A fin de año, en la Argentina se desató la polémica. ¿Tienen derecho dos personas del mismo sexo a contraer matrimonio? Mucha gente cree que cada uno es libre de elegir con quién quiere pasar su vida; las religiones, en cambio, suelen oponerse. En Opinión Sur Joven te presentamos la visión de un joven rabino judío liberal que ofrece una perspectiva alternativa sobre el tema.

Las religiones suelen interpretar los textos bíblicos a través de su propia cosmovisión. Aún cuando judíos y cristianos compartimos la mayoría de los escritos en su versión textual (los dos tenemos la misma Biblia) ciertas tradiciones las entendemos de una manera más literal, otros de una manera metafórica, mística, alegórica, etc. Eso es lo que permite que aún leyendo y comprometiéndonos con las mismas palabras que pensamos reveladas, no sostengamos la misma práctica.

Así, por ejemplo, la circuncisión entendida por el judaísmo como el pacto que a partir de Abraham nos prescribe a todos los judíos remover la carne del prepucio, es reinterpretada por las tradiciones cristianas como algo que debe suceder no en la carne sino en el espíritu. Un mismo texto, diferentes formas de leerlo. Ambas válidas, ninguna incorrecta, aún cuando se aparte de lo literal.

Sin embargo, esta diversidad en la lectura e interpretación del texto bíblico no es tal cuando se trata de la prohibición bíblica de la homosexualidad (Levítico 18:22). En otras palabras, esa pluralidad a la hora de interpretar el texto se transforma en una lectura literal en casi todas las creencias. Por eso, al día de hoy, las grandes tradiciones religiosas que basan su cosmovisión en el texto bíblico ven a la homosexualidad como una transgresión o pecado.

Como si esto fuera poco, los sistemas normativos de las religiones tienen una cierta selectividad explícita o implícita a la hora de elegir qué transgresiones van a perseguir con más énfasis. Y en ese sentido, la negación de la homosexualidad siempre estuvo en un lugar muy especial de esa lista de “prioridades”. Esto significa, una relación sexual entre dos hombres está tan prohibida en el judaísmo como la ingesta de un sándwich de jamón y queso. Esto, según el texto; pero en lo que hace al castigo social y al imaginario colectivo, la homosexualidad fue considerada mucho más grave que la transgresión a las normas alimenticias.

Para sintetizar lo expuesto: (a) La prohibición de la homosexualidad es leída por la mayoría de las religiones con una literalidad que no aparece en la lectura de otros preceptos. (b) Lo enérgico de la condena de las religiones hacia la homosexualidad en comparación con la condena de otras transgresiones a mandatos bíblicos es desproporcionada y no encuentra una explicación en el propio texto sino en la realidad sociológica de quienes lo leen. Comprender esto es fundamental para entender tanto las posiciones que persiguen y castigan, como aquellas que avalan y promueven la libre sexualidad en el marco de las religiones.

Muchas veces los hombres de fe se excusan diciendo que nada pueden hacer, ya que el texto “es claro y unívoco”. Sin embargo, en muchas otras circunstancias aún cuando el texto no deje lugar a dudas acerca de lo que postula, los exégetas bíblicos se las han ingeniado para darle un sentido contrario al que con tanta claridad parece expresar. Y a diferencia de lo que muchos piensan, el punto de partida de esto no es la afirmación fundamental de la crítica bíblica, que postula que el texto no es divino, sino la búsqueda desde la más profunda fe de un sentido que nos permita seguir leyendo al texto como divino y revelado.

Veamos un ejemplo. El Pentateuco (Deut. 21:18-21) nos enseña que aquel que tuviera un hijo rebelde que no escucha la voz de su padre y de su madre, deberá llevarlo a los ancianos de su ciudad y, si ellos lo encuentran culpable de la desobediencia hacia sus progenitores, allí mismo lo apedrearán hasta que muera. Casi 2000 años antes de que los críticos bíblicos de la Alemania moderna postularan que el texto carecía de origen divino, los sabios de la Mishná (en cierta consonancia con las relecturas bíblicas contemporáneas de Jesús y sus discípulos al formar las primeras iglesias del temprano cristianismo) decidieron que sin derecho a abolir esta ley, debían darle un marco interpretativo que les permitiera seguir comprendiéndola como la palabra viva de un Dios viviente. Y luego de páginas y páginas de deliberaciones, las interpretaciones posteriores, arribaron a la conclusión de que el texto no debía nunca ser leído como si dijera lo que tan claramente dice, sino tomado como un desafío a la capacidad humana de comprenderlo.

