Día 1

Malvinas impacta desde el primer acercamiento, en el avión, cuando comienza la fase de aterrizaje. Entonces, el mapa de las islas de impone nítido, como en la escuela, como un mapa físico sin división política (“Día con sol, las Malvinas son argentinas”). El territorio se muestra de a poco. Al ver la primera porción de tierra, la emoción es tremenda. Empezamos a sacar fotos y a filmar sin parar, aunque nos avisaron que no se puede porque “estamos ingresando en una zona militar”. Vamos de una ventanilla a otra en busca de la mejor vista. Las Islas se ven desde las ventanas de la izquierda y desde las de la derecha. Son dos vistas distintas. Una, la de la izquierda, más terrosa, con un predominio del marrón en una escala de colores que mezclaba el azul del mar y el verde de una vegetación entre desértica y patagónica. Del otro lado, predomina el terracota, o el beige. Todo es más uniforme, más vacío, solitario. Enorme. Una inmensidad vacía. Claro, las vemos al revés. La que vemos a la izquierda en el mapa está a la derecha. Es la isla Soledad (East Falkland), la habitada, donde está la ciudad capital (Stanley, que los militares rebautizaron Puerto Argentino), y otros poblados importantes como Darwin, Goose Green y San Carlos. La otra es Gran Malvina, escasamente poblada con unos pocos cientos de habitantes (chequear).

Día 2

Fuimos a misa. Iglesia (católica) Saint Mary. La ceremonia fue bastante parecida a las nuestras, con el aditamento de más canciones y de que, cuando llega el momento en que hay que besar a la persona de al lado, acá en vez de beso la gente se da la mano. Cuando terminó la misa, el cura invitó a todos los presentes a tomar el té en “la casa”; que no es la casa de él sino la parroquia. La casa de él está al lado de “the house”.

Allí fuimos a por nuestro té con biscuits. Casi todos los asistentes a la misa fueron. En la cocina unas mujeres servían el té. Yo, que no me había percatado del sistema, me serví sola. Cuando me di cuenta, le dije a una de las mujeres: “I did self-service”. Y ella me dijo que estaba muy bien. La gente fue realmente muy amable con nosotros. Una señora nos preguntó de dónde éramos y entablamos una pequeña conversación con ella. Nos contó que es filipina, que vive en Malvinas desde hace 12 años, que tiene una hija nacida aquí, que el lugar es muy tranquilo, que la gente es muy agradable, que en invierno la nieve puede llegarle a uno a la rodilla, que el viento es muy fuerte, que el día de ayer (sábado, cuando llegamos) fue una excepción por lo caluroso que fue (18 grados). No supimos su nombre.

Fuimos a almorzar, y después fuimos al Museo. Una experiencia muy buena. Fuimos caminando. Queda a 15 minutos del hotel. Aparentemente, acá todo se mide en minutos. “We don’t have blocks”, nos dijo Verónica Fowler[1], amiga de Edgardo Esteban e informante nuestra.

En el Museo (entrada 3 libras o 5 dólares), vimos montones de cosas, de entre las que, por obvias razones, las que más nos llamaron la atención fueron las vinculadas con la guerra. Hay una sala enteramente dedicada al tema, más una vitrina con montones de cosas de soldados argentinos y una trinchera reconstruida. Es realmente impactante.

Hay una carta de un soldado argentino, escrita en inglés, pidiendo a los isleños que por favor le compraran comida porque se estaba muriendo de hambre.

Luego, varias de las cartas que desde la Argentina se les enviaba a los soldados para apoyarlos. Una de ellas, fechada el 22 de abril de 1982, comienza así: “Estimado soldado argentino. ¡Imagino qué días angustiosos están pasando! Quiero que sepan que todos nosotros los acompañamos y pensamos constantemente en ustedes…” La firma Susana Noemí Acosta, alumna de 7° grado de la Escuela N°4 D.E. N°2.

