opinión Sur Joven, Pedace dice que según cómo sea cada yacimiento, hace falta mayor esfuerzo (y mayores recursos de energía y agua) en la extracción, pero que los métodos suelen ser similares. Tras extraer, se separa el agua utilizada y se la reutiliza parcialmente, y en cada proceso se quita de las napas subterráneas gran cantidad de sales que vienen junto a los barros usados para las fracturas.

El lado oscuro del shale gas

“Los hidrocarburos no convencionales son más perjudiciales porque la necesidad de agua es mucho mayor y porque se contaminan las napas subterráneas. Son perforaciones muy grandes y se corre el riesgo que alguna napa no esté debidamente aislada, como se ha detectado en algunos casos. Además, alguna tormenta o factor climático puede romper las barreras de las lagunas donde se conserva el agua con tóxicos para extraer antes del proceso, lo que también puede contaminar”, señala Pedace.

Además, se emiten más gases de efecto invernadero en el proceso de explotación. “Se necesita mucha más energía para la extracción, entonces loo que se llama el repago energético, o sea la cantidad que necesito de energía para obtener otra energía, no es beneficioso. Requiere más uso de transporte por la gran cantidad de agua a trasladar incluso. Desde el punto de vista del combate al cambio climático, no conviene.”, agrega.

Pedace apunta también a la pata financiera del asunto: “Tiene más costos por la mayor energía necesaria y por los equipos que precisa este sistema, que son más caros y actualmente en todo el mundo muy demandados, por lo que son difíciles de conseguir, así como los insumos químicos para la fractura. Inclusive, el ciclo de producción es más corto que uno convencional, en el que se perfora una vez y hay varios años de extracción. En los no convencionales se debe romper continuamente y eso implica un ciclo de inyección de capital mas intenso y constante”.

Explotar shale gas además multiplica los escapes del metano, que produce 20 veces más daño al calentamiento global que el dióxido de carbono (aunque a largo plazo se oxida y desaparece en 50 años de la atmósfera, a diferencia del DO2 que demora 800).

Estos escapes durante el proceso de extracción no son nada desdeñables. Según un estudio de la Universidad de Cornwell (EE.UU.), entre el 3,6% y el 7,9% del metano de las producciones de esquisto escapan a la atmósfera a través de las grietas durante la vida de un pozo. Estas emisiones de metano son 30% superiores a las que ocurren en la explotación de gas convencional.

Según un informe del Parlamento Europeo publicado en 2011, el gas y petróleo de esquisto no sólo no reducen comparativamente la emisión de gases de efecto invernadero en la etapa de extracción sino que suma nuevas con el mayor uso de camiones y equipos de perforación (liberando a la atmósfera dióxido de azufre, óxido de nitrógeno, monóxido de carbono y metano).

Por algo Pedace destaca que varios países, entre ellos Francia, Bulgaria, República Checa y algunos estados de EE.UU., prohibieron la extracción por fractura de esquisto. En Argentina, a fines del año pasado, la ciudad de Cinco Saltos (provincia de Río Negro) decretó una ordenanza municipal prohibiendo en su distrito la explotación de hidrocarburos no convencionales.

“Si se cuentan los fondos que se necesitan para esta actividad, habrá que hacer sobreproducción para poder exportar y pagar toda la inversión, por lo que las emisiones serán muchas más. Cuando hay una cantidad limitada de recursos, lo que se le da a uno no se le da a otro. Argentina tendría cambiar urgente la actual matriz energética, salirse cuanto antes de los hidrocarburos y lo que ocurre actualmente es exactamente lo opuesto. Nos estamos comprando un boleto de 30 años para combustibles fósiles”, opina Pedace.

Para la explotación de los yacimientos de Neuquén se calcula que harán falta 25 mil millones de dólares. Esa inversión profundizaría la actual matriz energética, basada en combustibles fósiles casi en un 90%. No sólo es un problema argentino: según el IPCC, el 57% del dióxido de carbono que se emite a la atmósfera proviene del uso de hidrocarburos, lo que muestra un sistema global de combustibles que estimula el calentamiento global..

Lo que se invierte hoy no es un problema a corto plazo sino que atará a la próxima generación. Según un estudio del británico Centro Tyndall para la Investigación en Cambio Climático, la extracción masiva de un nuevo combustible fósil (como el no convencional) “probablemente provocará la baja de todos los precios, por lo que se incrementará su demanda, catalizando y aumentando las emisiones absolutas de gases. Ante la ausencia de topes de emisión, la extracción de shale gas conducirá entonces a un incremento de las emisiones totales mundiales”.

¿Y si se hiciera un marco legal para que esa inyección de capital fuera a parar a la industria eólica o de otras energías renovables? Un empresario argumentaría que la rentabilidad no es la misma. Pero el relato necesita ser balanceado para sopesar de una vez el impacto ambiental y humanitario. Para eso están, se supone, los gobiernos y los medios de comunicación. Sería hora que lo incluyan en el guión que están contando cuando hablan del “milagro” del shale gas.