¿Es un fenómeno real o es una sensación? ¿Hay que aplicar “mano dura” y represión o hay que dejar que todo fluya? La siguiente nota invita a reconocer a la “sensación” de inseguridad como un problema y abordarla integralmente: mejoras en los espacios públicos, optimización del transporte y realización de eventos culturales en los barrios son algunas de las propuestas Ilustración: Romina Marchetti

Salimos al anochecer, caminamos varias cuadras sin iluminación y sin que pase un alma. O queremos salir por la noche con amigos y tenemos que esperar al colectivo casi una hora en una parada oscura. Quienes tienen la suerte de estar en su auto, cuando intentan estacionarlo son interceptados por matones con “trapitos” que exigen el pago de propina por estar en la calle pública, caso contrario, existe la amenaza de que el vehículo sea rayado si no se paga el bono contribución. El subte nocturno en Buenos Aires es una utopía. En algunos lugares, quien intenta tomar un taxi es abordado por “abrepuertas” que exigen propina por la facilitación de un auto. Parques y plazas son ocupados de manera permanente -o semipermanente- por gente que se instala a vivir o a vender cosas.

En la Argentina de los últimos años se instaló un debate sobre la inseguridad que dividió las aguas entre izquierda y derecha. Unos minimizan el problema; los otros lo exacerban.

La derecha predica que hay que endurecer las leyes, aumentar la presencia policial en las calles, construir más cárceles y ser más severo en la aplicación de las penas. Cada día -según esta óptica- vemos más casos de robos violentos, secuestros extorsivos o asesinatos. Y para terminar con este flagelo hay que tomar medidas drásticas.

Como contracara, para la izquierda, en sus múltiples vertientes las estadísticas de inseguridad no son tan tremendas en comparación con otros países de la región y del mundo, lo cual es cierto. ¿Pero se pueden desconocer las decenas de casos e historias que cada día aparecen? Según ellos, cada vez que hay un asesinato los diarios lo ponen en tapa, los noticieros repiten una y otra vez la noticia y así se magnifica un caso individual como si fuera un fenómeno a gran escala. Así se genera una “sensación de inseguridad”. Los medios hacen que la gente esté paranoica y no quiera salir a la calle. Si nuestra tasa de asesinatos cada 100.00 habitantes no es mayor que la de Nueva York el fenómeno no debería alarmarnos.

De acuerdo a este razonamiento, el problema de la inseguridad es una “sensación” sobre la cual no hay mucho para hacer. A largo plazo, sus propuestas son depurar la policía y mejorar los indicadores sociales, bajo la hipótesis de que eso bajará la tasa de criminalidad.

Ambos enfoques pueden tener algo de cierto. Seguramente con mano dura se bajaría el número de delitos; pero también aumentaría la represión policial, la muerte de gente inocente con “cara de sospechosa” y generaría un espiral de violencia incontrolable.

Negar la inseguridad tampoco parece un buen camino y no ha dado resultados positivos en los últimos años. Es cierto que nuestros índices no son tan malos. Pero en la Argentina no tenemos un sistema estadístico confiable por las recurrentes manipulaciones políticas y porque este tipo de cómputos se basan en las denuncias realizadas en las comisarías. En este país pocos se animan a declarar por falta de confianza en la policía. En mi entorno, por ejemplo, sólo conozco una persona que, tras sufrir un asalto, se acercó a denunciarlo; cuando llegó a la comisaría reconoció a uno de los ladrones que estaba trabajando allí. Dio media vuelta y se fue. Ese caso, no quedó registrado en ningún lado.

El plan a largo plazo es muy necesario. Pero también hay que tomar medidas en el corto plazo si no se le quiere ceder lugar a los discursos represivos. Ante cada día de fracaso de la política de “mano blanda” o “garantista” crece en la sociedad la idea de la “tolerancia cero”.

La tercera vía en materia de inseguridad se propone abordar a la “sensación” como un tema en sí mismo, aunque sin minimizar el problema de fondo. Simplemente se propone subdividir el asunto para desarrollar políticas más efectivas en el corto plazo y aliviar esa sensación negativa.

Asumir a la “sensación” como un problema implica en primer lugar reconocer que ésta no es “generada” por los medios de comunicación sino que éstos construyen sobre una percepción social ya existente. ¿Por qué mucha gente se siente insegura? En primer lugar porque todos fuimos (y somos) testigos de algún hecho que quedó impune. Es cierto que no somos asaltados todos los días en las calles; pero cuando nos pasa estamosseguros de que llamar a la policía no es parte de la solución sino un agravante.