Día 3

A la mañana hicimos averiguaciones varias para conseguir tour a los campos de batallas y otros lugares interesantes y para conseguir un auto. Fuimos a la agencia de viajes, previa llamada a Jenny Forest, la dueña de la agencia, que –sabemos por Verónica- habla inglés porque fue educada en la Argentina, pero no quiso responderme cuando le pregunté por teléfono si hablaba español. En la agencia tanto ella como otra empleada nos hablaron en inglés. La otra, que fue la que nos atendió, dijo que estábamos en Falkland Islands, y que por lo tanto teníamos que aprovechar para practicar nuestro inglés. Allí finalmente, por gestión de esta persona, logramos que Tony Smith nos diera bola. Aparentemente, vamos a tenerlo por dos días.

Luego fuimos a la Oficina de Turismo para averiguar por alquiler de autos para los tres días restantes. Nos atendió una señora muy amable, que nos consiguió números de teléfono de gente que alquila autos. Así fue como dimos con Steven, de Falkland Islands Company (FIC), que queda en un enorme galpón donde hay otros negocios y un gran almacén con cosas para el hogar, tipo Easy. Allí conseguimos un auto por 4 días a 325 dólares. Una Land Rover 4×4 azul, vieja, muy típica de acá.

Ah, en el medio fuimos a dar vueltas por ahí, a comprar algunos souvenirs, como unas chapas rojas que dicen “Danger, minefield” con una calavera, como las que hay en la ruta. También aprovechamos para ir al banco y comprar libras, que ya nos estaban quedando cortas. Nos atendió Gladys Pennisi, una argentina de veintitantos que desde hace tres años vive en Malvinas. Ya Florencia nos había hablado de ella ayer a la noche, y nos pareció una buena fuente para entrevistar.

Para que no se sintiera espiada, le hablé en inglés y le mostré el pasaporte –requisito para comprar libras-; entonces ella me contestó en español, con el claro acento argentino. Le pregunté de dónde era y me dijo que también de Argentina. Tenía buena onda. Le dije que era periodista, que estaba trabajando para la revista y que me gustaría hacerle una entrevista, pero enseguida dijo que no, que ella no daba entrevistas. Le ofrecí hacerlo sin fotos, pero tampoco quiso. Preferimos no insistir.

También nos pasó en el hotel… La señora que estaba limpiando mi habitación nos Escuchó hablar y nos habló en castellano. Nos contó que en 1976 se fue a vivir a la Argentina, donde se casó con su marido, argentino él, de Mar del Plata, y que luego se vinieron a vivir a las Islas. Le dijimos que nos gustaría charlar más con ella y eso pareció entusiasmarla por el breve instante que transcurrió hasta que se le ocurrió preguntar si éramos periodistas. En cuanto dijimos que sí se acabó el encanto. Ya no quiso saber nada. Aparentemente, según contó, en el pasado le hicieron una nota en la que le tergiversaron todo lo que ella había dicho. El no fue rotundo.

Después de comer salimos en nuestro auto rumbo al Museo, para comprar un “road map”. Allí aprovechamos para tomar algunas fotos que nos habían quedado pendientes. Luego emprendimos camino. La idea era pasar un poco de aeropuerto de MP para ver qué había del otro lado.

Carteles rojos a lo largo del camino advierten: “El exceso de velocidad es la principal causa de accidentes en este camino”. Hay muchos tramos de ripio. En los alrededores de Stanley, se ven los campos minados. “Slow. Minefield”, alertan las señales en el camino. Son triángulos rojos y blancos con una calavera negra en el centro. Los campos están aislados con alambres de púa y pequeños carteles rojos con una calavera blanca que dicen “danger, mines”. Según el gobierno de las Islas, hay entre 25 y 30 mil minas dejadas por los soldados argentinos durante la guerra.

Otra cosa impresionante en el camino a MP (todavía cerca de Stanley) es la Boot hill, un rejunte de botas de soldados caídos, clavadas en estacas.

Durante todo el recorrido se ven varias ovejas pastando a la vera del camino. Algunas esquiladas. Pocos autos. Ni un ser humano.

Paramos en un lugar llamado Fitzroy Farm, donde nos tomamos fotos con el imponente paisaje.

Pasamos por Goose Green, donde hubo una de las más importantes batallas. Pero no logramos ver nada. Mañana regresaremos con Tony.