Esto mismo se hizo años más tarde, con toda la pena de muerte en general. Los rabinos talmúdicos concluyeron que esa condena, aun cuando esté incluida numerosas veces en el texto, es virtualmente inaplicable, debido a las restricciones que ellos mismos hicieron brotar del propio texto para evitar la ejecución de la pena capital. Se interpretó el texto a la luz de los valores de la sociedad en la que ellos vivían, y con el horizonte de poder seguir sosteniendo la afirmación de que el texto es la palabra revelada de un Dios que ama a sus criaturas.

Esta forma de comprender al texto bíblico se basa, entre otras cosas, en la idea de que hay principios rectores que deben atravesar toda la lectura y condicionar nuestras interpretaciones. Una de las mayores explicaciones de ese principio rector es la de Simeón ben Azai, quien sostuvo que la regla de oro de la Biblia es «Este es el libro de las generaciones de Adán, en el día que Dios creó al hombre, a la imagen de Dios lo hizo» (Genesis 5:1). Este último versículo, lleva en su interior una de las más profundas verdades que el texto bíblico nos revela, que es la idea de que todo ser humano es creación divina, imagen y semejanza de Dios.

Ahora bien, si la idea rectora a la hora de interpretar no ya el texto sino el mundo, es que todos (judíos, cristianos, argentinos, chinos, bolivianos, palestinos, parisinos, vietnamitas, zulus, discapacitados, superdotados, empresarios, taxistas, rubios, pelirrojos, negros, cocineros, varones, mujeres, jóvenes, ancianos, gays, heterosexuales e incluso homofóbicos) somos imagen y semejanza de lo Divino; entonces nuestra forma de vincularnos con quien es diferente debe estar condicionada por esta afirmación.

Si la igualdad de todos los seres humanos y el origen divino de esa igualdad es una verdad de fe, casi axiomática, que emana del texto, entonces la homofobia se transforma en una grave transgresión.

Para la tradición judía, particularmente, la prohibición de la homosexualidad ha estado ’vigente’ desde hace varios milenios. Sin embargo, esta prohibición estuvo siempre acompañada de la ignorancia reinante en relación a las relaciones entre personas del mismo sexo. Así como no siempre la humanidad entendió que un padre tenía derecho a apedrear a su hijo desobediente, y le llevo muchos años más comprender la idea de que ni siquiera puede pegarle un pequeño chirlo a su hijo para hacerle entender lo que de otro modo llevaría más tiempo explicarle; del mismo modo no siempre la humanidad comprendió que la homosexualidad no es ni una enfermedad ni una elección; no es ni curable ni modificable y que cualquier intento por eliminarla sólo estaría reprimiendo un sentimiento humano que carece de carga moral.

Existe una falsa pretensión de que la homosexualidad es moralmente mala, porque es contraria a lo “natural” y a lo “moral”. En relación a lo moral, bastaría afirmar que sobre quien pretende declarar una práctica humana como inmoral recae la carga de la prueba. No he escuchado nunca una explicación sensata de qué hay de intrínsecamente malo en el amor entre dos seres humanos. Muchos de los argumentos giran alrededor de la idea de que la homosexualidad es contraria a la idea de la familia, núcleo básico de la sociedad. Sin embargo, creo que esto puede ser leído también en el sentido opuesto. Es la homofobia la que atenta contra la familia al pretender imponer un modelo único en el que las nuevas estructuras familiares quedan desplazadas.

