Las campañas y la gestión pública requieren mecanismos informales para financiarse: contratar empleados y pedirles que donen una parte del sueldo, desmanejo en los presupuestos públicos o partidos de un signo que financian a su principal opositor para mantenerlo rezagado, son algunas de las prácticas que se cuentan en la siguiente nota. Opinan Christian Gruenberg (Cippec), Daniel Sabsay y Marcelo Escolar

No siempre la política respeta las leyes establecidas. A veces se mueve bordeando peligrosamente la línea de la ilegalidad. No siempre es por maldad; muchas leyes son tan estrictas y restrictivas que dejan poco margen de maniobra si se quiere llevar adelante una gestión exitosa. Esto también se hace visible con el financiamiento político. ¿De dónde salen los recursos materiales necesarios para hacer política? ¿Cómo se generan? ¿Quién los maneja?

Existen mecanismos formales de financiamiento, pero muchos que no son visibles ni rinden cuentas. Todo es un gran iceberg: lo formal es la pequeña parte visible sobre la superficie del agua; debajo, se oculta una extensa base que sostiene a la estructura emergente.

Robo para la corona

Los últimos presidentes argentinos llegaron al poder siendo millonarios: Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. No es un dato menor, porque permite afirmar que, aún hoy, política hace quien puede y no quien quiere. “La política cuesta dinero. Tiene un costo elevado y no es una actividad productiva para quien la realiza. En cambio, tiene recursos propios puede hacer casi lo que quiera”, afirma Marcelo Escolar, ex director electoral de la Ciudad de Buenos Aires.

Esto contradice un preconcepto generalizado de que aquel que se mete en política es porque quiere hacer dinero fácil. Esto no es así, al menos en la mayoría de los casos.

Christian Gruenberg es director del programa de Transparencia de CIPPEC, una ONG que promueve, entre otras cosas, las buenas prácticas gubernamentales. En entrevista con Opinión Sur Joven explica: “El problema del financiamiento de la política es universal. Todos los países tienen conflictos.”

El abogado constitucionalista Daniel Sabsay, afirma que además del financiamiento público y privado contemplado por ley, “existe otro subterráneo que es utilizado por el partido político en el poder, el oficialismo, en tiempos electorales”. En ese sentido, ser o no ser oficialista –o ir con el caballo del comisario, como se dice- puede aportar importantes recursos para una campaña.

Una prueba empírica: muchas veces el presupuesto, es manipulado y distorsionado en los años electorales; suele aumentar el gasto público en los meses previos a los comicios.

Algo tal vez inevitable porque la gestión del presupuesto es política: “Pero también hay cosas más obscenas y menos discutidas como la manipulación de los programas sociales -opina Gruenberg, de Cippec-. Cuestiones objetivas como los indicadores de necesidades básicas insatisfechas son distorsionados por cuestiones políticas como el clientelismo”.

Las sucesivas reformas políticas implementadas en Argentina agrandaron la brecha entre quienes están en el poder y quienes no. Hoy los partidos se convirtieron en máquinas electorales que casi no tienen otro tipo de actividades.

La militancia y los contratos

Una de las prácticas más comunes para financiar aparatos partidarios es distribuir contratos de trabajo entre los militantes de un partido, como forma de retribuir los servicios prestados. “Hay gente que trabaja en el Estado pero responde al interés del partido en el poder”, afirma Gruenberg. ¿Qué ocurre con esos militantes/empleados cuando la gestión política entrante es de distinto color que la saliente? Algunos se van; otros se quedan y así se forman las denominadas “capas geológicas” compuestas por trabajadores que entraron a través de diferentes gestiones. Así se constituye una heterogénea burocracia estatal. “Una medida básica para cambiar esta situación sería instaurar una carrera administrativa, que mejoraría la calidad de la gestión pública”, opina Gruenberg.

Pero el tema también tiene un costado filosófico: “Existe una paradoja entre el discurso ideológico, la perspectiva moral, el discurso pragmático y el juicio ético”, explica Escolar. Desde la perspectiva moral la política es una actividad con cierto grado de desprendimiento; pero trabajar por el bien común tiene sus costos y choca contra el prejuicio del militante que presume del carácter cuasi filantrópico de la política. “El militante no trabaja para él sino para los demás, llevando adelante proyectos de preservación o transformación de la realidad. Pero desde el punto de vista del juicio ético no se le puede negar la autorrealización como persona”, explicita. Es decir, si trabaja, es legítimo que pueda cobrar.

“Hay personas que son nombradas como pago por su inversión, y que no necesariamente son idóneas para cargos ejecutivos”, opina Sabsay. Dicho en otros términos. Algunos dirigentes “invierten” (su tiempo o incluso su dinero) al trabajar para determinado líder o proyecto político. Cuando el líder llega a un cargo importante debe “pagar aquella inversión”.

Algo similar puede suceder con organizaciones vecinales o de base. El político gestiona un subsidio, pero pide a cambio una “devolución” de una parte del dinero (Ver artículo anterior sobre financiamiento de campañas. Lo mismo pasa, pero al revés, con quienes pusieron dinero para la campaña.

Así -y a pesar de que todos los funcionarios transitan la gestión con la renuncia en el bolsillo- repartir cargos entre inversores es una fórmula comúnmente utilizada para cancelar deudas. “Uno de los principales inversores en la campaña de Carlos Menem en el 89 –cuenta Gruenberg-, había sido la multinacional Bunge y Born. Luego, esta empresa eligió entre sus ejecutivos a los dos primeros ministros de economía del país de ese Gobierno: Roig y Rapanelli”.