Y finalmente llegamos a Darwin, donde visitamos el Cementerio Argentino. Todo muy impactante. Todo en blanco, las vallas y las cruces. En total, 230 cruces, dispuestas en dos grupos de cien y uno de 30, más atrás. En el fondo, al medio, una gran cruz blanca, en la que también hay flores y una placa del Gobierno de Tres Arroyos (2/04/05). Todas las cruces tienen flores y un rosario.

No todos los muertos fueron identificados, por lo que en la mayoría de las tumbas se lee “soldado argentino sólo conocido por Dios”.

En una placa negra de mármol ubicada a la derecha de la gran cruz se lee: “El pueblo de la Nación argentina en memoria de los soldados argentinos caídos en acción en 1982”. Y abajo: “Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur”. En placas a los lados están los nombres de todos los caídos.

Son pasadas las 17. Sólo se escucha el silbido del viento y el repiqueteo de los rosarios sobre las cruces.

Todas las cruces tienen rosarios, casi arbitrariamente. Incluso las que bajo su señal guardan los restos de soldados de apellido judío.

Día 4

Es un día de sol. El cielo es celeste claro. Media luna asoma delicada, casi transparente.

Para cualquier lado que se mire hay un paisaje verde, mullido. A lo lejos, algunas colinas, algunos montes, unas pocas nubes blancas. (Postal desde la escalera del cementerio, de espaldas a la cruz grande y frente a las tumbas de los caídos).

Seguimos camino. Llegamos a Darwin House, una hostería donde pretendíamos tomar el té. Pero como el té se sirve de 10 a 12 y de 14 a 17 (miércoles y jueves cerrado), la señora del lugar no nos quiso atender. “Sorry, tea is up to 5, we’re closed”, dijo. Sí nos dejó pasar al baño. Tuvimos que dejar los zapatos en el hall de entrada.

Día 5

A las 9 de la mañana nos pasó a buscar Tony Smith[2], un isleño de 44 años, de cuarta generación por parte de madre, que tiene una empresa de turismo llamada Discovery. Educado en las islas, fue el pionero en hacer los battlefield tours, y es una de las personas en Malvinas que más saben sobre la guerra. Está casado con una argentina, Teresa (averiguar por su familia, tiene campos en la Argentina y en Brasil). El calcula que en la isla viven unos 12 argentinos, tal vez más.

Primero fuimos a Wireless Ridge (la batalla fue el 13/06). Allí vimos cráteres de bombas (105 mm y 155 mm). Restos de ametralladora 12,7 calibre, un cañón (los hay por todos los campos de batallas, algunos más enteros que otros), cables de teléfono (también los hay por todos los campos).

El terreno tiene turba, muchas piedras grises con algunos musgos o líquenes que parecen camuflarlas, hay un pasto que los isleños llaman “white grass”, de un color verde seco, más bien claro, que conservan todo el año. También hay muchos y distintos tipos de vegetación de estilo musgo, y hay unas plantas que se llaman diddle dee. Tienen un fruto rojo, una especie de berry, muy pequeño, similar al calafate, con  el que se puede hacer dulces. Si se lo come silvestre, tiene un sabor amargo. Los soldados argentinos lo probaron en los primeros días de la guerra. Después ya no porque ese tipo de frutos dejan de salir hacia abril. Otra vegetación típica es el christmas bush (arbusto navideño), que crece muy al ras de la tierra y tiene unas hojas de un verde intenso y de forma como arrepollada. Tienen una flor muy delicada, suave como el algodón.

Durante la guerra, Tony estaba viviendo en una asentamiento en Port Stephens, al sur de la otra isla (West Falkland), donde trabajaba como mecánico. Sus padres y el resto de su familia estaban en Stanley. Si bien sus padres no vivieron ningún episodio en particular relacionado con la guerra, recuerdan el momento como muy angustiante. Dice Tony que la gente mayor fue la que más sufrió la guerra, y la que más marcada quedó por ella.

Unos tíos de él tuvieron muy malas experiencias, de las que nunca pudieron recuperarse. Eran gente mayor, de más de setenta años. La tía vivía sola y varias veces se le metieron soldados argentinos en la casa en busca de comida. Después ella fue llevada al hospital porque su casa resultó dañada durante el conflicto y los soldados la tomaron. Nunca se recuperó. El tío tampoco. Murió unos meses después.

