Las emisiones globales de CO2 se duplicarán si nada cambia para 2050. ¿Podremos bajarlas a la mitad? ¿Qué porcentaje le corresponde a la Argentina? Sven Teske, uno de los elegidos del gobierno alemán para representar a su país en el IPCC, señala a través de un informe cómo se podrían disminuir los gases de efecto invernadero en el mundo.

Ilustración: Bárbara Dana

El futuro a veces nos asusta. La incertidumbre siempre fue una mala compañía del ser humano. Pensar en cómo sería nuestra vida y la de nuestros seres queridos en 2050 puede ser una tarea deprimente para muchos, sobre todo para los que en esos tiempos ya estaremos bien adentrados en la denominada tercera edad.

Pero el ejercicio es válido más aún cuando lo relacionamos con el cambio climático. ¿Cómo estará el mundo para el 2050? ¿Se cumplirán las peores profecías mayas y estaremos inmersos en pleno cambio de era? ¿Los gurús del ambientalismo habrán tenido razón y el planeta estará crujiendo por los cuatro puntos cardinales?

Pensar el futuro en el presente, por más que pueda ser incómodo, es necesario. Los fracasos (o acuerdos decepcionantes) de las COP –las cumbres mundiales de cambio climático, la última en Cancún, la próxima en Durban- y las catástrofes naturales devenidas del calentamiento global lo exigen.

Sven Teske es uno de esos que lo pensaron. En 2010 culminó un detallado reporte sobre cómo disminuir los gases de efecto invernadero -sin contraer la actividad para el 2050- con la meta de que el incremento de la temperatura global no exceda los dos grados. Su informe fue uno de los cuatro que, entre 164 recibidos, el IPCC -el grupo intergubernamental sobre cambio climático de Naciones Unidas- adoptó como factible y científicamente riguroso.

Teske, un ingeniero alemán que dirige la campaña de energías renovables de Greenpeace desde 2004, es miembro del IPCC desde hace dos años cuando el gobierno de Alemania lo eligió junto a otros siete especialistas. Dialogó con Opinión Sur Jovenen el marco de su visita a Buenos Aires para presentar suinforme titulado [R]evolución Energética e impulsar la concientización de que una reconversión en la energía es posible, y sobre todo, urgente.

Una hoja de ruta

El informe de Teske tiene una perspectiva global pero contempla un escenario para cada país y divide al planeta en diez regiones diferentes. Greenpeace lo lleva por varias naciones para salir de la tradicional ecuación de países desarrollados versus en vías de desarrollo y explicar a la dirigencia política y a la opinión pública local lo que se puede hacer.

“En muchos países cuando decimos lo que habría que hacer, todos apuntan a China y a Estados Unidos (los mayores emisores), sin fijarse en lo que ellos podrían aportar. Deberían enfocarse también en lo propio porque todos pueden contribuir en algo, y por eso tenemos escenarios para todos los países. En nuestro estudio no logramos los ahorros de emisiones pensando en el decrecimiento económico ni poblacional sino todo lo contrario”, explica.

Con respecto a su trabajo, señala que “además de trabajar con metas relativas a la energía, lo hacemos con metas climáticas porque queremos lograr estabilizar el planeta en un aumento de sólo 2 grados, para lo cual hay que lograr reducir la emisión de 3,5 gigatoneladas de dióxido de carbono en 2050. Para el caso de la Argentina sería reducir 68 por ciento las emisiones totales”.

Teske analizó junto a su equipo la demanda energética y el consumo de cada país, estudió el potencial de energía renovable (sin apoyar ninguna vertiente en particular), revisó la población, las posibilidades de preparar recursos humanos y examinó si ya contaba con energía eólica, solar, hidroeléctrica, biogas, biocombustibles, undimotriz, etc. De todo ese cocktail elaboró sus escenarios.

La conclusión fue que las emisiones globales de CO2 se duplicarán si nada cambia para 2050, pero si se aplican las reformas que propone, de las 27.408 millones de toneladas de gases (cifra de 2007) se puede bajar hasta 10.202 millones de toneladas, cayendo las emisiones anuales per cápita de 4,1 a 1,1 toneladas.

