Pintadas en trenes, escuelas, edificios, comercios…¿Acto de vandalismo o suceso artístico? Esta forma de expresión callejera se expande cada día más en las grandes ciudades. A partir del testimonio de dos grafiteros, Opinión Sur Jovenanaliza su relación con la ley y la posible salida laboral. También, la opinión vecinos, comerciantes y empresas de transporte..

Llega el fin de semana y Brook, de 20 años, ya tiene pensado qué hará durante esos días. No irá a bailar a una reconocida disco, ni a jugar un campeonato de fútbol ni pasará la noche en el maxiquiosco de la esquina. Su proyecto es diferente. “En lugar de salir a la calle a boxearme con alguien decido descargar esa energía en algo más positivo, como llevarme la imagen de mi graffiti en un tren. A veces me paso todo un fin de semana en los túneles del subte, buscando lugares para pintar”.

¿Cómo comenzó en esto? “Por intermedio de un amigo francés, que iba y venía, y con los euros traía la pintura. Luego te invitaba a chequear. Así fui contactando a gente de Chile, Brasil, España y de Alemania. Yo empecé andando en Skate y me gustaba dibujar comics y animé. Pero cuando me enteré sobre los graffitis y la posibilidad de poner tu nombre en la calle, lo quise todo”, cuenta.

Los inicios de Tazco, otro joven grafitero, fueron parecidos: “Empecé en 2003, cuando tenía 16 años. En principio de la mano de experiencias callejeras como el skate. Surgió la idea de hacer graffitis cuando un amigo empezó a mostrarme las firmas”.

Según la teoría escrita sobre el tema, estas pintadas no son un fenómeno individual sino una manifestación juvenil sociocultural; un fenómeno que se corresponde a las conductas organizadas en ciertos grupos que actúan en las ciudades de forma consistente y evolutiva, donde a su vez exponen los sentidos de pertenencia e inclusión.

“En mi caso personal, por donde ya anduve, dejo mi firma. Por ejemplo, siguiendo los tags, viendo si en una esquina hay muchas firmas, puedo descubrir el escondite a más de uno” , cuena Brook y agrega que “el graffiti es marketing puro porque lo que yo hago en la calle es una publicidad para que la gente me conozca”.

Reacciones diversas

Podemos entender a esta expresión artística como una forma de rebelión frente a las autoridades o frente a la ineficacias de las instituciones para solucionar los problemas sociales.

“Yo pinto graffitis porque le encontré un sentido a la vida. Si no pintara no sé qué haría. Aunque estoy en el sistema, tengo un trabajo, voy con la motito, me gano el pan con propinas, para mí ésa no es mi vida. Mi vida es otra, la de imaginarme colores y formas para hacer el próximo graffiti”, reconoce Brook.

Pero como indicábamos antes, una pintada en una pared, en un tren o debajo de un puente no puede entenderse como producto de un solo individuo sino fruto de un grupo de personas que se organizaron para tal fin.

“La crew es un grupo de amigos que tienen un conjunto de letras que los identifica. Junto a los amigos de tu crew salís a la calle, a pintar y compartís un montón de cosas”, explica Tazco.

Por ejemplo, Brook es uno de los fundadores y miembros actuales de la “B2”. “En la crew hacemos algo que no hace nadie en la Argentina. Nosotros abarcamos los cuatro elementos del Hip Hop: el Dj, el graffiti, el break-dance y el rap”. “Entre las crews se compite por lograr el mejor estilo, quién aplica más vocabulario cuando está rimando y quién es el más prolijo cuando pinta un graffiti”, explica.

En tanto, las reacciones frente a las pintadas son variadas. Sobre todo cuando los grafiteros las “expresan” en las formaciones de trenes y subtes privados o sobre frentes de casas particulares.

“Para la empresa es un costo. Sólo está la seguridad normal para los pasajeros y no existe un personal seguridad especial para prevenir que sean pintados los trenes”, indica Flavia, del Centro de Atención al Pasajero de la línea Sarmiento de TBA. “Hay mucha mala educación y no cuidan los medios donde ellos viajan. Después protestan pero no se cuida el medio de transporte. Es un problema de la educación en la gente”, se queja.