Tony recuerda que en los últimos días de la guerra algunos soldados argentinos les escribían a los isleños rogándoles por comida. Algunos isleños, aunque sabían que eran el enemigo, sentían lástima por los soldados y les compraban algunas cosas.

Mientras los chicos sacaban fotos y filmaban, Tony me contó historias de ex combatientes que volvieron a los campos de batalla con él. Un argentino, de Mar del Plata, que tiene una flota de taxis, fue hace como dos años alentado por la esposa. Al parecer, él no podía continuar con su vida, estaba atascado. Fue al lugar. Durante el viaje no habló, estaba nervioso. Cuando llegaron, se pasó como una hora buscando su posición. Logró ubicar la zona pero no su posición exacta. Entonces empezó a hablar, y no paró más. Meses después, Tony entró nuevamente en contacto con la esposa de este hombre, que le contó que la visita le había cambiado la vida, que ahora estaba mucho mejor.

Otra historia conmovedora es la de un ex combatiente británico que, también impulsado por su mujer, visitó los campos de batalla después de 20 años. Fue con varios ex combatientes más y, cuando estaba por terminar el tour, éste se acercó a Tony y le contó que gracias al viaje pudo dormir la noche completa después de 20 años. Al parecer, desde la guerra había tenido pesadillas permanentemente, se despertaba a cada rato, y no podía dormir toda la noche. “Es bueno sentir que uno puede ayudar a la gente”, dice Tony.

El siguiente campo de batalla que visitamos fue Mount Longdon. Allí se libró una de las batallas más cruentas de la guerra, el 11 de junio a la noche. Duró toda la noche. Sobre todo fue cruenta porque se produjo en un lugar bastante reducido, donde los soldados tuvieron que pelear a distancias muy cortar y verse las caras, los ojos. Muchos usaban bayonetas, que no es lo mismo que disparar un arma. Fue el combate con más bajas británicas (23). En total, en toda la guerra, murieron 252 soldados británicos.

Cerca del lugar donde se libró la batalla hay placas y flores que conmemoran a los soldados británicos caídos en el lugar. Un gran monumento de mármol gris con una placa (llevado hasta el lugar en helicóptero) recuerda a un sargento que fue honrado con la Cruz de la Victoria, el mayor reconocimiento a un caído en el cumplimiento de su deber. Este hombre murió tras haber matado a un argentino que disparaba una ametralladora automática defendiendo el lugar de la entrada de los ingleses. La placa dice “en memoria del sargento Ian John McKay, muerto en acción el 12/02/82”.

Cerca de ese lugar hay una cruz con una placa donde se leen los nombres de los 23 soldados británicos que murieron allí entre el 11 y el 12 de junio. Dos de ellos tenían 17 años. El mayor, el sargento honrado, tenía 29. Otro soldado murió justo el día que cumplía 18 años.

A los pies de la cruz hay una caja de metal amarilla que contiene un libro de visitas y una birome para dejar mensajes. Hay de todo el mundo. Hasta de un veterano argentino de la guerra, Sergio Delgado, que dejó este mensaje: “Siempre presentes en mi corazón”.

Cerca del lugar hay clavos oxidados que eran de cajas de armas que los soldados argentinos quemaban para no morirse de frío.

Algunos soldados argentinos no participaron del combate debido a las posiciones que ocupaban en el terreno. Pero fueron testigos. Uno le contó a Tony que vio toda la batalla delante de sus ojos, cómo se mataban unos a otros, que escuchó los gritos. “Fue como estar en una película de terror”, recordó Tony que le dijo este ex combatiente.

Ese mismo ex combatiente le contó a Tony que en la retirada uno de sus compañeros resultó herido, y con otros dos decidieron llevarlo al hospital y, de paso, zafar de la guerra. Pero en el camino se encontraron con un coronel argentino que les preguntó dónde iban y ellos dijeron que a llevar al amigo al hospital. “Yo lo llevo, ustedes vuelvan al campo de batalla”, les ordenó el superior. Pero ellos, lejos de obedecerlo, esperaron a que se fuera y luego fueron al hospital, donde encontraron al amigo, que sobrevivió.

Trincheras. Con restos de sábanas. Armadas entre piedras, con techos de chapas. A unos metros, una posición entre piedras, donde todavía hay restos de equipos: una sartén, un frasco, una caja de municiones, todo oxidado. En el terreno hay esquirlas de metal de los explosivos. “Estas cosas generan heridas terribles”, cuenta Tony.

