Norte y Sur. Esta podría ser sólo una división geográfica, una distinción entre los países que están por encima del Ecuador y los que están por debajo de esta línea imaginaria. En la práctica, en la historia de la humanidad, esta división ha sido y es mucho más que eso. Una colaboradora de Opinión Sur Joven participó del taller “Nuevo impulso a la Participación Juvenil: África, Latinoamérica y Europa” con jóvenes de América Latina y África. Aquí sus conclusiones.

Si bien los primeros ejemplares de nuestra especie nacieron en el continente africano, ésta es la región más pobre y relegada del planeta. Aún cuando con América Latina son las más ricas en recursos naturales y durante siglos posibilitaron el crecimiento y desarrollo de Europa, gran parte de sus poblaciones viven en una situación de extrema necesidad. La línea de pobreza (e indigencia) se mide con fríos indicadores numéricos pero se sufre con la piel, con el cuerpo, con los huesos. Es el mayor flagelo de la humanidad, es invisibilizada a diario, manipulada en los discursos políticos y a pesar de todo, nunca fue resuelta. Mientras tanto, del otro lado del Ecuador, cae un fantasma que nadie conoce pero al que millones adoran: “Wall Street”. ¿Wall qué? Wall Street, crisis financiera, caída de las bolsas… No bolsas de comida, sino de otro tipo de paquetes. Todos hablan de esto. Nadie, de lo importante.

Cuando era chica participaba de los Modelos de Naciones Unidas, simulacros de la ONU donde cientos de jóvenes toman el rol de líderes mundiales. Allí, una estrategia bastante usual en los discursos de los “delegados” para despertar la atención de la “comunidad internacional” era un trágico conteo: “Uno, dos, tres… murió un niño en África”. Los que estaban medio dormidos abrían los ojos, se despabilaban; pero unos segundos después, todo volvía a la normalidad. Más discursos, más palabras… Algo similar sucede en la realidad. Pero afortunadamente, además de una enorme riqueza natural y paisajística, existen en el sur del globo –como también en el Norte- cada día más personas que se oponen a esta desigualdad perversa. Gente que rechaza un sistema que no se detiene a pensar ni un instante en su sustentabilidad ecológica y, mucho menos, en su “costo humano”.

Todos diferentes, todos iguales

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Sonia Gutierrez, de Guatemala, representa a la Red Nacional de Organizaciones de jóvenes Mayas y sabe bien lo que implica “ser del sur”. Sus antepasados, los habitantes originarios de estas tierras, sufrieron la persecución y el exterminio por parte de los colonos españoles. Ojalá la “mala suerte” hubiese terminado entonces: a principios del siglo XXI aún las comunidades mayas sufren grandes inequidades y sus derechos no son respetados. Pero el optimismo de Sonia y su pueblo se nota desde lejos; salta a la luz con sólo ver sus coloridas ropas.

Cuando le pregunto por el modo de organización de su sociedad, me sorprende el gran respeto que tienen por sus mayores. Poseen una institución llamada la “cofradía”, una especie de consejo de ancianos y ancianas que actúan de mediadores con el gobierno oficial. Organizan las principales festividades y principalmente aconsejan a la comunidad. Sonia relata además la importancia que tiene para ellos su lenguaje. Su cultura se trasmite a través del idioma y por eso fue una gran conquista que en 1996 se reconociera el derecho de los niños y niñas a recibir una educación bilingüe.

Otra sorpresa es su concepción sobre el ambiente: “Se nos ha enseñado a respetar todo lo que nos rodea. Cortar un árbol no es sólo cortarlo, el árbol tiene vida, nos da frutos, nos da sombra. Todo en el entorno es importante”. Vaya obviedad dirá alguno; tantos problemas no existirían hoy en el mundo si los pioneros del progreso hubiesen entendido (¡entendiesen hoy!) esta gran verdad.

Sonia cuenta algunos de los principales problemas que se viven en Guatemala: “Pobreza, altos niveles de desempleo llevan a que se generen pandillas, delincuencia… las más perjudicadas son las mujeres y los jóvenes”, subraya. Ella trabaja en una organización que promueve la participación, en especial la de las mujeres de su comunidad. Le pregunto entonces qué sucede con la participación juvenil. La respuesta, por evidente que resulte, no deja de tener una enorme significación: “La pobreza nos priva de la participación, imagínate que en muchos casos los niños y niñas ni siquiera pueden acceder a una educación básica. Los jóvenes están pensando en qué van a comer mañana, no en participar”.

Pude dialogar también con Luis Fernando Ruiz Obando, de Ecuador, quien organiza talleres para capacitar a jóvenes para el empleo. A través de juegos y actividades prácticas enseñan oficios que posibilitan la inserción laboral de muchos chicos que de otra forma continuarían excluidos. Cuenta feliz los grandes avances que está logrando su Presidente Rafael Correa.