El ejemplo demuestra como la política puede convertirse en una herramienta o en un obstáculo para cambiar la realidad social. Todo depende del sentido que le impriman las personas que la recrean día a día, utilizando los recursos disponibles en un sentido u otro.

No morir en el intento

Los contratos laborales son utilizados como moneda de cambio con la militancia. Se le paga al militante con un puesto de, por ejemplo, $3000, pero se le pide a cambio que él “done” un porcentaje a “la causa”. Esta comisión -que puede ir del 10% al 50% del sueldo, según el caso- servirá para contratar más personal en negro, hacer afiches o usarlo como caja chica; sin descartar –por supuesto- la utilización de estos fondos con fines personales, lo cual sería un acto de corrupción. Lo que se quiere referir es que no siempre esos desvíos de dinero son usados con fines corruptos. Muchas veces la política quiere hacer cosas, cuyos fines pueden ser loables, pero la propia ley cerca el marco de acción.

También es común que -para financiar campañas y estructuras partidarias- se manipule la ejecución del presupuesto. Estas actividades son conocidas en la Argentina como “hacer caja”.

“La Argentina tiene uno de los estados más opacos de la región porque existen múltiples formas de acceder a sus recursos”, opina Gruenberg. Sabsay coincide con él: “El elemento más grave de esta situación es el descontrol. La Justicia, a través de la Cámara Nacional Electoral, no cuenta con los medios necesarios para controlar. Además, el manejo de los fondos partidarios está en manos del Ministerio del Interior, que es la cartera más política de la gestión”.

Escolar concuerda con ambos y va más allá cuando afirma que, así como los contratos y “la caja” sostienen la estructura partidaria, “el clientelismo sostiene la base social de votantes”.

Desde este punto de vista, los recursos formales (campañas, fondos partidarios) se centralizan y los informales (contratos, caja) se descentralizan por la lógica de nichos que tiene el Estado. “El tamaño de la política está relacionado con el tamaño del sector público. Tiene mayor costo la política argentina, que es federal, que la chilena que es unitaria. En Chile hay ocho mil puestos políticos y en la Argentina unos 300 mil”, afirma Escolar. “Esto obviamente eleva los costos indirectos de la política”. ¿Quién tiene la culpa? “Nadie, es el resultado de 150 años de guerras y acuerdos políticos, de historia”, contesta

Muchas de las voces que enarbolan las banderas de la austeridad del gasto político proponen que las legislaturas sean unicamerales, es decir que en vez de tener dos cámaras tengan una sola. Más allá de las discusiones sobre cómo incidiría la medida sobre la eficiencia de la labor legislativa, estos puntos de vista demuestran que todavía se asocia el gasto político a lo visible, olvidando que una gran porción del financiamiento es subterráneo y permanece oculto. Si se aplicara la medida, el gasto visible sería trasladado al sector informal de la política, acrecentando el financiamiento que carece de controles institucionales. Además, en algunos lugares donde los circuitos para conseguir recursos son limitados se generan situaciones particulares. Escolar ejemplifica: “Hay sitios donde la UCR es financiada por el PJ porque no se la considera una fuerza política que ponga en peligro su hegemonía, lo que dota de cierta legitimidad al sistema”. ¿Pura instrumentalidad?: “Sí, ambos terminan relacionándose a través de vínculos corporativos, no políticos”, concluye.

Más allá de lo visible

La gama de mecanismos informales existentes no se agota con los antes mencionados. Sólo mostramos algunos ejemplos para hacer visibles situaciones irregulares en relación al funcionamiento de la política. Esta irregularidad no es un hecho de poca importancia, ya que desviar fondos para financiar la política antes que para dar asistencia o un servicio a la sociedad, trastoca el objetivo y el funcionamiento de un Estado. Quizás haga falta debatir si son necesarios más recursos para sostener al sistema político, pero lo que no podemos permitir es que la política se transforme en el arte de lo imposible. Que de medio y solución se convierta en fin y problema. Pero para llegar a una solución hace falta debate y consenso. Porque el tema es tan complejo y profundo como la misma naturaleza humana. Y por lo tanto, necesita de un auténtico compromiso colectivo que permita generar un cambio en la política y la sociedad.

+Info

Basualdo, Eduardo “Las nuevas características del sistema político y la sociedad civil a partir de la dictadura militar” en “Sistema político y modelo de acumulación en la Argentina”, (Buenos Aires, FLACSO, 2001). Un completo y profundo artículo académico de este investigador de la FLACSO sobre las estructuras clientelares en la Argentina, en donde además desarrolla su modelo teórico de valorización financiera del capital.

Gruenberg, Christian “El costo de la democracia. Poder económico y partidos políticos”, (Buenos Aires, Capital Intelectual, 2007). Un resumido e interesante libro donde podremos encontrar definiciones y conceptos básicos sobre financiamiento, corrupción y transparencia en política.

UNA PELÍCULA:

“Todos los hombres del presidente”, (EEUU, Drama, 1976). Dos jóvenes periodistas del Washington Post comienzan a investigar un incidente político que aparenta tener poca importancia. Pero a medida que avanzan en las pistas descubren maniobras ilegales destinadas a financiar la campaña del partido republicano. Una atrapante historia sobre el famoso caso “Watergate” y la lucha que tendrán que dar los protagonistas para que salga a la luz, en un hecho que le costó la presidencia de los Estados Unidos a Richard Nixon.