En la Argentina -como en muchos países de América Latina- siempre se priorizó lo individual por sobre lo colectivo. En la política, siempre se enfatizó en el rol del liderazgo de personajes como Yrigoyen o Perón; en el deporte, las selecciones nacionales buscan un Maradona que los conduzca y haga “la individual”. En la siguiente nota se intenta promover los proyectos colectivos entre personas que piensen similar, y el diálogo y el consenso con quienes piensan diferente. En resumen, lograr que empecemos a jugar en equipo.

No nos va bien. No estamos como nuestros abuelos pensaron que íbamos a estar. No estamos como nosotros pensamos que nos merecemos estar. No estamos como nos gustaría, y eso nos frustra, nos debilita.

¿En dónde radica nuestro fracaso? Creo que gran parte de los problemas de la región tienen que ver con que estamos sobre diagnosticados: muchos hablan, pero pocos hacen. Y cada diagnóstico tiene un enemigo, que luego, algún día, buscará su revancha.

Existe un problema. El efecto Maradona/Perón. ¿Tienen algo en común estos dos personajes? Sea por el fútbol o por la política los dos se consagraron como “el más grande” en lo suyo.

Las historias son parecidas: líderes carismáticos, habilidosos en lo suyo y con un desenlace en que ambos no supieron manejar su propio poder… o no quisieron.

Pero más importante aún es el legado que dejaron. La consecuencia del acto de un líder no sólo tiene efectos inmediatos, sino que su ejemplo tiende a ser replicado por sus seguidores.

Cada personaje que llegó a donde ellos estuvieron (o a algún lugar similar), sólo actuó por repetición, de modo tal de poder convertirse él mismo en Maradona o Perón (según el caso). En cada mundial se ve a jugadores argentinos que arrancan por izquierda y avanzan solos, como en el gol de Diego a los ingleses; se niegan a pasar la pelota y a jugar en equipo, porque quieren ser como él.

Cada nuevo presidente que asume, arranca por izquierda (o derecha) y avanza solo; se niega a pasar la pelota y a jugar en equipo. Quiere ser como Perón, llenar plazas, quedarse 16 años, ó 20 ó 30…

Pero el poder pasa, la vida cambia, el mundo es otro, y ellos se quedan solos; casi tan solos como el país, que debe volver a empezar tras la catástrofe que muchos de ellos dejaron detrás. Jugadores que hacen la personal, que no la pasan, que quieren mandar el centro y cabecear; o al menos decidir ellos cada jugada y que la orden se cumpla a rajatabla. Hace unas semanas, un juez comenzó a investigar judicialmente una serie de medidas del último gobierno de Perón. Al conocerse la noticia, la ciudad de Buenos Aires amaneció empapelada con carteles que decían: “No jodan con Perón”. El periodista Pepe Eliachev analizó la frase: “Cuando dicen no jodan con Perón están diciendo otra cosa: no jodan con el pensamiento, pero sobre todo no jodan con la metodología. No es la ideología, porque el peronismo no tiene una ideología sino varias. Es la metodología lo que no puede ser tocada: la ideología vertical, la metodología autoritaria, que enfatiza el rol de la conducción”.

La palabra diálogo significa “pensar de a dos”. Logos, es lógica o pensamiento, “pensar lógico o racional y, a la vez, un hablar en general”. “Dia” es dos o diverso. Un diálogo implica necesariamente que el resultado es más que la sumatoria de las partes.

¿Hacia dónde vamos? Hay varias respuestas que la historia dio a este interrogante. La respuesta más común -y la síntesis de lo que sigue- es “no se sabe”. Otro tipo de respuesta podría ser “a donde nos diga el líder”. Una tercera es donde diga “la gente”, que es lo mismo que decir “a ninguna parte”, porque la gente es “todos” y “todos” es “nadie”.

Muchas veces no hay proyectos; muchas otras lo hay pero depende enteramente del líder, una única persona que es mortal, finita, caprichosa, insegura, orgullosa, cambiante. Si dependemos de la persona, del líder, y la persona sufre un cambio de ánimo, inevitablemente cambia el proyecto.

Y si el líder además, sólo responde a la voluntad de “la gente”, y el líder se manda cagadas, la gente deja de apoyarlo, apoya a otro y se cae el proyecto. En democracia es esencial la comunicación entre el pueblo y los dirigentes, que deben escuchar lo que quiere la gente. Pero esto se debe mediatizar a través de un proyecto político y no de la personalidad de un líder. Un proyecto que necesariamente debe tener varios referentes.

La Argentina históricamente-de acuerdo al legado de Maradona y Perón- tendió a buscar la referencia de líderes. Pero ¿cómo está el resto de los países? Veamos tres ejemplos.

