A pocos días de la elección presidencial en Estados Unidos, casi todas las semanas aparece en la CNN algún debate entre los dos candidatos Barack Obama y John McCain. Sin embargo, en la Argentina y en algunos países de América Latina esos debates televisados son impensados. ¿Por qué acá no se realizan? ¿Sirven para algo? ¿Son un medio para exponer propuestas o sólo para que se luzca la oratoria del candidato? ¿A quiénes le interesan?

En algún momento de la historia, los debates políticos se daban en los partidos políticos, la tribuna o el Parlamento. Pero poco a poco, con el surgimiento de los medios masivos de comunicación, algo fue cambiando. Si antes los lugares de encuentro de los ciudadanos eran las plazas, los bares y los clubes de barrio, hoy el espacio público es otro: los medios de comunicación, principalmente la televisión, y –en ascenso- Internet.

El contacto cara a cara es reemplazado por otras formas de comunicación, en muchos casos mejores -porque permite llegar a más personas en menos tiempo-, y en otros casos peores -porque se debilitan los lazos personales-. Se gana en cantidad, pero se pierde en calidad.

En ese marco, la política fue sufriendo cambios y fracturas. Algunos países lo fueron aceptando con más naturalidad; otros, siguen intentando con la vieja estrategia. Las siguientes líneas no buscan criticar a aquellos que prefieren el cara a cara en la relación ciudadanos-política. De hecho, creo que ése es el contexto óptimo. Pero por distintos motivos, hoy es imposible movilizar a la sociedad como hace 50 años. En particular en la Argentina, donde los que tenemos trabajo debemos laburar 12 horas diarias para poder subsistir. Vale ver algunas notas deOpinión Sur Joven para entender de qué hablo. [1].

La distancia entre la ciudadanía y lo público es cada vez mayor; y en un contexto de fuerte fragmentación política, las opciones parecen cada vez más difusas.

En la Argentina se sigue usando el viejo método. El contacto cara a cara continúa siendo la opción más utilizada por los políticos para acceder al poder. La actual Presidenta Cristina Fernández de Kirchner asumió a su cargo casi sin ofrecer entrevistas periodísticas [2] ni debatir con otros candidatos. Aunque sí realizó actos políticos en todo el país, especialmente en la provincia de Buenos Aires, el territorio más poblado que representa el 37,8% de la población argentina. ¿Fueron los actos los que la hicieron ganar? ¿O fue el viento de cola de la gestión de su marido? ¿Habría perdido si hubiese debatido? Preguntas imposibles de contestar.

Más allá de la particular relación de este gobierno con la prensa, en la Argentina nunca se logró generar un debate televisivo de dos candidatos presidenciales. ¿Por qué? Muy simple. El que lleva la ventaja en las encuestas decide no presentarse por temor a perder algunos puntos de intención de voto en el camino: por eso, argumenta que no tiene sentido debatir o generalmente encuentra alguna excusa; y el que va segundo, lo desafía y lo denuncia por esa actitud cobarde. Claro que si las encuestas se revierten, toda la situación se da vuelta. Por ejemplo, en las elecciones de 2003 había cinco candidatos con chances de acceder a la Presidencia. En la primera vuelta electoral las encuestas señalaban como favorito al ex Presidente Menem, que debería ir a un ballotage contra el segundo elegido, instancia en que seguramente perdería. Durante el primer tramo de la campaña Menem no quiso debatir y todos los que estaban debajo se negaban a hacerlo sin él.

Pero en la segunda vuelta, cuando las encuestas lo ubicaban en un lugar de desventaja, Menem pidió un debate público con su rival Néstor Kirchner. “Que debata con la Justicia”, contestó quien luego sería Presidente. Sólo hay una excepción a esta regla de no debatir. Cuando las encuestas muestran un empate técnico.

Los debates políticos televisivos permiten ver a los postulantes confrontando entre sí, escuchar las ideas de cada uno, contrastarlas, evaluar su solidez frente a los embates del adversario. Y fundamentalmente, conocer un poquito más al candidato en cuestión.

En las últimas elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se dio un debate entre el actual gobernante Mauricio Macri, su antecesor Jorge Telerman y el candidato por el kirchnerismo Daniel Filmus. Hasta ese momento, Macri tenía una leve ventaja en las encuestas y existía un empate técnico entre Filmus y Telerman.

Telerman daba bien en cámara, pero se mostraba soberbio. Ilustraba con ejemplos sus medidas de gobierno. Pero Filmus se encargó de reflejar, con un tono más humilde, que esas acciones eran apenas una cáscara vacía. En distintos momentos del debate el candidato kirchnerista lo acorraló. “Como sociólogo, sé que poner carteles que dicen ‘dejá el paco, volvé con tu novia’, es una medida para mostrarle a la clase media que se está haciendo algo contra el paco, no es una política contra esa droga”, lo increpó. Pero el tramo más importante fue cuando el ex Jefe de Gobierno de la ciudad decía que se estaba empezando a construir la autopista ribereña. “Todo el tiempo hablás de la ribereña, ¿pero me podés decir dónde queda la ribereña?”, le preguntó Filmus. Telerman siguió hablando como si nada, tratando de esquivar la pregunta. “¿Me podés contestar dónde queda la ribereña?”, insistió su adversario. El otro no contestaba, hasta que Filmus finalmente dijo. “Queda en Avellaneda (localidad vecina a la ciudad de Buenos Aires), y esa obra no la está haciendo el gobierno porteño, sino la Nación”.

