Uno de los trabajos más difíciles de un artista es lograr que su obra llegue a ser conocida; ni hablar, si se busca que sea comercialmente rentable. Aquí una breve guía sobre cómo hacer las primeras exposiciones, dónde exponer, cómo funcionan las galerías de arte y qué lugares alternativos ofrecen sus paredes

“Un cuadro no se acaba nunca, tampoco se empieza nunca. Es como el viento: algo que camina, sin descanso”, Joan Miró.

Se puede pintar a partir de técnicas aprendidas o ser autodidacta. Hacer un cuadro y luego elegir el camino que recorrerá esa obra. Hay distintas opciones: archivarla, exponerla o venderla. Animarse a recibir críticas y opiniones por el trabajo realizado no es fácil, pero es necesario para crecer como artista. Las ganas de dejar que la obra siga su camino, que crezca, que caiga en manos de otro, están en aquéllos que recién comienzan.

Pero el mundo del arte no le abre sus puertas inmediatamente a cualquiera. El sueño de ser reconocido requiere moverse para conseguir mostrar el trabajo realizado. Y siempre hay opciones y espacios para los que quieran ir por más y hacerse un lugar.

Sangre joven

“Uno cuando muestra se siente desnudo. Mostrar es difícil pero el cierre de todo el proceso creativo es un aprendizaje importante”, explica Francisco Estarellas, de 25 años, quien acaba de finalizar su primera exposición individual. ¿Cómo llegó a concretarla? “El año pasado me propuse ahorrar y tuve la suerte -dice- de conseguir un buen trabajo. Era un crecimiento interno y de la obra, me parecía que era el paso que seguía”. Francisco ya había participado en muestras colectivas en restaurantes, bares, casas de amigos y otros lugares que los aficionados o artistas recorren con sus obras. Pero él quería un espacio en que sus pinturas fueran las protagonistas. Cuenta que siempre pasaba por la Galería Brandy (Charcas 3149) hasta que un día se animó a hablar con la galerista y ella lo aceptó. Dejó una seña y debió comenzar a trabajar entonces en formatos grandes. “Fue raro -confiesa-, porque primero me puse la meta y eso me motivó a laburar a full”.

La Asociación Argentina de Galerías de Arte -que nuclea varios espacios tradicionales de exposición- manifiesta como objetivo “promover los valores plásticos nacionales mediante la difusión de sus obras y apoyando el acceso de artistas aún poco conocidos”. Sin embargo, en la práctica este objetivo no se cumple del todo. “Algunas se manejan con grandes maestros y no quieren saber nada con artistas jóvenes”, explica Gabriela Pontoriero, que además de ser dibujante trabaja desde hace 15 años en galerías de arte. Y agrega: “El que quiera invertir en lo seguro va a ir a los pintores consagrados, porque tiene la garantía de que el valor de las obras va a seguir subiendo”. Pero, ¿qué se evalúa en la obra de un artista emergente? Gabriela explica que se tiene que ver la búsqueda de una imagen propia: “Debe haber un criterio de estilo y cierta calidad en la línea, el manejo del espacio y la elección del color”.

En la Galería Brandy el alquiler de las tres salas por 15 días cuesta $3000, e incluye un aviso en el diario La Nación y tarjetas personales de la muestra. “Siempre es mejor exponer en una galería, porque ahí la gente va a ver cuadros y como hay una búsqueda de algo específico es más fácil la venta”, explica Gabriela. Por su parte, Francisco Estarellas (www.estarellaspinturas.atspace.com) -que ya logró vender cuadros por cifras de cuatro dígitos- confiesa: “Hay un apego muy fuerte a la obra cuando uno está haciéndola. Pero vendés un cuadro para poder hacer otro. Está bueno que viajen, que a alguien le gusten tanto como para tenerlos”.

Del hostel al bar: lugares alternativos

En el barrio de San Telmo hay un albergue estudiantil que también funciona como espacio cultural. Verónica Fradkin, artista plástica y una las dueñas de Sandanzas, explica el funcionamiento: “Nosotros no cobramos, sino que ofrecemos el lugar. Para alguien que recién empieza y no tiene trabajo, es duro tener que pagar. Está buenísimo darles el espacio para afilar el lápiz y poder mejorarse. Hay gente que viene para mostrar su obra, otros buscan venderles a los turistas”. Verónica también expone su trabajo en los pasillos, salas y cuartos del hostel. “Es como mi casa -confiesa-, cuelgo mis cuadros y cuando me canso los cambio. Me divierte y me permite unir las dos cosas”.