También señala que “las trincheras originalmente estaban bien hechas, con materiales traídos de Stanley”.

Seguimos caminando y nos encontramos con una media que perteneció a un soldado argentino. Tony se encarga de ponerla debajo de una roca, para que no se vuele. Siempre cuida que las cosas queden en su lugar, que no se dañen. Antes le había preguntado, ante el impacto que produce ver todas estas cosas cuando ha pasado tanto tiempo y tanto clima, si el gobierno de las Islas tenía una política explícita de conservar las cosas de la guerra. Y Tony me dijo que no, que no era deliberado, que estas cosas quedaron así y que así están desde entonces, sin que nadie tenga la obligación de conservarlas. Así fue como muchas cosas desaparecieron porque fueron quedando en manos de turistas o porque las inclemencias del clima así lo dispusieron.

Nos alejamos unos metros del lugar donde vimos la primera de las trincheras y encontramos un impresionante cementerio de cosas que fueron quemadas después de la guerra. Restos de bombas, cañones, una garrafa, estacas de carpas, montones de latas de gaseosas y de alimentos, bidones, muchas balas británicas y argentinas (maldecimos el momento en que Tony nos dijo que las autoridades de la base militar no nos iban a dejar pasar las balas, que serían detectadas por el detector de metales), palas y otras herramientas. Todo oxidado y dañado por el fuego.

Más adelante seguimos encontrando trincheras, vemos un pedazo de camilla, lugares para dormir, posiciones.

Tony cuenta que, teniendo en cuenta que hubo 12.000 soldados argentinos, él calcula que 12.000 rifles y cascos argentinos fueron arrojados al mar, lejos de la costa.

Hablando de la economía de la Isla, Tony señala que antes de la guerra el PBI era de entre dos y cuatro millones de libras; que desde 1986 la isla se autosustenta; y que ahora el PBI debe estar en unos 30 o 40 millones de libras. “Ahora no es tanto la pesca, que está disminuyendo, sino más bien el turismo, que está en aumento”.

Para tener una idea de cómo la guerra cambió a las islas, Tony cuenta que antes de la guerra no había casi nada de desarrollo. No había caminos, por ejemplo. Todos los caminos fueron hechos después de la guerra. Tampoco estaba la base militar, que alberga a unos 1.500 hombres (que no se consideran a la hora de contar la población estable de las islas, calculada en unas 2.800 personas, 300 de las cuales viven en la otra isla). La mayoría de los 300 habitantes de West Falkland son farmers, aunque también hay unos cuantos que últimamente se dedican al turismo. Según cuenta Tony, en abril próximo habrá un censo.

Respecto de las relaciones con la otra isla, cuenta Tony que muchos se fueron de allí hacia Stanley porque en Stanley se gana mucho mejor. Recién hace un mes se puso un servicio para cruzar en barco de una isla a la otra. Sale cada dos semanas. Antes se hacía sólo por avión y en barco dos o tres veces por año. Se espera que esto mejore la comunicación entre ambas islas y que incentive a la gente a instalarse allá.

Desde diciembre último los isleños tienen servicio de telefonía móvil. Todavía no es algo muy extendido, pero ya está funcionando y pronto será un servicio democratizado.

La base queda a 50 kilómetros de Stanley. Tiene 1.500 habitantes británicos. Ningún isleño, aunque hay 6 o 7 isleños que están enrolados en alguna de las fuerzas británicas. Pero están asignados a otros destinos. Por ejemplo, hay una joven que está en Irak (por segunda vez).

“Una vez un periodista argentino me preguntó si no quisiéramos que la base militar no estuviera y le dije que en realidad no nos molesta porque ni los vemos. El no pudo entenderlo”.

Tony cuenta que durante la guerra tuvo miedo. Fue una tranquilidad para él que llegaran los ingleses. Porque durante los primeros días de la ocupación argentina, los kelpers no sabían cómo reaccionaría Inglaterra. Eso les generaba mucha angustia; no sabían si vendrían a defender el territorio, o si volarían todo, o si entregarían las islas. Cuando vieron que la intención era recuperarlas, fue un alivio.

