Es casi un invento argentino. La queja constante por todo lo que nos pasa. Un colaborador de Opinión Sur Joven hace un balance de la utilización extendida de la queja. ¿Sirve para algo? ¿En qué medida contribuye para construir un futuro?

Expresar la disconformidad respecto de algo (lo que denominamos “quejarse”) es un derecho naturalmente heredado de la libertad de expresión, y es perfectamente válido, sea en forma de protesta (cuando es un reclamo sobre algún incumplimiento, sea de legalidad, pacto o derecho básico) o una simple opinión.

Pero en una sociedad donde las responsabilidades y las culpas siempre se delegan en otros, se incurre demasiado en la contradicción entre el dicho y el hecho al momento de quejarse. Expresar disconformidad con algo que yo genero, apaño, instigo o cuanto menos admito, es incoherente y mucho más habitual de lo que se toma conciencia, sobre todo porque se suele delegar en terceras partes (reales o no) una buena porción de las propias responsabilidades.

Queja y Crítica

Nos acostumbramos a algo curioso: cuando hablamos de la crítica pensamos, acertadamente, en el análisis, el examen, la revisión de aspectos positivos y negativos de algo, pero cuando hablamos de criticar sólo pensamos en los aspectos negativos. Incluso se mitiga esa connotación negativa agregándole el apelativo de “constructiva” cuando se pretende que esa opinión (la crítica también lo es) sirva para motivar alguna mejora en aquello que se está criticando como malo.

En esa utilización, la crítica termina siendo una queja: la expresión de disconformidad. Los efectos de esto son los que vemos a diario en cualquier medio online para comprobar que la grandísima mayoría de las opiniones de los lectores son quejas. Si tenemos una noticia sobre una medida de gobierno, las quejas irán sobre la medida en sí o sobre los gobernantes, o sobre aquellos que opinaron a favor o en contra de esa disposición. Rara vez se pueden ver comentarios que incluyan algún análisis “de pros y contras” que conviertan esa disconformidad en crítica.

Esa es la falta de pensamiento crítico de la que adolecemos mayormente en aquello que nos apasiona, pero sería esperable que en algunas cuestiones (como ejemplo podría mencionarse la política económica) exista ese espacio para el análisis. Es cierto que no siempre podemos pensar alternativas ante alguna situación con la que no estamos conformes, sobre todo cuando se trata de cuestiones técnicas o de conocimiento específico involucradas. Y no se puede pretender siempre tener alguna propuesta de mejora o alternativa.

Lo que sí podemos, antes de quejarnos, es revisar si no somos nosotros mismos causantes de aquella disconformidad que queremos expresar.

La queja consagrada

Existe una idea de Opinión Pública que no es otra cosa que la Opinión Publicada: aquella que tiene mayor consenso mediático. La queja, como forma de opinión, no escapa a esa regla. Hay algunas que gozan de tal aval mediático que terminan siendo reproducidas por muchos sin que medie un análisis previo.

A ese tipo de quejas es al que me refiero como “queja consagrada”. En general se trata de aquellas que nos sirven para avalar alguna opinión personal, entonces las tomamos, sin intentar validarlas siquiera, para poder aprovechar ese nivel de certeza que se le confiere a todo aquello que se pronuncia en los grandes medios y así corroborar nuestra propia opinión.

Por ejemplo, se escucha a muchos individuos quejarse de que algún candidato a gobernante no tiene plataforma para gobernar. Pero pocos se toman el trabajo real de buscar (y leer) la plataforma del partido o candidato al que se critica; sencillamente se toma la opinión de algún medio u otro candidato.

En la arena política la queja es quizás la forma de opinión más utilizada junto a la acusación. Pero en otros ámbitos también se reproduce ese modelo. Como otro ejemplo, en temas tan dispares como la inseguridad o el matrimonio homosexual, sin que se analice la exclusión social o el modelo de familia disfuncional actual como cuestiones de fondo.

Esto sucede porque la opinión, que goza de la inmunidad de pronunciarse como una posibilidad y no como una verdad, se forma en parte, en base a ideas y opiniones ajenas. Pero ¿cuál es la particularidad de la queja en ese sentido? Que no requiere análisis, no demanda contrapropuestas, es mucho más rápida y fácil de generar, y tiene mucha aceptación en una sociedad que siempre se viste en el rol de víctima a la hora de evaluar la realidad que vive.

Es importante tomar conciencia de lo que nuestros propios actos generan o permiten antes de abrazarnos a alguna queja que nos quite responsabilidades; no sólo sería bueno para nuestra sociedad sino para nuestra propia felicidad, para tener más control sobre nuestro propio rumbo y no terminar cayendo en aquello que decía Thomas Fuller: “nacemos llorando, vivimos quejándonos y morimos desilusionados.”

¿Te gustó esta nota? Suscribite clickeando acá