Por Silvina Fainberg

“A veces no hay palabras para alentar la valentía… A veces debe simplemente saltar”  Clarissa Pinkola Estés

El inicio profesional  de forma independiente implica mucho más que ser uno su propio jefe o jefa.
El uso de la libertad, el manejo del tiempo, las multitareas , la incertidumbre económica y el definir una agenda  de prioridades y objetivos generan otros desafíos que los enmarcados en una relación laboral de “dependencia”.

En esta nota te dejamos algunos de los puntos a favor y en contra de ser un trabajador en forma independiente.

 

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Amar la incertidumbre
Hay que abandonar el confort y la seguridad de tener un  ingreso fijo todos los meses. Salvo que se opte por tener abonos de clientes y demás circunstancias, hay que aprender a sortear mes a mes no saber cuánto ni cuando se cobrará. Aprender a que todo se limita –muchas veces- a meras expectativas. Es importante tener en  cuenta que  se deberá trabajar sin tener la motivación de cobrar un sueldo a fin de mes.  Repensar el tiempo  y los ingresos de un modo diferente.

El multitasking cotidiano
Los inicios involucran muchas veces estar en todos las etapas del proceso de producción. En mi caso, debí ocuparme de conseguir clientes, realizar  la procuración, atender las consultas, hacer los escritos, cobrar los honorarios y demás. Son diversas  las tareas necesarias en todo el proceso del desarrollo profesional.  Es decir: no hay departamento técnico, de cobranzas, secretarias y cadetes.   Una vez escuché algo muy ciertouno no puede empezar a emprender esa gran tarea sin antes haber cambiado la bombita del velador del escritorio que no funciona. El trabajo independiente  es un poco así: obliga a prestar atención a ese tipo de cuestiones.

Inspirarse cada mañana
Muchas veces no hay horarios fijos, no hay un jefe que controle el horario de llegada y de salida, las reuniones hay que (auto) gestionarlas y el ritmo laboral puede ser muy diferente cada día.
Todo lo que se hace  es por uno y para uno. No hay un verdadero control del afuera. En este sentido, el factor psicólógico y emocional es muy importante. El trabajo independiente obliga a un conocimiento profundo de uno mismo,  fortalezas, debilidades y un sinceramiento casi cotidiano.

Todo depende de uno
Al llegar al lugar de trabajo (en caso de que se trabaje fuera del hogar) hay que considerar desde la limpieza, el orden, los insumos, el pago de un alquiler, luz, gas, teléfono, étc.   Todo esto se suma al trabajo cotidiano. Lo que uno no hace, no lo  hará nadie. Y lleva tiempo (y dinero) resolverlo.

La soledad
Muchas veces al llegar al lugar de trabajo se comparten desayunos, almuerzos de cumpleaños, viajes, eventos, buena onda con compañeros y eventos.  El ejercicio profesional independiente tiene –en sus inicios- un sabor solitario  si no se trabaja en equipo  o se tiene socios.
Los posgrados, las actividades académicas o la participación en colegios profesionales y demás son buenas herramientas para conectarse con profesionales, capacitarse y estar integrado al sistema.

La responsabilidad
Al trabajar de manera liberal, no hay un otro que responda   en ningún plano. Habla de una buena práctica y ejercicio profesional poder obrar con honestidad, transparencia y afrontar todo tipo de situaciones que surjan. La inmediatez en el trato con los clientes y demás es fundamental a la hora de la comunicación y demás. Podrán existir situaciones conflictivas para afrontar que exigen ponerse a la altura de las circunstancias sin el “padrinazgo” de un superior que dé la cara por uno.

Frases como: “Hoy falto porque estoy enfermo”.
No existe simplemente porque no hay necesidad. Nadie obliga a trabajar cada mañana,  tarde o  noche. Sin embargo, algo que pude aprender en este tiempo es que la vida sigue (pasemos o no el parte de enfermo). ¿Qué significa esto? Que se puede estar viviendo cualquier tipo de “situación personal difícil” pero los plazos siguen corriendo, los clientes siguen llamando, las audiencias se siguen fijando y los mails “fuera de oficina” no resisten mucho tiempo. Esto no significa que uno sea imprescindible ni mucho menos, pero que hay efectos en el “afuera” que se  siguen produciendo a raíz de nuestro trabajo y que éste no es suplantado o ejercido –en un principio por lo menos- por nadie más.

Ser sincero con uno mismo.
Por más encantador, utópico y maravilloso que pueda sonar, el trabajo independiente no es para todos. Depende la personalidad, que tan adaptado se encuentra uno al sistema, las necesidades económicas y circunstancias individuales.  Como muchas cosas en la vida, debe llevarse a cabo con honestidad con uno mismo, valorando lo que se tiene, lo que se estaría dejando y lo que se puede lograr a futuro. Un balance justo, necesario y apoyado en criterios de realidad.