La locura argentina era tan grande que llegaba hasta el absurdo de creer que los EE.UU. apoyarían la “gesta”. Cuenta Tony que en el “settlement” donde él estaba en West Falkland había unas 40 personas, y que había un pequeño grupo de estadounidenses. Cuando los soldados argentinos fueron al lugar –más que nada para chequear cuántos eran- les preguntaron a los estadounidenses si querían regresar a su país, que ellos les daban todas las garantías.

“Antes de la guerra todo era distinto. No había caminos. Eramos felices a nuestra manera, pero luego las islas cambiaron mucho y para bien. Un argentino una vez me dijo, asombrado por el nivel de desarrollo que hay aquí: ‘Deberían hacerle un monumento a Galtieri’. Y yo le contesté: ‘Es verdad, pero no vamos a hacerlo”.

Tony hace una o dos excursiones a los campos de batalla por semana durante seis meses al año. Empezó a venir a los campos de batalla por interés personal, porque durante la guerra –y hasta 1988- vivió en la otra isla, y no los había visto. Es uno de los que más saben sobre la guerra en la isla.

Wireless Ridge (volvimos a pasar a la vuelta). En un lugar no muy cerca del campo de batalla, encontramos un refugio donde podían verse pilas Eveready (las rojas con el gatito), una zapatilla, una bota, un alicate, “a poncho, something that was very usefull for Argentine soldiers”. En realidad, pensamos que es una capa.

Los daños en Stanley fueron los siguientes. Cincuenta casas sufrieron algún tipo de daño. 6 o 7 quedaron totalmente destruidas. “Increíblemente, sólo murieron tres civiles”, cuenta Tony. Según lo que contó Verónica el otro día, fueron tres mujeres que murieron en una casa donde ella estaba (no sé si no era su casa o una casa que hacía de refugio colectivo), como consecuencia de heridas que habían recibido.

Seguimos camino y llegamos a Tumbledown. Allí vemos muchísimas posiciones de soldados argentinos. Tony nos lleva a un lugar al que casi no fue nadie, una cueva que él descubrió hace unos cinco años. Es como un refugio. Dentro hay pilas, una suela de zapatilla, ropa, señales luminosas, un cajón de madera, cables, una pala, chapas, cajas de municiones, palos de carpas, dos capas. Parece un refugio, un lugar donde dormir, pero también una posición. También hay un mortero y una tira de aspirinas, y una calavera de oveja. La cueva está formada por una gran roca atravesada, caída, inclinada sobre la superficie de modo que forma naturalmente un refugio. Para protegerse del viento, los soldados cubrieron los lados con piedras de menor tamaño, turba y capas. A pocos metros del lugar puede verse un fogón.

Las rocas del lugar tienen una especie de musgo que las hace camuflar. Parecen uniformadas.

Más adelante, encontramos lo que queda de una bolsa de dormir. Restos de cajas y cajones de madera, un mortero, restos de cohetes antitanque livianos, hierros varios oxidados.

En el camino de regreso, Tony nos cuenta que Falkland era el nombre del primer Sea Lord británico que llegó a las islas (una suerte de comandante político de la Marina).

Volvimos agotados al hotel y, después de cenar, fuimos un ratito al Globe, donde supuestamente iba a haber una fiesta latina. No la hubo. Allí nos encontramos con Florencia y su novio Nathan, que nos invitó con tres Guiness. Nos sentamos en una mesa cerca de unos locales que, según nos dijeron, eran civiles que trabajaban en la base militar. La verdad, intimidaban un poco. Uno de ellos, muy grande físicamente y en apariencia bastante borracho, me invitó a bailar. Bailamos una pieza y listo. Luego había otro personaje, un escocés piloto de helicópteros. Cuando nos íbamos, me agarró de la mano y me pidió que me quedara. Le dije que tenía que irme a dormir. Por un momento me sentí no amenazada, pero sí algo expuesta. Ellos serían alrededor de seis y habían tomado como si fueran catorce. Al día siguiente, hablando con Florencia, me enteré de que entre ellos, cuando recién nos sentamos, se preguntaban si no iríamos a invadir nuevamente las islas. A las 10 volvimos al hotel. Mañana seguimos con Tony. Florencia nos va a acompañar.