No estamos hablando de hechos de inseguridad en sí mismos, pero alimentan esta sensación de la que tanto hicimos referencia. ¿Qué proponemos entonces? Trabajar esas problemáticas, esos síntomas y ofrecer algunas soluciones. Aquí enumero algunas opciones. Seguramente hay muchas más. Se trata al menos de impulsar un debate.

GPS para colectivos. Existen sistemas sencillos como los deBondicom que permiten detectar a qué hora el colectivo pasa por una parada. El usuario mandando un mensaje de texto puede predecir en cuánto tiempo arribará su colectivo. De este modo, evitamos eternas esperas que generan más miedo en la gente. Si no se pudiera aplicar esta tecnología, una solución alternativa sería poner en cada parada un cartel con los horarios del colectivo, aunque sea para los horarios nocturnos.

Subte nocturno. La empresa de subtes Metrovías dice que es imposible hacer que funcionen de noche. Y ponen como ejemplo a otras ciudades del mundo. Es cierto que salvo Nueva York no hay otro subte que funcione en todas sus líneas las 24 horas. También es cierto que en todos lados los horarios son más extensos y que pocas ciudades tienen una vida nocturna como la de Buenos Aires donde los adolescentes y jóvenes empezamos las salidas entre las 12 y las 2 de la mañana. “El subte cierra a las 23 horas. Horario en el que miles de personas salen de la facultad o vuelven de un recital, o del cine, o terminan su horario de trabajo”, se quejan desde un grupo que propone la extensión horaria del subte. Si no se pudiera hacer para todos los días, ¿no valdría una prueba piloto para los fines de semana?

Más luces. La mayoría de las calles de la ciudad están oscuras, especialmente en los barrios. Cuando uno camina tiene la “sensación” de estar en la boca del lobo. Hoy existen sistemas de iluminación de muy bajo consumo que podrían generar un ambiente nocturno más amigable.

Cultura en los barrios. Durante los festejos del Bicentenario millones de personas caminaban a cualquier hora por la 9 de Julio y no hubo un solo incidente. Cuando en Buenos Aires se hace “la noche de los museos”, hay mucha más gente caminando por los barrios (además hay más colectivos por la noche) y se respira una “sensación” de seguridad. En la medida que se proponen cosas para hacer en los espacios públicos, la calle se vuelve automáticamente un lugar más seguro.

Actividades en las plazas y parques. Otra vez, si los ciudadanos nos alejamos de los espacios públicos, si los gobiernos no los cuidan, estos tenderán más fácilmente a ser apropiados ilegítimamente. Vale como ejemplo lo que pasó en el parque Indoamericano a fines del año pasado. Era un terreno descuidado por el Gobierno y pasó a ser ocupado. ¿Alguien se imagina que podría pasar lo mismo en Palermo?

El pedagogo italiano Francesco Tonucci planteó la necesidad de que los niños recuperen los espacios públicos. Así plantea el problema. “El ciudadano de bien se cierra en su casa, toma garantías en relación al exterior y recorre la calle sólo en la seguridad de su auto y, si tiene un perro, la utiliza como lugar donde debe llevarlo para que satisfaga sus necesidades. Paralelamente, las personas que están obligadas a vivir en la calle, ven empeorar sus condiciones, y se alejan progresivamente de los que viven encerrados en sus casas”.

Él plantea la necesidad de “devolver a nuestras calles el rol social de lugar público, de encuentro, de paseo y de juego, que han tenido y que deben recuperar”. Y agrega: “Las calles no se volverán seguras cuando sean patrulladas por la policía o el ejército, sino cuando sean conquistadas por los niños, los ancianos, los ciudadanos. La calle frecuentada volverá a ser limpia y a tener sus veredas a disposición de los peatones, volverá a ser bella, invitará al paseo, a la pausa”.

Para terminar con la “sensación de inseguridad” no alcanza con pelearse con los medios ni con la realidad. Hay que tomar políticas activas no represivas para fomentar la confianza de la gente en la vía pública y en sus vecinos. Y fomentar la confianza mutua. Si durante dos años nos matamos los unos a los otros para conseguir monedas para viajar en colectivo, lo más probable es que tendamos a abandonar ese medio y –apenas podamos económicamente- nos encerremos en nuestro transporte privado. Sólo lo público genera “sensación” de confianza y seguridad.

Paralelamente, se puede discutir la viabilidad o no de otras políticas más duras. Mientras tanto, ¿por qué no explorar esta tercera vía?

Ilustración: Romina Marchetti

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