En Venezuela hay un presidente con un proyecto y una oposición con un proyecto radicalmente distinto. El uno excluye al otro. El Presidente Chávez tiene un supuesto proyecto de inclusión de las clases populares, pero que excluye a todos los que no piensan como él ; la oposición tiene un proyecto que históricamente excluyó a las clases populares y como no llega a la mayoría en los votos debe apelar a otro tipo de maniobras para luchar contra Chávez a quien ven como dictador. ¿Cuáles son esas maniobras? En 2002 realizaron un golpe de Estado, es decir una práctica que atrasa entre 20 y 30 años. Luego, en 2005, tomaron la decisión de no presentarse a elecciones por considerarlas fraudulentas. Conclusión: se permitió que Chávez tenga unanimidad en el Congreso, con lo que puede hacer lo que quiere, incluso reformar la Constitución para perpetuarse en el poder. No intento en estas líneas tomar partido por unos u otros. Pero sí me interesa criticar la falta de voluntad de ambas partes de sentarse en una misma mesa.

Sin embargo, América Latina también tiene experiencias positivas en donde los diálogos políticos están generando una mayor estabilidad a mediano plazo.

En Uruguay el gobierno está conformado por una coalición de centro izquierda, encabezado por el Presidente Tabaré Vázquez. El problema político allí es que algunas líneas de la coalición piden un giro más a la izquierda, mientras que el Presidente intenta algunas políticas como un acercamiento mayor a los Estados Unidos. Lo interesante acá es que la organización interna del partido oficialista, el Frente Amplio (FA), frena o promueve estos avances de una manera más democrática y colectiva. El FA es una coalición política formada por 19 partidos nacionales y otros tantos distritales. Las decisiones tanto programáticas como estratégicas de dicho espacio se toman a través de instituciones fuertemente consolidadas como su Plenario Nacional, la Mesa Política Nacional y muchas delegaciones de base, que se asientan en cada rincón del territorio uruguayo. No se trata de un espacio en que las decisiones las toma el Presidente por sí sólo, sino que éste se ve obligado a negociar con su partido y -eventualmente- a acatar sus órdenes.

También está el caso de Chile, donde como en Uruguay gobierna una coalición – la Concertación- cuyos principales partidos son el Partido Socialista, la Democracia Cristiana. Pero los partidos se mantienen internamente, como fuerzas separadas, bloques parlamentarios separados y líneas programáticas separadas, que luego consensúan frente a cada nueva elección. La Concertación ya tuvo cuatro presidentes democráticos: dos de ellos de la democracia cristiana y dos del socialismo. Se trata de un proyecto conjunto y a largo plazo. Tal vez una lección para que otros países aprendamos.

Dialogar es pensar diferente, pero a la vez es acordar sobre algo. Alguna vez leí que para que dos personas puedan discutir tienen que estar básicamente de acuerdo en todo: sino, no hay discusión posible.

En la Argentina, al igual que en la mayoría de los países de América Latina, siempre se priorizaron las diferencias por sobre los acuerdos: la eliminación del otro -intelectual o físicamente- fue una constante desde la construcción de los Estados nacionales.

Hoy se abre un nuevo panorama. En muchos países se empieza a estar de acuerdo en premisas fundamentales: la democracia, el crecimiento con equidad y distribución, el combate a la pobreza, la educación de calidad como forma de alimentar los principios anteriores…

Ahora la mayoría estamos de acuerdo. Sin embargo, para que esos acuerdos se proyecten al futuro, éstos deben ser plasmados por los distintos actores políticos y sociales en uno o varios proyectos abarcadores que trasciendan al gobierno de turno.

Para ello se necesitan dos cosas:

1) Dentro de un proyecto político es necesario sentar bases claras, discutirlas internamente y llegar a estatutos. Luego con ello se deben generar varios liderazgos (incluso pueden ser temáticos) o referentes, de modo de que si uno de los líderes se cae, no se caiga el proyecto. Las personas son efímeras. Los partidos políticos no.

2) Dentro de las diferencias (por ejemplo entre dos proyectos políticos distintos) también se puede llegar a acuerdos. Y me parece que sobre esos acuerdos se puede avanzar para hacer políticas de Estado. En la Argentina, temas como la última reforma educativa -Ley Nacional de Educación- o la reforma al sistema previsional hicieron que tanto la izquierda, la derecha, radicales y peronistas se pongan de acuerdo, aunque sea con matices.

Ojalá, la Argentina y el resto de los países latinoamericanos podamos aprender a jugar en equipo… Probablemente, la única manera posible en que nuestros países y sus poblaciones puedan salir adelante.

+Info

Un libro: “Mañana es San Perón” de Mariano Plotkin.

Una película: La vida por Perón

Contactate con Pablo Winokur, autor de esta nota.