La violencia familiar es un mal que signa a muchos jóvenes que la padecieron de chicos y la reproducen o la reprimen, pero siempre con múltiples trastornos para ellos y sus seres queridos. La siguiente nota plantea distintas posibles soluciones frente a este problema.

“Los derechos humanos tendrían que empezar por casa”. Así por lo menos lo definió Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo, haciendo referencia a las tradiciones familiares que contemplan agresiones como bofetadas, palizas, insultos y amenazas, hasta imposiciones para comer, pensar y sentir. Todos comportamientos que ayudan a perpetuar una cultura del terror que se transmite de generación en generación.

Padres que golpean a sus hijos, hombres y mujeres maltratadas, agresiones a la figura paterna, hijos que golpean a ambos padres. No existen clases sociales ni edades que escapen a la hora de manifestar la violencia. Según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, una de cada cinco parejas en la Argentina convive en situaciones de abuso doméstico.

Facundo, 23, es uno de los tantos jóvenes que sufrieron violencia familiar durante su infancia y adolescencia. Fue educado a partir de una figura paterna muy autoritaria–como prefiere definir su crianza- y fue testigo de golpes e insultos hacia su madre. Llamadas telefónicas fuera de horario, malas contestaciones o poner mal la mesa, eran los motivos de agresión. “Un día papá volvió de trabajar, abrió la heladera y vio que no había botellas con agua fría. Se puso histérico: ¿Cómo no hay agua fría?, ¿cómo puede ser? –explica que repetía su padre-. La discusión terminó tres horas después con cachetadas a mamá”, recuerda el joven, describiendo una de las escenas que vivió en su casa. “A mis hermanos y a mí nunca nos tocó. Pero cada cosa que no le gustaba cómo la hacíamos, le echaba la culpa a ella”, agrega.

Las agresiones familiares no son únicamente aquellas que dañan la integridad corporal de una persona: la ley incluye como violencia también a las acciones que perjudican –de manera intencional- el aspecto psíquico, sexual y patrimonial.

El maltrato emocional es el tipo de abuso más naturalizado en la sociedad: se da con mayor frecuencia, y en general no se toma en cuenta su gravedad porque no deja secuelas visibles. Humillaciones, amenazas, intimidaciones son actitudes que impiden el desarrollo y la autodeterminación de la persona degradada.

Otro tipo de violencia es la sexual, que se ejerce a través del contacto físico o verbal sin contar con el consentimiento de la persona. Y por último, la patrimonial, es decir aquella que representa un perjuicio a los recursos económicos.

Si bien los maltratos intra familiares fueron tabú durante largo tiempo, las denuncias comenzaron a irrumpir cada vez más en la vida cotidiana hasta que en 1995, se sancionó la ley 24.417, la cual establece que “toda persona que sufra agresiones físicas por parte de algún integrante de la familia puede ser denunciado ante la justicia”. Aunque los críticos aseguran que la ley no contempla políticas precisas de prevención, según cifras oficiales las denuncias se triplicaron -y empeoraron- durante la última década.

¿Pero cuáles son las consecuencias sociales y psicológicas de esos abusos? ¿Cómo afecta la vulnerabilidad en la vida diaria?

Facundo cuenta que vivió durante largo tiempo aturdido. “Cuando nos íbamos de casa nos olvidábamos un poco de lo que pasaba dentro. Pero siempre teníamos miedo de que le hiciera algo a mamá”. Siente que su padre creó un temor emocional en ellos y que por esa razón siempre trataron de portarse de la mejor manera posible para que las culpas no recayeran sobre ella.

Muchas veces, cuando la violencia se interpone en la vida de chicos y adolescentes, aparecen problemas de aprendizaje, trastornos de conducta, inestabilidad emocional e interpersonales. Los abusos no terminan en quien ejerce o recibe golpes: es un comportamiento que tiende a reproducirse en futuras relaciones y se recicla tantas veces como le sea permitido.

Estadísticas demuestran que entre un 70 y un 80 por ciento de las mujeres que sufren violencia familiar durante su matrimonio comenzaron a ser maltratadas en el noviazgo, un dato a tener en cuenta por parte de las jóvenes que lean esta nota.

Algunos de los signos más comunes de la persona golpeadora se relacionan con los celos enfermizos, los insultos y la necesidad frecuente de ejercer un control sobre la pareja: desde cómo se va a vestir, hasta con quién y cuánto tiempo habla por teléfono. Generalmente los varones que son violentos repiten la conducta del hombre adulto golpeador e intercalan las agresiones con los pedidos de perdón, las flores y un nadie te va a querer como yo.

Facundo asegura que nunca le pegó a nadie y que tampoco lo haría: “En algunos momentos cuando estoy nervioso rompo cosas -sostiene-. Creo que esa violencia se manifiesta con mi desorganización en la vida”. Cuando se le pregunta si alguna vez tuvo la intención de tratar de alguna manera aquellas agresiones de la que fue partícipe, contesta: “¿Cómo podría hacer?”.

Un dato para la no violencia

Entre las páginas de su libro El malestar en la Cultura Sigmund Freud inquirió: “¿De qué serviría el análisis más penetrante de la neurosis social si nadie posee la autoridad necesaria para imponer a las masas la terapia correspondiente? (…) Podemos esperar que algún día alguien se atreva a emprender semejante patología de las comunidades culturales”.

Desde hace cinco años la Fundación Ética se anima a emprender este camino basándose en un programa educativo para la no violencia y así tratar la problemática de familias con algún miembro agresivo o golpeador; también trata a los jóvenes que padecen violencia familiar y dificultades escolares.

A través de terapias breves emergenciales se intenta de que los niños reconstruyan su yo, adquieran un desarrollo de su pensamiento y logren una recuperación verbal.

“A través del canto, la dramaturgia y el dibujo, se producen cambios no sólo en el niño afectado, sino también en toda la familia”, explica Edith Cheb Terrab, psicóloga y fundadora del Centro de salud Ética. “En vez de acudir a la violencia, encuentran un lugar donde tramitar mediante sus palabras”, afirma la psicóloga.

A partir de los primeros contactos con la familia, los chicos van creando su identidad y aprenden los modelos para construir sus vínculos sociales -junto con las expectativas sobre lo que espera de sí mismo y de los demás-.

Sin embargo, en variadas ocasiones niños y adolescentes se sienten marginados y sin autoestima ante la imposibilidad de ocupar un lugar en sus hogares. Y si a esto se le suma la pobreza de muchas familias se produce un combo realmente explosivo.

Por eso es que frente a estos casos es importante trabajar con tratamientos rápidos y efectivos, tanto individuales como colectivos. Por ejemplo la Fundación Etica creó una quinta y huerta comunitaria, en donde además se ayuda también a prevenir la drogadependencia y otras adicciones.

“Los centros de atención se van abriendo a medida que la gente conoce el tratamiento y demanda por atención”, explica Edith, quien agrega que ahora funcionan centros en Pilar y General Rodríguez, dos localidades del Gran Buenos Aires en la Argentina.

Fundaciones, líneas telefónicas, programas terapéuticos. Son muchas las herramientas que se pueden utilizar a la hora de terminar con la violencia familiar: lo legal, lo cultural y lo educacional son algunas formas para erradicarla de una vez del sistema social. De lo contrario, los abusos van aumentando en el tiempo, transfiriéndose de una generación a otra sin permiso de nadie.

Desde cualquier perspectiva, proponemos utilizar la palabra como primera fuente para afrontar el problema, denunciarlo y decir basta.