Más complejo aún, es el argumento de lo “natural”. Personalmente, me cuesta comprender el significado de lo natural. Aún cuando pueda afirmar que el mundo fue creado con un propósito y con ciertas reglas de funcionamiento, no me creo en condiciones de poder decir qué cosas entran dentro de esas reglas y que cosas no. Pero tiendo a pensar que lo natural en el mundo no es lo que debe ser conservado sino lo que debe ser subvertido. La cultura es, de algún modo, una conquista sobre lo natural. Las religiones, en ese sentido, no son naturales, sino que como fenómenos culturales que desafían al hombre a superar su naturaleza egoísta, depredadora y ambiciosa para transformarse en un ser cultural y social que trasciende su propia naturaleza y se re-crea. Tal vez, sea antinatural el amor entre dos personas del mismo sexo. Pero también es “antinatural” ir a misa un domingo, comer kosher, ayunar en el Día del Perdón, ser célibe, compartir lo propio con los necesitados o casarse con una sola persona por vez.

La historia de la humanidad estuvo siempre amenazada por quienes creían ver en ciertas personas una “normalidad” natural en comparación con otras. Casualmente, esa “normalidad” siempre se condice con las características de quien la postula. Un judío o un negro son considerados hoy personas “normales”, en nuestra sociedad relativamente amplia y diversa. Estas personas eran calificadas como anormales hace apenas 50 años. La sociedad norteamericana del siglo pasado estaba tan convencida de la inferioridad natural de los negros como algunos homofóbicos lo están hoy de la antinaturalidad de los gays y lesbianas. Son sólo apreciaciones subjetivas disfrazadas de verdades universales y eternas.

Es por eso que desde los inicios de mi actividad rabínica me encaminé decidido hacia el trabajo no sólo pastoral sino también de militancia en relación a los derechos de los gays y lesbianas. Como líder de un pueblo que aún recuerda con triste nitidez el dolor de la persecución a causa del prejuicio de quienes se creen normales, entiendo al trabajo en favor de esta minoría no como una opción sino como un deber. Elie Wiesel, sobreviviente de la Shoáh, enseña en cada oportunidad que tiene, que la tragedia del Holocausto debe hacernos comprender que la indiferencia y la complicidad son casi sinónimos. Y por eso, no hay otra alternativa que el trabajo para crear una sociedad más justa y tolerante, en donde no haya personas que tengan que esconderse en un closet por temor a ser discriminados e incomprendidos hasta por quienes más los aman.

El trabajo con la organización JAG (Judíos Argentinos Gays) me abrió las puertas para conocer a personas de fe maravillosas, de las más diversas religiones, que aún creen en la fe más allá de que las estructuras que la gobiernen, los segreguen y los persigan. Espacios de estudio, diálogo interreligioso y reflexión compartida -tanto con judíos como con cristianos- me permitieron comprender que hay un movimiento más poderoso de lo que imaginamos dentro de las distintas comunidades de fe, que en silencio, pero con firme decisión, marcha hacia un cambio profundo en su vinculación con los gays y las lesbianas. En algunos casos condicionados por la obediencia a las jerarquías y a las estructuras, en otros con mayor libertad para expresarse públicamente; pero siempre movidos por un sentimiento de profundo amor más poderoso que las diferencias culturales y religiosas que nos separan.

La religión fue siempre una herramienta muy poderosa para cambiar el mundo: tanto cuando lo cambió para corroerlo y lastimarlo, como cuando lo cambió para liberarlo y redimirlo. Las grandes represiones y persecuciones de la historia, así como las grandes liberaciones; siempre tuvieron a religiosos entre sus líderes. En el caso de la actitud de la sociedad ante los gays y lesbianas, es hora de volver a equilibrar esa balanza. Las religiones y los religiosos lideran en muchos espacios las campañas de persecución y discriminación contra aquellos que eligen tener una vida sexual diferente a la que tenemos algunos. Quizá ha llegado el momento de que líderes religiosos movidos por la profunda fe en la igualdad de todo ser humano como hijo de Dios y en la belleza del amor como una de las manifestaciones más puras de lo divino, se abran a trabajar por aquellos que aún creen que Dios los ama y los acompaña sin importarle el género de la persona con la que comparten el lecho.

Ilustración: Lorena Saúl

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Links con más info:

Judíos Argentinos Gays (JAG)

Diez preguntas frecuentes sobre homosexualidad y bisexualidad, Comunidad Homosexual Argentina (CHA)

Un fallo histórico:

La homosexualidad deja de ser ilegal en India, Diario Clarín