Compartí mi habitación con Lina María Vasquez, una colombiana alegre que baila tanto que parece que va gastar el suelo. Lina trabaja en el Consejo Municipal de la Juventud de Envigado, en Medellín. Ella presentó un programa por el cual a través de proyecciones de películas latinoamericanas en la vía pública, concientizan a los jóvenes sobre la ciudadanía. También tuve la suerte de conocer a Claudio Paolini, un militante del PT de Río de Janeiro, Brasil, quien a través de cursos de periodismo capacita a chicos de zonas marginales de Rio para hacer su propio periódico.

Me contacté además con Manuela Miguel Gaspar y Domingos Massangano, maravillosas personas del Consejo de la Juventud de Angola, África, que me hicieron admirar aún más ese postergado rincón del planeta. Sus rostros se ensombrecen apenas escuchan pronunciar la palabra “guerra”. Es que su historia ha sido dura, muy dura: Angola vivió 27 años en una terrible guerra civil, desde 1975 cuando se independizó de Portugal. Hoy están orgullosos de que su país haya podido terminar con la violencia. Creen en su propio desarrollo, en la fuerza de su pueblo para salir adelante. Me cuentan el enorme trabajo que llevaron adelante en las últimas elecciones presidenciales: caminaron puerta a puerta en las principales ciudades hablando con la gente, concientizando a los jóvenes sobre la importancia de votar. El resultado fue muy positivo: “Tras 16 años sin elecciones logramos que votase un importante porcentaje de la población”, relatan orgullosos.

Pude intercambiar ideas con Sona Cande y Emmanuel Santos del Consejo Nacional de Juventud de Guinea Bissau, un pequeño país al Oeste de África. Emmanuel me habla de su vasta experiencia en cooperación internacional. Dice sobre los organismos internacionales: “Imponen sus planes, sus técnicos que nada conocen la realidad de nuestros países y amenazan con retirar su ayuda si uno no sigue al pie de la letra sus instrucciones”, cuenta sin disimular su bronca.

Nunca tuvo tanto sentido la frase “una guerra nunca se gana, todos pierden”, como cuando la pronunció Bela Hamma Salama, de 18 años. Más de la mitad de su vida vivió en el campamento de refugiados del Sahara Occidental, situado en el extremo occidental del desierto del Sahara. El relata la injusta situaciónde un pueblo pacífico que “se ve obligado desde hace más de 30 años a vivir fuera de sus propias tierras”. Su suelo se encuentra ocupado casi en su totalidad por Marruecos, aunque la soberanía marroquí sobre esos territorios no es reconocida por las Naciones Unidas.

Estas fueron sólo algunas de las personas e historias que conocí en el taller de Cooperación Sur-Sur al que asistí como representante de la Plataforma Federal de Juventudes de Argentina. Al cabo de una semana confirmé mi hipótesis inicial:el sur del planeta comparte mucho más que su ubicación geográfica. Una historia de conquista y colonización, un pasado de subdesarrollo que lejos está de ser casual. Un presente profundamente injusto y desigual, donde el VIH/Sida, la pobreza y el hambre, la falta de educación son denominadores comunes.

Pero existen también profundas diferencias entre estos dos continentes, distintos niveles de desarrollo y distintas problemáticas, diversos idiomas, culturas, diferencias étnicas, etc.

De pérdidas y encuentros

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Una de las grandes equivocaciones que hemos cometido en el sur es el habernos perdido a nosotros mismos, perdernos de conocer la diversidad y riqueza de nuestras propias regiones. Los latinoamericanos no nos conocemos mutuamente, priman todavía hoy muchas rivalidades históricas. Los africanos también distan de ser una unidad y sufren fuertes rupturas internas. Menos aún nos conocemos entre los dos continentes. Porque en tiempos de globalización todos comemos en Mc Donalds, pero ¿cuántas noticias de África nos llegan por día? Todos festejamos por Obama, pero ¿sabemos algo de la grave situación política de Zimbabwe? Las razones de estas diferencias son casi obvias y no tiene sentido profundizar en ellas ahora.

Lo que si tiene sentido es empezar a pensar el sur. A sacarnos las “antiparras yanquis o francesas” [“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen”. Nuestra América por José Martí. Josemarti.org ]] y empezar a pensarnos a nosotros mismos, desde nosotros mismos; conocer la realidad de los países de nuestro sub-continente y de los de la olvidada África.

La Cooperación Internacional no puede entenderse como filantropía, como un club de países ricos que tiran sus migajas por “solidaridad” en el sur. Si hay algo que está claro es que el desarrollo no va a venir desde afuera.

Hoy se habla de “nuevas formas de cooperación”. El sur sí que puede cooperar con el sur. Quizás no con grandes cantidades de recursos financieros, pero sí con apoyo técnico, desde sus experiencias y problemáticas comunes o similares. Especialmente podemos y debemos cooperar entre las personas, los (mal) llamados “recursos humanos”. Las nuevas tecnologías nos brindan en este sentido una oportunidad que nunca antes se dio en la historia.

Se perciben nuevos aires desde el sur: mayor organización social, participación popular y más política. Ojalá estos vientos sureños soplen con fuerza y contagien a un mundo que más que nunca necesita de cambios y esperanza.

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