Por Daniel Wizenberg (@daniwizen)*

Estamos a menos de un año de la elección presidencial y la previa se televisa. El debate democrático, el Ágora moderno parece estar en algunos programas de tele. ¿Es de verdad así?

 

Existen dos maneras de hacer un «programa político» (que habla de coyuntura política). A través del análisis o por medio del debate.

La propuesta del análisis se incluye dentro de un formato más “tradicional”, muy habitual en el cable y extinguida en los canales de aire. Son los formatos personalistas: conducidos por un periodista reconocido, de esos que por su recaudación a fin de mes se parecen más a una Pyme que a un trabajador. Tienen al menos 2 y como mucho 8 entrevistados por programa según la semana, y están divididos por tema y bloque dando la idea de que están «todas las voces».

Claro que al principio y al final de cada emisión el periodista editorializa y fija el contexto  y la dirección política en el que ese «todas las voces» se da.  Lo hacen Castro, Morales Solá y Bonelli en TN pero también Anguita y Caballero en CN23 o Roberto Navarro en C5N y Maxi Montenegro en Canal 26. Es el modelo Larry King inaugurado en USA, adaptado a la Argentina por Grondona y Neustad primero y Hadad y Longobardi después.


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Se trata de programas  que en su preparación pueden haber tenido ingredientes disímiles pero el plato que sale cocinado es el que la producción (o para hilar más profundo, el auspiciante) desee. Queda en el juicio del espectador separar el pollo del orégano.

 

Con el tiempo ese modelo de programa político va perdiendo adeptos. Muy poca gente revisa esas entrevistas en YouTube y el público que los mira está por encima de los 50 años de edad. Su repercusión se encuentra atada a alguna declaración picante de un entrevistado que genere «rebote» ya sea en los diarios del día siguiente, en los portales de noticias de internet, o en los programas que levantan lo que hacen otros programas.

 

Esa crisis de la forma tradicional de hablar de política en la tele dio lugar a la segunda manera de hacer un «programa político»: el formato de panel y debate. Allí parece que gente un poco más joven se prende a la pantalla y hay cierta sensación de disputa, de campo abierto que ni la producción ni el auspiciante del programa pueden controlar. Existe una forma criolla de denominar ese campo abierto: quilombo.

 

Una muy buena nota de Junio pasado en La Nación le recomienda a los políticos qué hacer en «Intratables» para salir airosos. «Hablar en forma de tweet, ir al grano, pegar duro, marcar agenda» resalta como consejos clave. Si hubiera escrito una nota similar sobre 678 las recomendaciones serían antagónicas: «hable todo lo que quiera, aproveche que puede desarrollar». Planteando reglas de juego distintas (más que nada en el «tiempo para hablar») a priori podría pensarse que estos dos programas de televisión son antagónicos…pero no. Tienen mucho más en común de lo que parece.

 

Intratables y 678 coinciden en su tipo de público mayoritario: gente muy poco dispuesta a tolerar posiciones antagónicas a la suya. Basta ver los tweets que acompañan el vivo para observar expresiones sorprendentes y enseguecidas de odio al invitado cuya posición es diferente a la línea editorial del canal. El odio al k del día (Brancatelli suele ganar este premio) es moneda corriente en el hashtag #Intratables y en #678 llovieron tweetinsultos la única vez que fue una opositora, Beatriz Sarlo.

 

También comparten una frustrada ambición. Ambos se proclaman espacios de reproducción de la democracia donde se ponen en juego las ideas. ¿Pero puede un programa de televisión en vivo ser en todas sus dimensiones un terreno de disputa real de intereses?

 

Tal como sucede con los debates televisivos entre candidatos previo a una elección en cualquier lugar del mundo, lo que se da en Intratables y 678 es lo que Eduardo Gruner llama un «fetichismo de la democracia«. Una sustitución de la parte por el todo. La democracia tiene algo de show pero en los «programas políticos» no hay democracia con show… sino un show de la democracia.

 

Hablar de política no es incidir en ella. Sostenidos en espectacularizar la política para alimentar el fanatismo de sus público-objetivo, los «programas políticos» (ya sean «personalistas» o de «quilombo») suman entre todos alrededor de 10 puntos de rating pero terminan desplazándose del lugar de territorios de disputas políticas reales para pasar a ser una ficción de las mismas.

 

El encendido de la mayoría de la gente sigue estando en donde supuestamente no se habla de política. El Ágora no está donde parece, la política en la tele se capilariza.

 

Y entonces Tinelli.

 

*Politólogo (UBA). Trabaja en Una tarde cualquiera (TV Pública) e Intratables (América).