Por Daniel Galvalizi

Ante el flagelo del desmonte, una fundación logra convertir en un negocio rentable la conservación de los bosques, con la colaboración de la sociedad civil y el Estado. Audacia y creatividad al servicio del ambiente.

Quién no tuvo alguna vez una idea que pensó que podía cambiar el mundo. A veces se da en una charla entre amigos, otras en soledad reflexiva, y otras en el medio de tu vida laboral. Muchas veces aquellos destellos de invención quedan perdidos en el camino, por opacidad, por imposibilidad de llevarlo a cabo, o por falta de audacia. Pero otras veces, no.

Como dice el refrán, el mundo es de los que se atreven. Y eso pasó con el Banco de Bosques, una fundación que viene a luchar desde el llano combatiendo el paradigma del capitalismo destructivo con su ecosistema.

Y no es poca cosa. Porque casi 14 millones de hectáreas de bosques nativos en el mundo desaparecen anualmente, lo que equivale a una vez y media Buenos Aires por día. Al desaparecer los bosques, también lo hace la diversidad que ellos albergan y también se esfuman los servicios naturales que brindan a la sociedad, como la conservación de fuentes de agua, la prevención de inundaciones y la protección de los suelos.

Cuando se habla de desmonte, tema cada vez más en boga en los últimos años por su despiadada actividad en los dos mayores ecosistemas de Latinoamérica (la Amazonía y el monte chaqueño), es imposible no recordar que los bosques nativos contienen el 65% de la diversidad biológica del planeta y funcionan como grandes reservorios de dióxido de carbono, principal gas que causa el efecto invernadero, madre de todos los males del calentamiento global.

La tasa de deforestación anual es tan alta que recrudece el cambio climático a pasos agigantados, además de traer perjuicios a los pueblos originarios y a la flora y fauna. Por eso, una idea que busque dar vuelta la taba del desmonte por vía de la rentabilidad económica no podía no ser buena.

Los Grobo de los bosques

“Un día un importante desmontador y hacendado de Salta me citó a almorzar y me dijo tenía la autorización del gobierno provincial para desmontar 6 mil hectáreas, pero que yo tenía razón, que desmontar era horrible y que lo había charlado a nivel familiar y que preferían optar por alguna alternativa, incluso ganando menos plata de la mucha que ganaba con la soja. Y ahí me di cuenta que las empresas buscan ganar plata pero con cierto nivel de certidumbre”, relata Emiliano Ezcurra, recordando la génesis de su creación, la Fundación Banco de Bosques.

Emiliano había trabajado 20 años en Greenpeace y coordinó durante mucho tiempo la campaña de bosques, hasta que llegó a asumir el cargo de Director de Campañas, que en los hechos es el número dos de la filial argentina de la ONG ambiental más famosa del mundo. Hace más de cuatro años comenzaba a garabatear en el pensamiento su idea que lo llevaría a emanciparse.

“En esa charla con el hacendado pensé que había que generar una alternativa a todo este desastre. Si este hombre que es un desmontador sojero se sensibilizó, significa que se puede lograr lo mismo con otros. Porque no podíamos estar toda la vida encadenados a los árboles y las topadoras para evitar el desmonte. Eso o hacer spot con Natalia Oreiro no es ganar la batalla. Si logramos tener el mismo cerebro que Grobocopatel (la empresa familiar sinónimo del boom de los pooles sojeros) pero para lo contrario, para hacer crecer el bosque, es cuando podemos ganar”, explica.

En esa sintonía, Emiliano se plantó ante Greenpeace y avisó que daba un paso al costado para darle fuera a su idea, que excedía los límites de acción de la ONG. Sin fondos ni estructura y con sólo su know-how a cuestas, comenzó a crear en 2008 el Banco de Bosques bajo una premisa: “La victoria final solo se va a lograr de la mano de la economía, una economía nueva que permita seguir generando trabajo y energía pero con el planeta en las mismas condiciones. Por eso tenía que armar algo que me permita dar el primer paso, que era comprar los bosques y sacárselos a los desmontadores”.

Emiliano analizó el negocio y supo que era inviable comprar pocas hectáreas, ya que los campos se vendían en miles de hectáreas. Pensó una herramienta en la que realizaba una especie de loteo por hectárea en la que, fragmentándolo y permitiendo que la gente colaborara con poco, luego se podría generar una especie de pool sojero a la inversa. Es decir, un pool de bosques. Una vez comprado el total del terreno (y rescatado del desmonte) se lo pondría a producir en forma sustentable.

“Los bosques producen miel y eso tiene valor, y producen madera y de manera racional se puede sacarla en tanto respete la tasa de reproducción, y hay turismo que genera valor, y productos no madereros como las raíces que se venden. Si se logra tener una pequeña ganancia con cada uno de esos, tenemos una ganancia que puede, si bien la mitad de lo que se gane con soja, hacer rentable y posible el negocio”, señala.

