La crisis económica mundial obliga a repensar paradigmas. En ese marco, es fundamental el rol de los emprendedores para impulsar nuevos negocios que den trabajo y aporten valor agregado. Aquí unos esbozos sobre la economía que viene.

“Lo único constante es el cambio” Heráclito

Desde el año pasado vienen cayendo algunos viejos postulados de la economía tradicional. En ese escenario adquiere importancia la idea de que la economía tiene que estar verdaderamente al servicio de la sociedad, y que debe haber reglas éticas que rijan algunos comportamientos del mercado.

Ante esto, la actividad emprendedora tiene una gran posibilidad de convertirse en un factor catalizador de las economías de todo el mundo. La innovación, flexibilidad y capacidad de aprovechar oportunidades de los pequeños emprendedores pueden ser un pilar fundamental en la reactivación de un sistema económico mundial, que hoy se encuentra en recesión.

La ruptura de estos paradigmas nos brinda una gran ocasión para el desarrollo de una sociedad más justa, ya sea desde el punto de vista cuantitativo del ingreso y el producto nacional, como del aspecto cualitativo referente a la realización personal del ser humano como factor de transformación y generación de riqueza. El trabajo dignifica a la persona y contribuye a la economía real.

Mercados globales

“El éxito del futuro depende de nuestras decisiones de hoy, y sin decisiones no habrá ni éxito ni futuro”

La globalización posibilita la integración de territorios, culturas, economías y ésta es una realidad de la cual no está exento el comercio. En este sentido, lo regional adquiere otra significación, no menor pero distinta. Los mercados están inmersos en un proceso de internacionalización; la integración horizontal de empresas -impulsada por alianzas estratégicas y esquemas colaborativos- avanza a pasos agigantados. De esta manera son infinitas las oportunidades que se abren por la fluida intercomunicación geográfica. Gracias a la creciente cantidad de información, de mercancías y de personas, se puede lograr con relativa facilidad la penetración en mercados internacionales. Las oportunidades globales que se abren, motorizadas por la actividad emprendedora, permiten esta integración.

La volatilidad de la economía crece y eso da más margen al emprendedor para aportar su flexibilidad, adaptarse a los cambios y capear el temporal para diversificar los productos o servicios que ofrece. En cambio, las grandes empresas son más toscas para moverse y para tomar decisiones importantes tienen que consultar a directores, gerentes de área, etc. La mayor flexibilidad de las pymes adquiere entonces más relevancia por estos días. En lo atinente al sector productivo, la buena gestión de las empresas, la creatividad y la innovación son factores críticos para el desarrollo –y no sólo el crecimiento- de una economía.

Es imperioso generar proyectos comunes. El asociativismo de personas y empresas muestra algunas ventajas: mayor capacidad de negociación con proveedores, mejores precios en los insumos, estrategias conjuntas de comercialización entre un grupo de pequeños productores, el uso compartido de maquinarias, avances tecnológicos, know-how y hasta el desarrollo de acciones coordinadas de comercio exterior.

Hasta acá, los beneficios de cualquier Pyme. Pero los jóvenes emprendedores corren con la ventaja de una mayor apertura mental y flexibilidad para internalizar el esquema ganar/ganar, tratado por Stephen Covey en su best-seller “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva”.

Mónica Liendo y Adriana Martínez, docentes de la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística de la Universidad Nacional Rosario explican en un informe: “Con el objeto de aprovechar y potenciar las fortalezas de cada uno de los integrantes, el modelo asociativo posibilita desarrollar proyectos más eficientes, minimizando los riesgos individuales. Las empresas asociadas, mediante la implementación de acciones conjuntas mejoran la competitividad e incrementan la producción a través de alianzas entre los distintos agentes que interactúan en el mercado incrementando las oportunidades de crecimiento individual y colectivo”. [1].

Una oportunidad para el desarrollo personal

“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad” Albert Einstein

El 50% de las innovaciones tecnológicas y de procesos provienen de la actividad emprendedora. Este número aumenta a 95% en el caso de tecnologías disruptivas o innovaciones radicales. Joseph Schumpeter, economista austríaco de principios del siglo XX, sostiene en su libro “Capitalismo, socialismo y democracia” que “la función de los emprendedores es reformar o revolucionar el patrón de producción al explotar una invención, o una posibilidad técnica no probada para producir un nuevo producto o uno viejo de una nueva manera; o proveer de una nueva fuente de insumos o un material nuevo; o reorganizar una industria. Este tipo de actividades son las responsables primarias de la prosperidad recurrente que revoluciona el organismo económico”. [2]

Este proceso requiere de atención para detectar cuándo es posible transformar una necesidad física o natural del ser humano en una oportunidad económica viable. La condición esencial para que el proceso sea exitoso es tomar la iniciativa. Otro parámetro importante en la búsqueda emprendedora consiste en detectar nichos de mercado: como las capacidades y recursos disponibles por el emprendedor son limitados, le sería imposible satisfacer las necesidades de los mercados masivos. Por eso, puede considerarse como una actividad medular de la actividad emprendedora el desarrollo continuo de ventajas competitivas sustentables; claro que la dinámica propia de la competencia lleva a que con el paso del tiempo éstas se “commoditicen”; es decir, son tomadas por el resto de los competidores. El principal beneficiario en esta puja competitiva es el consumidor; al menos en un modelo teórico.

