La conferencia sobre cambio climático de Naciones Unidas que tuvo lugar en Sudáfrica no parece haber cubierto las expectativas. Detalles de la reunión más multinacional del año y las conclusiones a las que se arribó.

Por decimoséptima vez, 190 países se reencontraron en algún lugar del mundo para debatir sobre cómo frenar la avalancha que representa el cambio climático derivado de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y otra vez, el resultado dista de ser el ideal.

La COP 17, organizada por Naciones Unidas, se realizó en diciembre en la ciudad de Durban, Sudáfrica. A la vera del océano Índico, miles de delegados políticos, científicos, diplomáticos, negociadores y periodistas protagonizaron el ritual en el que se convirtieron este tipo de cumbres, en las que las esperanzas se encogen, las mezquindades se ensalzan y las sensaciones pendulan de lo apocalíptico a lo redentor.

Las opiniones varían. Desde los pesimistas hasta los más optimistas, el denominador común fue que no hubo un avance al nivel de Copenhague, en 2009, como tampoco un fracaso estrepitoso como el de Cancún 2010. La realidad es que la solución del problema en concreto continúa postergándose.

Pero antes de ir a conclusiones y al lodo de la política internacional, mejor conocer un poco el testimonio de alguien que vivió esas dos semanas de la conferencia y que en diálogo con Opinión Sur Joven explica detalles de esas burbujas caóticas, intensas y cruciales que son las COP.

Del optimismo a la confusión

“La cumbre se divide en dos partes y dura dos semanas. La primera semana son todas presentaciones científicas y el mensaje es muy claro: el cambio climático está empeorando y hay soluciones técnicas para combatirlo. Todo gira en torno a eso, a los problemas y a las propuestas”, explica María Gabriela Ensinck, periodista argentina especialista en medio ambiente que participó de una beca destinada a reporteros interesados en cubrir el evento.

La segunda semana llegan los negociadores políticos y “ahí se complica todo”. Según lo vivió Ensinck, “las propuestas técnicas no son aplicables para los políticos y economistas; reducir emisiones tiene que ver con un cambio de producción y consumo, con tomar medidas antipáticas y los que definen el resultado de la cumbre finalmente son los negociadores políticos”.

“El clima se siente como un hervidero. La segunda semana arriban muchos más delegados, explota de gente y se da lugar al rumoreo de pasillo. El optimismo del principio entra en una etapa de confusión, la sensación es que los negociadores tienen que lograr algo a último momento, al menos mínimo, porque sino se cortan las cumbres”, relata. Ensinck recuerda que en Sudáfrica se aprobó la plataforma a último momento, el domingo 11 de diciembre en plena madrugada, un día y medio después de lo previsto, y que incluso algunas delegaciones ya se habían tenido que retirar porque tenían los pasajes de regreso.

“Afuera del enorme predio había un Occupy Durban, los indignados ecológicos, y también una mezcla de manifestantes nudistas, vegetarianos, comunidades indígenas, gente que hasta podría tener intereses encontrados pero que reclamaban justicia climática. Una protesta colorida y ruidosa, pero no eran más de ocho mil, mientras que adentro en la cumbre había 20 mil personas”, agrega.

Mas allá de ese cambalache, Ensinck considera que Durban “no fue un fracaso total pero sí más de lo mismo, porque el documento que salió por consenso tiende a que haya un acuerdo en el que estén todos involucrados, incluyendo a los países en vías de desarrollo” y no ya solamente a los países denominados Anexo I (los industrializados).

“Un grupo pequeño de países, los AOSIS (Asociación de Pequeños Estados Isleños), que no son poderosos pero tienen influencia moral (su territorio es el que más riesgo corre), estaban en contra del documento de la Unión Europea (que finalmente se impuso) porque se basaba en promesas de reducción no legalmente vinculante. A pesar que los científicos dicen que las decisiones deben ser ahora, los diplomáticos europeos la patearon para adelante. Y para lograr el consenso, se terminó firmando”, señala.

Lo rubricado por los países es un Tratado de Kyoto ampliado, extendido por compromiso hasta 2017, pero en el que no participan Estados Unidos (nunca lo suscribió), ni China, y decidieron darse de baja Japón, Rusia, Canadá y Australia. “La sensación es que quedó un zombie de protocolo, un instrumento sin sentido”, opina la periodista.

En Durban se relanzó el Fondo Verde que será destinado a la adaptación del cambio climático en los países más vulnerables, aunque no quedó estipulado de dónde saldrán los recursos.

A comer carbono

Las ONGs participan siempre de las COP y son las que motorizan –seguramente más que la opinión pública global- a los gobiernos a transigir y alcanzar acuerdos para la reducción de las emisiones. En esta oportunidad, el tercer sector tampoco quedó nada feliz.

La directora de campañas de Oxfam, Celine Charveriat, ironizó que «los negociadores han lanzado un mensaje claro a la gente que pasa hambre en el mundo: ¡que coman carbono!», debido a la falta de compromiso con los proyectos sustentables. En tanto la Friends of the Earth International (FEI) resaltó que «los gobiernos han decepcionado a la gente normal una vez más (…) Está claro qué intereses se han protegido con este acuerdo».

En esa misma sintonía está Osvaldo Girardín, economista especializado en medio ambiente, investigador del CONICET y miembro del Bureau de Inventarios de GEI del IPCC (la entidad dedicada al cambio climático en la ONU). Para él, “desde el ’92 se está pateando para adelante y dejando debajo de la alfombra el problema”.

“En Durban se dejó de lado un principio fundamental que era las responsabilidades comunes pero diferenciadas, lo que querían los países en vías de desarrollo, ya que el cambio en el clima tiene que ver con las concentraciones atmosféricas, o sea las pasadas. Por algo los países desarrollados formaban parte del Anexo I”, explica.

Según Girardín, si bien Europa fue la región más dispuesta a asumir un compromiso fuerte, ahora que Japón, Rusia y Canadá se desmarcan de Kyoto, se ve un poco sola en esta situación. Pero él avizora que la movida de la UE tuvo como miras al gigante asiático y su negativa a asumir los costos que conllevan ya ser una potencia (y la que más contamina en términos absolutos).

“El hecho de patear para adelante tiene que ver con que China ya no pueda seguir diciendo que es subdesarrollada. Ahora el límite autoimpuesto por los países es llegar a un acuerdo final en 2020. Para ese momento, China e India ya no tendrán excusa y deberán ceder y aportar” al nivel de los países desarrollados, afirma.

El viejo dilema entre los bloques de países en vías de desarrollo y los más industrializados es el criterio para dirimir el aporte: si contaminación total por Estado-nación, o si unidad de producto o kilowat de hora generado. En el segundo caso, sería Estados Unidos quien llevaría las de perder ya que su emisión per cápita de gases (o consumo de kilowats) es varias veces superior al de los propios países desarrollados.

Con avances escasos o nulos, la COP17 ya concluyó y los ojos están puestos en Dubai, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, en donde se desarrollará la COP18 a fines de 2012. Curioso lugar: la ciudad es una de las que tiene mayores emisiones de gases por habitantes del planeta, y el país encabeza el ranking de productores de petróleos, un combustible fósil que necesariamente deberá ser reemplazado si se quiere una economía sustentable.

Para ver el vaso medio lleno, la recesión mundial, en Europa especialmente, o el desaceleramiento del crecimiento en potencias emergentes como China y Brasil conlleva a que las emisiones no se disparen tanto como lo hicieron entre 2002-2008, uno de los períodos de mayor prosperidad económica mundial. Aunque mal de muchos, consuelo de pocos.

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