La Fidelidad

Después de un primer año y medio complicado, la fundación comenzó a consolidarse, consiguió donantes y puso en marcha su primer proyecto en un terreno en la selva misionera, cerca de la frontera con Brasil. Pero a principios de 2011 buscó un nuevo desafío, mucho más grande: La Fidelidad convertida en parque nacional.

“La Fidelidad es nuestra nave insignia. Es una estancia de 250.000 hectáreas ubicada en la frontera entre Chaco y Formosa, en el río Teuco (un brazo del Bermejo). Es un edén, un Arca de Noé para el ecosistema chaqueño, y si se lo salva va a permitir restaurar áreas degradadas porque se puede transportar biodiversidad”, asegura.

Esta hacienda pertenecía a Manuel Roseo, un hombre de de 75 años asesinado en un presunto robo el año pasado. Si bien tiene herederos, la voluntad de la Fundación Banco de Bosques es convertir esa área tan estratégicamente vital para el degradado monte chaqueño en un Parque Nacional, lográndolo a través de una expropiación con pago. Y tiene la historia a su favor: de los 34 parques nacionales argentinos, 29 fueron creados de esta forma, inclusive el Iguazú.

Según Emiliano, La Fidelidad tiene la escala “de un parque africano, como para albergar un predador mayor como el jaguar, y las fuentes de empleo por el turismo serían muchísimas”.

Los trámites legales están a mitad de camino y según augura, faltan dos años más como mínimo. El proceso legal para que se permita la expropiación ya fue alcanzado en Chaco (previa ley de su Legislatura) pero están en fase cero en Formosa, algo nada irrelevante ya que 120.000 hectáreas de La Fidelidad están en territorio formoseño.

Por ahora, el 10% del total de la hacienda ya está comprada gracias a aportes privados (principalmente el de la empresa de agua mineral Villavicencio, que realizó una campaña publicitaria en base al proyecto y donó un porcentaje de dinero con sus ventas que redituó en 22 millones de metros cuadrados) y a un aporte del Estado nacional. El valor de la hectárea fijado por la Junta de Valuación Fiscal fue de 100 dólares, pero será litigado por los herederos, según ya anunciaron.

“La Fidelidad queremos hacerla una catedral científica y turística, y eso es lo que le va a dar ingresos. Hay muchas especies no estudiadas y las universidades e institutos pueden pagar para ir. Hay allí 100 aves endémicas, y pensemos que en el mundo hay registrados 200 millones de birdwatchers. En La Fidelidad encontrás además tapir, jaguar, carpinchos, oso hormigueros, es lo más parecido a Sudáfrica que podemos tener en la Argentina. El turismo es la clave, como pasó con los Esteros del Iberá, y hay que recordar que esa actividad el año pasado generó más divisas que las exportaciones de maíz y trigo combinadas”, enfatiza Emiliano.

El fundador del Banco de Bosques critica que en Argentina la gente es “muy pampeana”: “No se puede importar un modelo de producción pampeano a una matriz de bosque. Un bosque no es intocable, se le saca madera, fruta, medicina, el bosque es un supermercado. Pero los pampeanos somos tan simples que no lo vemos y cuando estás atado a la topadora, te dicen que estás loco, que ahí van a desmontar para fabricar alimento”.

Uno de los desafíos de Emiliano es cómo hacer sustentable su propia creación, que tiene financiamiento escueto y, hasta ahora, poco conocimiento popular. Él afirma que una de las claves de su equipo de 5 personas (mas 20 voluntarios) es no burocratizarse ni generar estructuras pesadas y tampoco adquirir “juguetes” caros, como camionetas u otros mobiliarios.

“Aspiro a abrir la empresa de Banco de Bosques que le saque las inversiones a los desmontadores para que esa plata vaya a comprar colmenas, comprar carbón certificado, etc. Juro que me ha pasado que vino gente y me dijo ‘tengo 1 millón de dólares y quiero invertir en algo que no haga mierda el mundo’. Y yo respondo que si lo meten en soja te va a dar 10%, si lo haces en manejo integrado del bosque 4%. Ese empresario  eligió lo segundo pero me pidió un  análisis de riesgo y no lo tengo. Estamos trabajando para lograr eso, para poder mostrarlo. Hoy no podemos aún”, dice mirando hacia el futuro.

A fines de 2013 si no está el dinero juntado, se caerá la expropiación de La Fidelidad. Resta sumar el 90% del dinero necesario, que como dice Emiliano, generará “un parque parido por la gente, rescatando el espíritu de Perito Moreno: donar algo en vida para la nación, la ciencia y el turismo”.

Motivaciones para colaborar a la causa sobran. Como transmite vehemente Emiliano, “los hombres y mujeres creemos que podemos dominar a la naturaleza, y es incorrecto, la naturaleza te domina de punta a punta. Se creen que la dominan y después ella te muele a palos para demostrarte lo contrario”. La Fidelidad surge así como un oasis en el medio de la tragedia del desmonte indiscriminado, de la codicia de la agricultura intensiva y como recordatorio de que hay soluciones creativas más allá de las formas de resistencia convencionales. .

A veces, también una buena y simple idea vale más que mil palabras.