Día 6

A las 8 de la mañana nos pasó a buscar Tony. Esta vez, Florencia nos acompañó a la excursión. Vamos a Goose Green y alrededores. En el camino de ida, vemos los campos de minas que están cerca de Stanley. Tony nos cuenta que originalmente quedaron 30.000 minas en las islas, en total, y que ahora se estima que hay unas 20.000, distribuidas en 120 campos de minas.

Goose Green. La batalla de GG tuvo lugar el 28 de mayo. Cuando terminó la guerra, mi, soldados argentinos dejaron sus armas y cascos en el suelo (hay una famosa foto).

Se pueden ver unos grandes galpones de esquila, pintados de negro, que tienen grandes iniciales escritas en blanco: POW (prisioner of war). En esos galpones los británicos encerraban a los soldados argentinos que tenían prisioneros.

En una edificación que antiguamente fue una iglesia y que ahora es como el centro comunitario de GG, 115 civiles del lugar fueron encerrados durante 29 días de la guerra. Por eso en ese lugar –dicen algunos- hay tanto resentimiento con los argentinos.

Había una escuela que fue destruida durante la batalla.

Pasando Goose Green, llegamos al lugar donde impactó un avión argentino, que fue derribado por antiaéreos argentinos. Era un Sky Hawk A-4. Lo manejaba Fauto Gervasi. En el resto más importante que quedó, una de las alas, se puede leer C-248. Volvía de un ataque aéreo en San Carlos. Los argentinos tenían la orden de no volar sobre GG y éste pasó igual, no se sabe por qué. Y fue derribado. El avión explotó en el aire. Hay piezas por todos lados, esparcidas en un área de por lo menos un kilómetro cuadrado.

Desde el lugar del impacto –un enorme agujero en el suelo-, el motor del avión fue expulsado y cayó en el mar, a unos 800 metros del lugar del impacto.

También hay un Pucará caído y otros aviones más, en lugares más alejados o, como dice Tony, “en el medio de la nada”. Y hablando del medio de la nada, aprovecho para preguntarle por una gran extensión de territorio en la franja central de East Falkland que en el mapa aparece señalada como “No man’s land”. El explica que es porque se trata de terrenos que no sirven ni para instalar algún establecimiento ni para cultivar. Son tierras inútiles, demasiado blandas.

La temporada de esquila de ovejas es entre noviembre y fines de febrero. En Goose Green hay unas 70.000 ovejas. En todo el asentamiento de GG hay 30 habitantes. Antes de la guerra habría unos 80.

En Darwin hay sólo tres casas, con cinco habitantes en total. El asentamiento, que data de 1850, llegó a tener unos 150 habitantes, cifra que se mantuvo estable hasta entre 1985 y 1990. Por entonces, Darwin era el segundo lugar en cantidad de habitantes después de Stanley.

Las tierras donde se encuentran los asentamientos, y en general todas las tierras del campo, son del gobierno, y quienes las habitan pagan un alquiler (barato).

Entre las dos islas hay 25 o 30 kilómetros de distancia. En la parte más estrecha, hacia el norte, hay 7 km (es lo que hizo el nadador). La parte más lejana es hacia el sur.

Otras películas fueron filmadas en las islas, además de Iluminados por el fuego, que incluye algunas escenas tomadas aquí. Una de ellas es la argentina Fuckland, que causó mucho malestar entre los isleños. Otra es una británica que se estrenó para el décimo aniversario de la guerra, y que cuenta el primer día de la guerra. Se llama An ungentlemanly act, por una frase del gobernador, que no le quiso dar la mano a Menéndez. Este le dijo: “That is very unglently”, y el gobernador contestó que más “ungently” había sido que los argentinos invadieran las islas.


[1] Escocesa, vino a las islas en 1971. Su hijo fue uno de los tres chicos que nacieron durante la guerra. El nació el 11 de abril. Es científico. En 1986, aproximadamente, se fueron de las islas porque la presencia militar era muy fuerte, y volvieron en 1993. Desde hace unos años está en pareja con Antonio.

[2] Discovery Falklands: [email protected] 00 500 21027 www.discoveryfalklands.com

Esta empresa funciona desde 1992.