La tragedia de muerte y destrucción que dejó a su paso la inundación de la capital provincial sacó a la superficie viejos problemas urbanísticos. ¿Hay soluciones totales o parciales? La peor cara del cambio climático.

La capital de la provincia de Buenos Aires sufrió la peor inundación de su historia y todavía padece sus consecuencias. Al menos 60 muertos, miles de millones de pesos en pérdidas y un drama humanitario que sólo será mesurable con el correr del tiempo.

Pero la trágica noche del 2 de abril pasado no desbordó solamente agua de ríos caudalosos. También expuso con singular violencia una realidad penosa que resulta urgente analizar. Más que preocuparse, ocuparse ya.

El calentamiento global ha llevado a un cambio climático probablemente irreversible que desata fenómenos meteorológicos con mayor virulencia y asiduidad. Uno de ellos son las tormentas y la tropicalización de regiones históricamente subtropicales. En La Plata cayó la friolera de 313 mm de agua en tres horas, según la Facultad de Ciencias Astrofísicas y Geografía de la Universidad Nacional de La Plata,.

Pocos días después, en la ciudad de Santa Fe (emblema si los hay de trágicas inundaciones en Argentina) cayeron en dos horas 168 mm de agua. Días previos, en la ciudad de Buenos Aires cayeron en seis horas 158 mm de precipitaciones, siendo el mayor récord para un día de abril desde 1906, fecha que se comenzaron a medir las lluvias.

Evidentemente, algo está pasando con nuestro clima en la región metropolitana. Un cambio que está por delante de la velocidad de adaptación y previsión y que está dejando una estela de destrucción, lo que impone un debate urgente.

Un planeamiento urbano mortal

Al desmenuzar el cuadro de situación que vivió La Plata se van encontrando las explicaciones del colapso de aquella jornada. Las razones políticas y humanas detrás del factor climático irreversible.

“El cambio climático ya está entre nosotros y coexistiremos con él. No genera los errores urbanísticos sino que los potencia. Si dispusieron que decenas de miles  de personas vivan hacia el interior de los arroyos, igualmente con o sin cambio climático mismo iba a traer problemas porque no era lugar para urbanizar”, explica Antonio Brailovsky, licenciado en Economía Política y profesor universitario especialista en Historia Ambiental.

Según la Dirección de Estadísticas municipal, desde la reactivación económica en 2003 hasta 2008 se habían pedido permisos de construcción por más de 2.000.000 de metros cuadrados en toda el área metropolitana platense. Casas con jardín fueron reemplazadas gradualmente por torres y la densidad pasó de 250 habitantes por hectárea hasta casi 1.200. Esto contribuyó a impermeabilizar el suelo y colapsó el sistema de infraestructura.

Otro de los motivos es la urbanización en el espacio del Arroyo El Gato. “Con el clima de la zona, nunca se tendría que haber urbanizado, fue una irresponsabilidad. Ese arroyo consta más de lo que se ve en el mapa, es todo un curso de agua y tiene el valle de inundación, que es una zona baja que el arroyo a excavado con su crecida. La planicie de inundación es donde el arroyo ya ocupó alguna vez ese espacio, por lo que la probabilidad que el agua vuelva ahí es altísima”, señala Brailovsky.

En ese sentido, expresó su preocupación porque en Argentina existen “decenas de miles de personas en áreas en las que nunca habría que haber puesto gente porque no son aptas para urbanizar y encima ningún municipio les dijo que tomen estos recaudos. Hay una responsabilidad institucional y no lo pueden decir. Cualquier funcionario lo sabe y no lo puede decir, porque la gente reclamará indemnizaciones para mudarse”.

Brailovsky recordó que en 1940 hubo una gigantesca inundación en la misma zona y que también afectó a la vecina localidad de Ensenada. Incluso hay registros de escritos de Roberto Arlt con sus crónicas visitando la zona. “Y sin embargo, en el último medio siglo se urbanizó la zona baja del Arroyo El Gato. La responsabilidad de esta tragedia es a la suma de los políticos de La Plata del ultimo medio siglo y de lo que pasó en Buenos Aires de los últimos 125 años”.

“El cambio climático está significando una mayor frecuencia e intensidad en eventos extremos, este es uno de los temas a los que nos tenemos que habituar y establecer estrategias de prevención. Las obras pueden servir para acortar el tiempo de la inundación y que el agua se vaya más rápido, pero si cae el agua que cayó en La Plata cualquier ciudad un poco se inunda”, añade.

Adaptación, no resignación

Brailovsky apela a que las ciudades sean adaptadas al riesgo actual. “Hay que volver a revistar los códigos de planeamiento urbano, reconocer las zonas de riesgos con mayor precisión y construir de otra manera las viviendas. Cosas como los garajes subterráneos o las estaciones eléctricas bajo suelo son un absurdo en algunas zonas. Tal vez haya áreas que directamente se deban evacuar, relocalizar a sus habitantes”, remarca.

“Otra cosa es que los gobiernos piensen obras que ayuden pero en serio. Por ejemplo la ciudad y la provincia de Buenos Aires tienen un plan hidráulico distinto para la misma región. Si en la provincia hacen desagues, mandan el exceso de agua a la Capital, lo que termina siendo cambiar la inundación de lugar. Se debe tomar el fenómeno en su totalidad”, resalta.

Uno de los mayores obstáculos para revistar soluciones es, cómo no, el rédito. “En los planes de vivienda del FONAVI (Fondo Nacional de la Vivienda) que por décadas financió en muchos sitios construcciones al lado de los ríos, en área de inundación. Cuando se le pregunta a los arquitectos responden que es el terreno que les dieron, que era el más barato. Cuando la lógica es la economía del corto plazo, eso es patear el problema”.

En el libro “El cambio climático en el Río de la Plata” (editado por Conicet), se advierte empíricamente la gravedad de las consecuencias del calentamiento global. “En la evolución de las precipitaciones acumuladas anuales (en la región metropolitana de Buenos Aires y La Plata) en el periodo 1901 al 1995 es claramente observable una tendencia creciente sobre el periodo completo. Esto configura un crecimiento de la precipitación acumulada media anual algo mayor al 20%. La tendencia positiva es más acentuada a partir de fines de los años ‘70”.

La evidencia es imparable e implacable. Sus repercusiones son vívidas y dolorosas, como fuimos testigos en abril. Sólo una solución política integral y despojada de intereses miserables y pequeños podrá zanjar una de las cuestiones que ya bien podrían calificarse como una de las grandes deudas de la democracia argentina.