Telerman quedó en evidencia. No tuvo qué contestar. Durante todo ese debate, el entonces Jefe de Gobierno se mostró muy sólido discursivamente. Pero en algunos tramos, sus argumentos no tuvieron consistencia. No podemos saber en qué medida ese debate contribuyó a dar vuelta la elección. No sabemos si fue eso, o muchos otros factores. Macri, que se había marginado de algunas peleas que parecían no gustar a la sociedad, ganó por amplia ventaja y Filmus quedó segundo. Ambos compitieron en una segunda vuelta electoral, que Macri finalmente ganó.

¿Habrá cambiado ese debate el curso de la elección? En principio sólo 240 mil televisores habrían estado encendidos en el canal donde se encontraban los candidatos. (El programa de Marcelo Tinelli es visto por entre 2 y 3 millones de personas por noche). Pero también fue reproducido por noticieros, comentado por radio, evaluado en los diarios y revistas. Es decir, que por más que el debate en sí no haya sido seguido por millones de personas, generó repercusiones que excedieron a quienes lo miraron completo.

Comentario adicional: cuando concluyó la primera vuelta, las encuestas empezaron a darle una importante ventaja a Macri. Tal vez por eso, con la excusa de que la campaña se había tornado muy agresiva, decidió no presentarse al debate con su rival. Otra vez sucede que el que gana no debate.

¿Qué tiene que tener un buen debate?

Existen distintas modalidades de debate televisivo. The Racine Group, un grupo de estudio que analizó las distintas formas de debate en los Estados Unidos, explica que hay varias cuestiones a tener en cuenta

Formato: Duración, tipo de discursos y respuestas: no es lo mismo tener un minuto para responder que cinco. Los temas. ¿Quién los decide? Las preguntas ¿Quién las realiza? ¿Habrá o no participación de los periodistas? ¿Saben los candidatos de antemano los temas? ¿Quiénes participan?; ¿todos, algunos, los que van primeros en las encuestas?. El grado de interacción y choques entre los candidatos. No es lo mismo, por ejemplo, si pueden interrumpirse o si no pueden. Los participantes:“Quién participa afecta todos los elementos del debate, tanto por el número de candidatos como por quiénes son invitados (…) Los debates con múltiples candidatos reducen el tiempo en que cada uno responde, el número de temas y las posibilidades de atacar y defender”El contexto: “Los debates no ocurren en un vacío ni son vistos e interpretados de una sola manera. Varios elementos de contexto influyen en el formato, contenido, estrategia (…) La presencia de un incumbent (político que va por su reelección) o de un miembro del partido oficialista afecta las estrategias de defensa y ataque (…) (también) quién es la audiencia y dónde están plantadas las cámaras” Lo que dice el candidato: ¿Cuál es el contenido de lo que los postulantes dicen?. Los autores se problematizan acerca de si el debate sirve o no para que los votantes aprehendan y decidan su voto:“Hay un soporte empírico fuerte de la contribución de los debates televisivos en el aprendizaje de los televidentes. Si los votantes están inseguros respecto a los candidatos –sea porque no tienen suficiente información o porque están conflictuados respecto al voto- el potencial de los debates es grandioso”. La presentación del candidato: “Lo que los candidatos dicen y cómo lo dicen contribuye a las impresiones que los televidentes se llevan. En este sentido el estilo en que los candidatos se presentan frecuentemente se sobrepone a su discurso”La cobertura de los medios y la cuestión de la difusión:“¿Puede influir la percepción de quién ganó el debate?”. Muchas veces se realizan encuestas o focus groups para ver quién ganó. O simplemente, el hecho de que los medios hagan comentarios posteriores ya genera repercusiones, independientemente de cuánta gente lo haya visto.

La Argentina no es un país que esté acostumbrado a los debates políticos televisivos. Mientras que en otros lugares del mundo es una práctica casi obligatoria, aquí sólo se dan en caso de que exista una paridad que obligue a los candidatos a buscar más votos para obtener el triunfo.

Cuando por ejemplo los debates se realizan en el programa de cable A Dos Voces -que sólo actúa como soporte, sin intervención directa- los candidatos miran directamente a cámara, los temas son consensuados de antemano y los periodistas no hacen preguntas. Sólo controlan el tiempo y participan en las contadas ocasiones en que la discusión se empantana o se produce un silencio.

Respecto a la cobertura de los medios y a su difusión -uno de los puntos comentados por el Racine Group-, se hace evidente que los debates televisivos no parecen haber adquirido suficiente importancia. Apenas les interesan a los que están en el micromundo político, lo que se retroalimenta con el hecho de que se realicen en A Dos Voces, que es un programa seguido por un público altamente informado. El debate de Jefe de Gobierno sólo tuvo 2,4 puntos de rating. Pero aunque más no sea, sirvió para la cobertura posterior que los otros medios hicieron del evento.

Sería bueno profundizar el estudio de estos debates, re-pensar los tipos de formato e investigar en el marco de qué otros programas se podría generar un mayor acercamiento de esta práctica con la ciudadanía. Para ello sería necesario que en primer lugar, los debates se institucionalizaran, de manera que se lleven a cabo no sólo en elecciones menores, sino también en las principales.

Si la pantalla chica es el más importante escenario en que se construye el vínculo entre representantes y representados [3], si estamos en el marco de una democracia audiovisual, entonces es necesario que los políticos puedan, en ese contexto, comunicarse con los ciudadanos, exponer sus ideas y confrontar con sus rivales.

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+Info

Algunos artículos sobre cómo la televisión impactó en la forma de hacer campañas políticas:

El primer debate político televisivo en la Argentina, Diario La Nación

La (in)cultura cívica del Homo Zapping, Revista Noticias

Interfaces. Sobre la democracia audiovisual evolucionada, de Eliseo Verón

[1] Ver notas sobre Esclavos del Siglo XXIla Residencia Médica)

[2] sólo unos días antes de las elecciones dio tres y de manera muy pautada

[3] Verón, Eliseo. Interfaces. Sobre la democracia audiovisual evolucionada.