En el caso de los subtes, el graffiti no presenta un problema de gravedad aunque desde el Centro de Atención al Pasajero de Metrovías confirman que “generalmente pintan en los pasillos y en los andenes, y después la gente de limpieza tiene que borrarlos con productos especiales”

En cambio, en vecinos y comerciantes, que amanecen con sus paredes pintadas, sí se observa mucha bronca. “Si llego a agarrar al que me hizo esto, lo mato. Hace un año que está ahí y no sale con nada”, dice Osvaldo, de Villa Urquiza, al ser consultado por Opinión Sur Joven sobre la firma que tiene en el frente de su casa. “¿Si les gusta tanto pintar porqué no lo hacen en su casa?”, pregunta. “Desde siempre tuvimos graffitis, cuando compramos ya estaban. No queremos arreglar el frente porque sabemos que al día siguiente va a estar pintado de nuevo”, indica Silvia, encargada de un negocio de alquiler de disfraces del mismo barrio.“Vivimos en una sociedad aislada. La gente que lo hace tiene que tener asistencia psicológica. Me refiero al que de noche se pone a garabatear las paredes ajenas”, opina.

En tanto, ambos grafiteros reconocen haber tenido problemas con la ley.

“Una vez me detuvieron, junto a un amigo, luego de pintar unos trenes en Tigre. Nosotros no teníamos experiencia y nos subimos al mismo que habíamos pintado para irnos. Cuando vino la policía, estábamos con todas las manos sucias y con una bolsa llena de aerosoles y picos”, recuerda Tazco.

“Nos llevaron a una oficina del TBA y luego a la comisaría, donde nos mantuvieron un rato. Cuando vino mi viejo a buscarme, nos advirtieron que nos habían abierto una causa, pero hasta el día de hoy nunca me llamaron”, señala.

Una de las “salidas” predilectas de la “B”, la crew de Brook, es ir a dejar sus firmas en los trenes. “Lo tenemos estudiado. Estamos escondidos donde ellos no nos pueden ver, pero nosotros sí a ellos. Desde ahí chequeamos y si hay unos cinco minutos en los que los de seguridad se van, pintamos y a los siete ya nos fuimos”, indica Brook.

Aunque “si vas a una yarda, donde no hay gente, y te agarra uno de seguridad o, en el peor casos, uno de Gendarmería, te tiran con balas de goma”, advierte.

El graffiti puede convertirse también en un recurso económico legal: “He tenido trabajos para Canal 7, Canal 9, Fox Sports, y ahora estoy realizando uno para las zapatillas especiales de Converse”, reconoce Brook. “Algo que estoy haciendo con mi prima, es diseñar mi firma en remeras, de una forma particular en la que parece un logo”, comenta por su parte Tazco.

Forma de vida

Las calles, los puentes, los trenes y las vías son el espacio urbano utilizado por los grafiteros para lograr su inclusión o colaboración en las crews. Tal vez, los grafiteros busquen reestablecer el reconocimiento de su identidad frente a una sociedad que todavía no les permite independizarse de una familia en crisis o frente una economía global que busca una mano de obra barata y exitosa.

Ellos se encargan de defender su “arte” y de explicar lo que les sucede por dentro mientras pintan. Tazco siente unas “mini vacaciones” de su pesada vida cotidiana: “Me hace sentir muy relajado, libre. También, más maduro en cierta forma, porque cada graffiti que hago, avanzo en el estilo, en la forma de pintar, en muchas cosas”.

Para Brook, en el graffiti “existe una cuestión artística y por el otro lado una aventura, para sentir la adrenalina”. Además, cuando empieza a pintar una pared donde tiene permiso, siente que el mundo “deja de girar”. Y concluye: “Es bastante inexplicable, muy místico. Sos vos y la pared, y nada más. No sé lo que me lleva a hacer todo esto que hago, pero sé que no lo puedo parar”.