Por Yanina Lofvall (Integrante de la revista  digital El Tranvía)

 

Vivimos en una época  donde los niños deben lograr su independencia cada vez a edades más tempranas, permanecen muchas horas en instituciones, clubes, niñeras, en el mejor de los casos, abuelos. Los  padres  dedican  su tiempo cada vez más, a la subsistencia económica, al éxito profesional, y demás demandas que la sociedad actual impone.

La escuela es la institución donde más horas permanecen los niños en su infancia, veinte horas semanales como mínimo. Justamente en este ámbito que intenta “contener”, abarcar a todos los niños,  con su bagaje histórico, y su situación socioeconómica, cultural. Pero también la escuela debe homogeneizar y por lo tanto  “etiquetar” al diferente, porque hay contenidos mínimos que alcanzar, conductas y normas que cumplir.

Si bien corrientes pedagógicas actuales alientan a  la “atención en la diversidad”, en la práctica, es un proceso mucho más complejo. El docente, debe atender un promedio de 30 alumnos, enseñar determinados contenidos en un acotado tiempo, por lo tanto, las clases deben desarrollarse sin demasiadas interrupciones para que el “sistema educativo” funcione y al llegar a diciembre los “contenidos básicos” hayan sido “bajados” al aula.

hiperactivos 2 En este contexto, es necesario que el alumno escuche. Ese alumno que nació  en el siglo XXI, con cambios tecnológicos y sociales que tienen una vorágine  que los adultos no llegan a entender, ese alumno que maneja  la playstation a  la perfección recibiendo un sin número de estímulos por segundo, a los que  además, responde. Ese niño que vivió violencia en su casa, que pasa hambre  o que pasa muchas horas solo frente a un televisor haciendo zapping, que ve  correr a sus padres de un lado para otro todo el día… Ese niño es el que tiene  que estar atento 4 horas, con el estímulo por excelencia: su banco, el  pizarrón, la tiza y la voz de su docente. La espada, la pluma y la palabra.

“No presta atención”, “vive en las nubes”, “no entiende nada”,  son latiguillos  clásicos de pasillos de escuela. Estos “problemas escolares” rápidamente  serán “problemas de los escolares”, problemas que en muchos casos derivan  en una consulta al médico. El diagnóstico de moda: “Sra, Sr, su hijo es hiperactivo”. Se los evalúa en función de corrientes biologicistas que desestiman la historia del niño y su contexto y en muchos casos terminan medicados con medicación Psiquiátrica como la Ritalina, medicación prohibida en muchos países del mundo.

Está palabrita, tan naturalizada en los contextos de niñez, “hiperactivo”,  es tomada del Manual de Diagnóhiperactivos 3stico y estadístico de trastornos mentales (DSM-IV)  define el déficit de atención y la hiperactividad si el niño reúne alguna de las siguientes características : no termina las tareas que empieza, comete muchos errores, no se concentra en los juegos, parece no escuchar cuando se le habla, tiene dificultades para organizarse, evita tareas que requieran esfuerzo, pierde cosas que necesita, se distrae con cualquier cosa, se levanta constantemente, corre,
le cuesta jugar a actividades tranquilas, habla en exceso.

Si tenemos en cuenta estos parámetros para el diagnóstico, ¿qué población, no sólo de niños, debería  estar medicada con fármacos?

Hiperactividad, déficit de atención, Trastorno Generalizado de la Conducta, bipolar, son algunos de los diagnósticos-etiquetas que llegaron a las aulas, junto con su blíster de pastillas para solucionarlo.

Si nos detenemos a pensar, en la sociedad en que vivimos, ¿qué clase de niños queremos? ¿Queremos acallar aquellas voces, esos síntomas, que simplemente nos devuelven el reflejo de lo que somos?

Para profundizar sobre esta problemática: http://foruminfancias.com.ar/