Hay bares que se destacan por ofrecerse como sitios de exhibición. Uno de ellos es Sonoridad Amariilla (Fitz Roy 1983), que fue concebido como un multiespacio. “Nos importa que el artista realmente ame lo que haga, que se note su trabajo. Nuestros pilares son la colaboración, el intercambio y la comunicación entre artistas. Recibimos material todo el año y luego armamos la programación con algún objetivo anual”, dice su directora Livia Basimiani. En Sonoridad no le cobran a los expositores. “El hábitat alimenticio funciona con el fin de subvencionar el espacio de arte”, comenta Livia.

En Bar Abierto (Jorge Luis Borges 1613) también se realizan muestras. Allí el costo de alquiler oscila entre $100 y $150 el mes. Primero, se realiza una preselección en base a los Cds o folletos que acercan los artistas. Luego, en caso de efectuarse una venta, el lugar se queda con el 30% del precio del cuadro. Otros bares que funcionan como multiespacios son El camarín de las musas (Mario Bravo 960) y La Vaca Profana (Lavalle 3683).

Entre alumnos y premios

La facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) cuenta con tres sitios para hacer exposiciones: una en la sede de Marcelo T. De Alvear y dos en la de Ramos Mejía. No es requisito ser estudiante de la UBA para solicitar el lugar. “En principio tenemos una política abierta. Si vemos que es un trabajo más o menos decente, que está relacionado con la facultad y con las cosas que queremos impulsar lo dejamos exponer”, explica Guillermo Levy, director del departamento de Cultura de la Secretaría de Extensión Universitaria.

Los concursos también son instancias para hacer circular el trabajo. Pero Gabriela opina que “están un poco bastardeados”, porque “hacen una selección y cuelgan las obras sin un criterio”. De un modo similar, critica Verónica: “Hay que poner plata y de lo que se vende darle una comisión a la persona que lo organiza”. Sin embargo, Francisco entiende que “hay que evaluar dónde puede encajar la obra”.

La Fundación OSDE organiza desde hace tres años el Premio Nacional de Artes Visuales, un concurso en el que participan artistas de todo el país. También cuenta con IMAGO, un espacio de arte ubicado en el centro porteño. Lía Munilla, su directora, señala: “Como trabajamos con premios adquisición, estamos armando una colección de arte que en el futuro exhibiremos en este sitio y haremos circular por otros lugares que estamos abriendo en el interior del país”.

Idas y vueltas: pintar y mostrar

“No es lo mismo recibir una crítica de una técnica que del mensaje”, diferencia David Espinosa, un ingeniero en sistemas, aficionado a la fotografía que participó en tres muestras colectivas. “En Capital existen muchísimos lugares, lo que no hay es gente que tenga la plata para poder mostrar y pagar lo que cobran. Entonces, hay que rebuscársela para encontrar lugares alternativos. Pero el sabor que te da el sacrificio no te lo saca nadie”, analiza.

Más allá de lo mayores o menores esfuerzos que haya que hacer, la cuestión es mostrar. Las ganas están y las opciones también. El joven pintor que ya tiene un camino recorrido lo explicita. “Mi idea es llevar los cuadros a todos lados. La galería fue un momento. Todo suma. Hay que hacer relaciones públicas -explica Francisco-, moverse y estar en el lugar. Yo ahora igual estoy un poco apabullado. Después de una muestra se plantean muchísimas dudas en la obra, porque hay que seguir creciendo y la pregunta es hacia dónde ir”.

¿Hacia dónde? Nunca se sabe. Se puede proyectar. Del mismo modo que cuando se pinta, quizás haya una idea, un lugar al cual se quiera llegar. Pero el camino no está predeterminado. Un hostel, un bar, un multiesapcio, una galería privada, una muestra colectiva. Múltiples sitios para hacer circular las obras, para dejarlas andar, como el viento, sin descanso.