El comienzo no será de cero. Por suerte, últimamente hubo un notable repunte del mercado de energías renovables, como subraya Teske: “En los últimos años, los mercados de energía eólica y solar crecieron 255 por ciento y 1063 por ciento respectivamente. La inversión global en el sector en 2010 fue de 211 mil millones de dólares, y en 2008 sólo de 130 mil millones de dólares. Estados Unidos, China y Alemania dominan el mercado de casi todas las energías renovables. La Argentina figura tercera en biodiesel pero es una opción controvertida para nosotros porque no apoyamos toda forma de biocombustible”.

La [R]evolución de Teske y el IPCC se basa en tres etapas fundamentales que marcan su hoja de ruta. La primera es el ahorro de energía a través de la eficientización, tanto en la industria como el transporte y el ambiente doméstico. El uso eficiente y no la abstinencia es la filosofía que promueven, lográndose a través de la mejora en las prácticas y en la apelación a nuevas tecnologías (un ejemplo puede ser el cambio en el alumbrado de edificios públicos, la regulación de aires acondicionados, etc).

La segunda etapa es la descentralización de la energía, para que sea generada en o cerca de su punto de uso, dejando de usar el sistema de transmisión de alto voltaje. “En el presente las empresas de servicios eléctricos basan su negocio en la distribución y venta, y en el futuro la provisión sería descentralizada, la cadena de valor perdería su poderío y el negocio quedaría en manos de los proveedores, con un sistema de redes de distribución local”, añade.

La última etapa es cambiar la lógica del suministro eléctrico, dando por concluida la denominada “carga base”, es decir, producir energía que no se va a utilizar: “Este proyecto ataca el concepto de “carga base”, ya que en nuestro escenario se produciría sólo si se necesita la energía, y si no se necesita, no se usa y no hace falta pagarla”.

El caso argentino

“Los números en Argentina demuestran que no hubo estabilidad en la planificación energética en la última década, va y viene dependiendo de los años, y si nada cambia, para 2050 su matriz será muy dependiente del gas y se duplicará su demanda energética. En nuestro escenario se contempla para la Argentina una participación de energías renovables del 85 por ciento para 2050, aumentando gradualmente. Hoy está en 30 por ciento”, dice Teske al referirse al statu quo local.

El científico trae a colación a su país natal para trazar un paralelismo que demuestre que las soluciones no están tan lejos como uno puede imaginar. “La Argentina es siete veces más grande que Alemania y tiene la mitad de su población. Pero Alemania tiene instalada hoy la capacidad de 30 megavatios de energía solar. Y la cantidad de paneles solares que pronosticamos necesaria para el país es la que se instaló en Alemania sólo el año pasado. Con esto no quiero comparar sino mostrar que es algo posible”.

Al consultarle sobre el aspecto financiero, Teske explica: “En la Argentina se prevé para lograr la meta, por año, 3.300 millones de dólares de inversión privada hasta 2050 (en la reconversión). No se contempla inversión pública porque eso implicaría una negociación política ardua y por la inestabilidad financiera no se sabe si podría estar disponible. El rol del Estado sería aprobar esta reglamentación y el sector privado invertir y obtener las ganancias pertinentes. Así, las emisiones podrían ser reducidas en la Argentina 70 por ciento, incluyendo un aumento de 10 millones de personas en su población”.

Por fuera de lo que son los Estados quedarían las ovejas negras del medio ambiente: los transportes internacionales, cuyas emisiones no pueden ser endilgadas a ningún país. “Con respecto a los aviones, no hay una solución para lo que emanan, solo viajar menos. En barcos de transporte de mercancías, se pueden utilizar velas de segunda generación (para gastar menos combustible en traslado), es una vuelta atrás con un giro de tuerca hacia delante. En Europa algunas empresas ya lo hacen”, apunta.

El escenario planteado por Teske no es una revolución que queda en las palabras, sino que es un estudio sobre los pasos determinantes para cambiar un destino que será implacable. Que proponga una revolución es un bien en sí mismo pero también una desventaja: muchos actores serían perjudicados si se aplicara su programa, muchos beneficios recortados y algunos sectores –como la minería- pasarían casi al ostracismo. La clave está en concientizar que la ganancia inmaterial será para todos.

Él lo sabe y por eso apela a los votantes y a sus votados: “Tenemos la tecnología, es económicamente viable, están los ingenieros, los científicos, todos listos, hay todo lo que hace falta, está la capacidad de implementación, etc. Sólo nos restan los políticos”.

Ilustración: Bárbara Dana

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