Nacieron en la Edad Media como una forma de vender productos exóticos. Hoy todas las grandes ciudades tienen puestitos en los que se puede comprar desde artículos artesanales, ropa y souvenirs hasta libros viejos o comida. La experiencia de la Ciudad de Buenos Aires.

Están presentes en todas las ciudades del mundo; en pleno centro o en las zonas más recónditas. Las ferias adornan las calles a nuestro paso y se convierten en un atractivo turístico, económico y cultural.

Buenos Aires no es la excepción: hay ferias de todo tipo y color, diseminadas por los barrios (en algunas hay desde libros y revistas hasta muebles y ropa, pasando por todas las “chucherías” [1] posibles) hasta los que venden sólo productos bien específicos y acotados.

¿Cuál es el origen del fenómeno? ¿Qué tipos de ferias hay? ¿Cómo se organizan y desarrollan en medio de una megalópolis como Buenos Aires y en plena era de globalización económica?Opinión Sur Joven se adentró en el mundo de las ferias barriales y en las historias de vida que ellas contienen. Acompañanos.

Desde la Edad Media

Una feria es un evento social, económico y cultural –establecido, temporáneo o ambulante, periódico o anual- que tiene lugar en un espacio determinado y que generalmente abarca un tema. Su meta puede ser la promoción de un negocio, de una forma cultural, de diversión, o todas ellas a la vez.

La feria fue un fenómeno económico surgido durante la Edad Media europea. Numerosos mercaderes se congregaban en una localidad durante varios días, con periodicidad normalmente anual, y sus ferias eran fomentadas por los reyes y los señores feudales para impulsar el comercio. En Europa, entre los años 1150 y 1300, la feria más famosa fue la de Champagne, en Francia.

Cuando fueron fundadas su objetivo era llevar a las villas donde se asentaban mercaderías infrecuentes. Sin embargo, la impronta del comercio local tuvo más fuerza y la institución se apartó de su propósito primitivo. Su evolución continuó hasta lo que hoy en día conocemos.

Feria del libro

Más de 100 puestos a lo largo de casi 150 metros, extendidos a lo ancho del parque, rodeados del verde de los árboles, de la antológica calesita barrial y de la gigante Escuela Normal 4. Allí se encuentra la Feria de Libros y Revistas del Parque Rivadavia, la más grande de Buenos Aires (sin contar, claro, la exposición anual que se hace en la Rural).

“Buenas, ¿buscás algún libro?”, se escucha de fondo. Los puestos son de chapa, tienen toldos y están posicionados en hileras. Desde 2004 están reacondicionados y mejorados. Antes eran bastante paupérrimos.

Al costado hay puestos herejes, que no venden ni libros ni revistas: aparentemente son más rentables las copias truchas de CDs, DVDs y juegos para computadora y PlayStation.

Esther es la dueña del puesto número 100, en la “frontera” con la calle Rosario, donde empieza, (o termina, según cómo se vea) el parque. Tiene unos 60 años, y durante los últimos 23 ha trabajado ahí.

“Al principio era sólo canje de revistas. Los libros empezaron después de 1988, cuando a la gente le costó más comprarlos. Empezó uno y después se prendieron todos”, cuenta.

La feria no tiene horario. La mayoría de los puestos abre a las 10 y cierra a las 20.30.

A fines de los ’90 hubo una movida de parte de las autoridades municipales para anular la feria y permitir que en ese lugar pudiera extenderse una de las calles que mueren al chocar con el parque. “Juntamos firmas entre los vecinos y lo evitamos, hasta vino a apoyarnos León Gieco, que vivía cerca”, recuerda Esther.

Esa muestra de solidaridad ya no se ve tanto. “Antes éramos mucho más compañeros; si te robaban algo, corrían todos a ayudarte y juntaban algo para darte. Ahora ni te miran”. Aunque reconoce que la competencia se lleva bien. “Los únicos bravos acá son los nazis”, dice, refiriéndose a unos puesteros que solían vender literatura nazi hasta que fueron descubiertos. Ahora comercian como el resto, pero tienen varios puestos y, al parecer, amedrentan a más de uno.

Los feriantes no tienen ningún tipo de organización común. Antes había una agrupación de vendedores, pero “ahora cada uno hace lo suyo”. Buscan cómo sobrellevar un negocio en un lugar que deja la impresión de haber perdido su espíritu inicial, de estar desangelado. De no ser lo que alguna vez fue.

Plaza Cortázar, hippie-chic

En el corazón del barrio de Palermo, un tendal de aros, cinturones, carteras de cuero, accesorios, ropa, cerámica, velas, agendas y hasta instrumentos de percusión se desparraman entre los 92 puestos de la Feria de Manualistas Julio Cortázar.

Ubicada en la plaza homónima, circundada (literalmente, porque la plaza tiene forma de círculo) por bares, cafeterías y restaurantes de un estilo más que particular, la feria recibe un aluvión constante de visitantes, que merodean los puestos y preguntan por precios. Hay adolescentes, adultos, jóvenes y turistas de todo el mundo.

La “feria de artesanos de Plaza Serrano” -como se la conoce popularmente- vende todo lo que sea para decorar, tanto el cuerpo como una vivienda. Todo tiene un estilo hippie, rústico, pero “chic”. Lo barato (ya no tanto) no tiene por qué dejar de ser sofisticado.