Es menester que sean aprovechadas las ventajas comparativas que nos da la geografía del lugar en que vivimos, los recursos naturales y la formación de recursos humanos para transformarlas en tangibles fortalezas competitivas. La riqueza de un país no está determinada por los recursos con los que cuenta, sino por la capacidad productiva de transformarlos.

El rol del estado y el tercer sector

“No existen empresas exitosas en sociedades que fracasan”

No puede desconocerse la importancia del Estado, las universidades y el denominado “tercer sector” -formado por fundaciones y organizaciones no gubernamentales- como actores primordiales para el fomento de la actividad emprendedora.

Cabe destacar el caso de las incubadoras de empresas, programa que se lleva a cabo en universidades y polos tecnológicos de todo el país, donde se brinda al emprendedor un ambiente adecuado para la generación de proyectos de naturaleza económica y social. El objetivo de estos programas es la creación de una red entre profesionales, empresarios, y organismos públicos y privados para brindar a los interesados herramientas que faciliten la puesta en marcha de proyectos de alto valor agregado.

Es interesante la experiencia italiana donde predomina una fuerte cultura pyme. Allí están muy arraigados los denominados clusters o distritos industriales, una suerte de aglomeración territorial de industrias, relacionadas vertical y horizontalmente debido a la integración de proveedores de insumos y alianzas estratégicas que se establecen entre empresas del mismo sector. De esta manera la fácil disponibilidad de insumos y factores de producción reduce los costos de transacción y los obstáculos al ingreso. La rivalidad estimula la competencia en la innovación de productos, siendo uno de los principales motores de su crecimiento y competitividad.

Los esfuerzos asociativos de cooperativas y planes de sinergia entre el sector público y privado dieron buenos resultados para incluir a aquellos a los más relegados. Las ONGs aportan una gestión más dinámica y flexible que la del Estado. Por eso, pueden establecerse como agentes impulsores y evaluadores de los proyectos por su capacidad de gestión. También es necesario que el gobierno brinde líneas de crédito y aportes no reembolsables a este tipo de proyectos para facilitar su puesta en funcionamiento.

La crisis económica de los Estados Unidos reavivó una vieja discusión respecto a lo importante que es la acción del Estado en la regulación de los mercados y la necesidad de que la generación de riqueza tenga estrecha relación con lo productivo y no estrictamente con lo especulativo. Pero es importante no caer en lecturas miopes y extremadamente ideologizadas que le quitan objetividad al análisis. No debe hacerse una persecución infundada, por ejemplo respecto de los mercados de capitales que aportan el flujo de crédito necesario para el crecimiento de la economía. Hay que encontrar un equilibrio inclusivo.

La sustentabilidad de una economía está determinada por la posibilidad real de brindar a lo largo del tiempo oportunidades a todos los ciudadanos. En la medida que esto no se cumpla, seguiremos asistiendo a logros incompletos del sistema capitalista. En ese sentido, son válidas las iniciativas como la Responsabilidad Social Empresaria, el Pacto Global de la ONU y las micro-finanzas, entre otras.

Todos los ciudadanos tenemos que tomar el compromiso moral de hacer los esfuerzos necesarios para quebrar la exclusión, deuda histórica de la humanidad. En definitiva debemos ir –como indica el economista Bernardo Kliksberg- hacia una economía con rostro humano.

Ilustración: Guadalupe Giani

+Info

Te acercamos la bibliografía de la nota:

Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, un best seller de Stephen Covey

Capitalismo, socialismo y democracia, un libro del economista austríaco Joseph Schumpeter

Asociatividad. Una alternativa para el desarrollo y crecimiento de las pymes, un informe realizado por las Licenciadas Mónica Liendo y Adriana Martínez, Noviembre 2001

Una nota sobre el tema publicada en OSJ:

Asociativismo

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[1] “Asociatividad. Una alternativa para el desarrollo y crecimiento de las pymes”, Lic. Monica Liendo y Lic. Adriana Martínez, Noviembre 2001

[2] “Capitalismo, socialismo y democracia”, Joseph Alois Schumpeter, 1942.