“El lugar es atractivo para todo tipo de público, y eso es un logro nuestro. Cuando recién empezó, esto era un coto cerrado para la gente “VIP” que venía a la zona a comprar cosas caras”, dice Eduardo, uno de los primeros feriantes y vendedor de artículos elaborados con cuero.

Cuenta que la feria comenzó hace cinco años, y recién el año pasado (el Gobierno de la Ciudad) la incorporó al circuito oficial de ferias, ingresándola a la ordenanza municipal que rige para manualistas.

Cuando empezaron fue una cuestión de subsistencia. “Veníamos a hacer guita para vivir. Por eso consideramos que ésta es una organización popular, es un rejuntado de gente que coincidió en el mismo lugar por la misma necesidad de sobrevivir”.

La mayoría de los puesteros supera los 40 años. “Somos todos víctimas de la crisis de 2001 [2]. Muy pocos son artesanos por elección. Yo soy restaurador de muebles y tapicero, y entre los feriantes podés ver un contador, un abogado, un maestro mayor de obras… Yo llegué a ser gerente de ventas de una empresa, pero rebotaba en todos lados, así que vine acá”.

El año pasado las autoridades municipales intentaron desalojarlos y vallaron la plaza. Los querían trasladar a un predio cercano, que no estaba acondicionado para trabajar ni recibir al público. En protesta tomaron la plaza y siguieron trabajando. Finalmente se llegó a un acuerdo y la Legislatura porteña aprobó una ley para regularizar la situación.

Mercado de Bonpland, un oasis en Palermo

“Buscamos enseñarles a los consumidores que somos productores y promotores de una nueva forma de relacionamiento económico. Cambiar la conciencia de consumo es lo que nos va a hacer relacionarnos de manera más equitativa. Queremos un consumo responsable y no compulsivo”. Así de fácil, y así de difícil, Rosa cuenta la meta de los productores asociados en este emprendimiento relativamente nuevo que se llama Mercado Público Bonpland de economía solidaria.

Rosa es una representante de los más de 60 feriantes. La mitad se dedica a los agroalimentos ecológicos, el resto a cerámica, textiles, artesanías y madera. Son un rejunte de emprendimientos autogestionados, cooperativas, fábricas recuperadas, productores agropecuarios del interior del país, personas físicas y asociaciones.

Rosa explica que “la unión de todos estos sectores surge de la visión de llegar a la gente y posibilitarle un consumo responsable: compro porque lo necesito. Nosotros teníamos producciones muy pequeñas, pero uniéndolas podíamos hacer funcionar este lugar, con el agregado de tener la posibilidad de promover la economía social solidaria”.

Los valores y los principios de los feriantes contrastan con la precariedad estética del lugar. El techo, las paredes y el suelo están desgastados y deslucidos. Hay palomas adentro que deambulan por el aire y los puestos tampoco son de lo mejor. Sin embargo, en el lugar se respira compromiso político.

Por eso no es casualidad que la gestión para instalar la feria acá haya sido de la Asamblea Popular de Palermo Viejo [3].

Ellos tienen su sede detrás del mercado e impulsaron la idea de desarrollar un mercado de economía social. El viejo Mercado Bonpland estaba ocupado por vendedores que lo tenían descuidado. Fueron invitados a irse y la Asamblea convocó a mediados de 2007 a los productores agroecológicos.

Desde entonces están funcionando y a fin de año consiguieron firmar un convenio con el Gobierno de la Ciudad que les asegura la habilitación para trabajar en el lugar. Ahora buscan apoyo de otras entidades nacionales para que aporten fondos y de ese modo mejorar la infraestructura y darle más impulso a la economía solidaria.

Los feriantes de Bonpland esperan mucho del vecino. Quieren que pase, se interese, los apoye… quieren hacerle entender que su subsistencia, al igual que la de todos, depende también de la colaboración mutua. “La gente del barrio viene a comprar las verduras, preguntan cuándo estaremos todos los días (sólo abren los sábados), quieren entender lo que vendemos. Ahora vamos a pedir firmas para impulsar legislación sobre economía solidaria, que en Argentina no está registrada”, dice Rosa. [4]

La Feria de Bonpland es un proyecto socioeconómico, filosófico y cultural. Rosa lo define así: “Queremos crear conciencia, enseñar que hay que comer diferente porque es pensar diferente, es ayudarse a uno mismo y preservar los recursos naturales. Es otra manera de producir y consumir. Por eso no tomamos reventa, porque la economía solidaria no es ir, comprar y vender, sino poner el esfuerzo del trabajo a la venta, venderlo con precio justo. Le compro a éste porque tiene que vivir, con sus necesidades, que son las mismas que las mías”.

Quizás de eso se trata: las ferias están en la ciudad para ayudarnos a saciar las necesidades de todo tipo, como era su esencia durante la Edad Media. Aunque no sea para intercambiar bienes sino aprendizaje. Para encontrarnos en la ciudad, en medio de la vorágine, como un punto de reunión. Aunque sea sólo para dejarnos pensando.

[1] Cositas, variedades

[2] El entrevistado se refiere a la depresión económica vivida por la Argentina en 2001-2002.

[3] La Asamblea de Palermo Viejo es uno de los grupos barriales que se conformaron después del estallido social de 2001.Muchos vecinos se congregaron en los barrios para debatir sobre política. Muchas dejaron de existir, y algunas aún hoy en día están activas y generan iniciativas.

[4] Sí hay legislación al respecto en Brasil, Perú y Ecuador.