La cinematografía actual atraviesa una situación de extrema radicalización de mercado; la torta se reparte desigualmente. De un lado, el cine norteamericano; del otro, el resto del mundo. ¿A qué se debe que el cine más taquillero del mundo sea el del Gran País del Norte? ¿Qué le queda al resto de los films? ¿Quién podrá defendernos?

De las 18 películas que se exhibían en un multicine a principios de febrero, 14 fueron producidas en los Estados Unidos; casi el 80 % de la oferta de cine es norteamericana. El otro 20% se divide en films argentinos, húngaros, alemanes y chilenos.

¿Por qué hay tantos films norteamericanos en cartel? Una primera respuesta podría ser “porque a la gente le gusta el cine americano”. A lo que se podría responder: ¿Cómo podría no gustarle, si éste ocupa el 80% de las salas?

En síntesis, ¿esta superabundancia de films norteamericanos se debe a que la gente los prefiere o a que la gente los elige debido a su superabundancia? ¿Quién vino antes: la demanda hiperfocalizada o el oligopolio? ¿El huevo o la gallina?

Todos queremos ver el último tanque Yanqui. Ya no nos interesa el argumento, la historia y menos que menos la profundidad de la obra, sino que asistimos al desfile de imágenes como niños embelesados ante los fuegos de artificio. Los tanques norteamericanos son un juego aparatoso que todo lo suma: grandes estrellas, grandes decorados, grandes efectos, grandes carteles publicitarios, grandes polémicas, gran pochoclo ilustrado. Ahora, ¿tiene algo de malo todo esto? Evidentemente no. Cada cual es libre de elegir qué es lo que quiere ver, con qué quiere disfrutar o si a su café le pone azúcar o edulcorante. Pero el problema es la forma en que se negocia la distribución de las superproducciones.

Tanques protegen infantería

Supongamos que un estudio norteamericano produce una gran superproducción protagonizada por un mono gigante (toda similitud con la realidad es mera coincidencia). Supongamos que para ello se ha gastado una suma similar al PBI de Angola. Supongamos también que -conocedores del mercado- los distribuidores traen otros pequeños films bajo el brazo, muchos de los cuales en Estados Unidos son enviados directamente a distribución en DVD.

Supongamos que a la hora de negociar el estreno del tanque -con mono incluido- inventan una cláusula según la cual permiten la exhibición del tanque si -y solo si- las salas se comprometen a exhibir esa serie de films de dudosa calidad. Como de tontos nada o poco poseen, saben que nadie dejará escapar la posibilidad de exhibir el tanque. Por eso ponen en práctica una antiquísima estrategia bélica: tanques protegen infantería.

Así, con la venta de la superproducción incluyen un paquete de entre dos y seis films menores, que obligan a exhibir. Entonces, suponiendo que se estrenen dos tanques por trimestre, tendremos ocho películas de dudosa calidad, lo que totaliza 10 del mismo país de origen; esto es el 70% de la cartelera. ¿Si eso no es oligopolio, el oligopolio dónde está? Entendemos por ejemplo de Tanque: Troya de Wolfgang Petersen. Esa película bien podría haber sido metida en un mismo paquete junto a El Descanso (The Holliday), de Nancy Meyers o Legalmente Rubia, de Robert Luketic.

Si me encuentro caminando por el desierto durante días con un calor extenuante y de pronto aparece un hombre que me ofrece aceite y brea para elegir qué tomar… ¿estoy eligiendo libremente?

Mucho pochoclo y algunas falacias

Muchas veces se dice que el cine norteamericano y su imposición agresiva y desmedida en el mercado cinematográfico impide que los films autóctonos sean verdaderos éxitos de taquilla. Esto es una verdad a medias. Si bien las producciones del Gran País del Norte oprimen y desplazan a las del resto de los países, también es cierto que algunas cinematografías -por lo arriesgado de sus planteos y por la precariedad de sus sistemas de producción- no podrían alcanzar jamás el tope en la lista de taquillas.

Es decir, es casi imposible que la última película vanguardista recaude más que King Kong. Pero ¿cómo se puede hacer para que al menos pueda ser exhibida en un mercado que le permita competir justamente con las demás producciones?

En el caso de la Argentina se producen más de 50 películas al año. La gran mayoría de ellas sufren un gran revés a la hora de la taquilla. Esto se debe tanto al poco interés del público como a la competencia desleal con una cinematografía de mucha mayor capacidad de producción.

En estos tiempos de desigualdades admitidas y levantamientos a favor de la competencia y el oligopolio, parece que ganar a toda costa no es negativo. Pero yo predico a favor de la competencia real que impida que exista un solo discurso y promueva una verdadera diversidad.

Para eso, sería bueno que los films sean regulados en su exhibición y más aún a sabiendas de que no son sólo objetos de consumo sino expresiones artísticas.

No todas son pálidas

Por suerte existen varios organismos internacionales (la mayoría del viejo continente) que funcionan a modo de apoyo para nóveles creadores. Instituciones como Huber Bals (Holanda) y la Berlinale (Alemania) becan a creadores para que desarrollen guiones, propuestas estéticas o estructuras de dirección. Claro que luego se llevan algunos derechos de la obra terminada, pero la mayoría de las veces conviene a la difusión del producto. Ejemplos de directores que recibieron este tipo de ayuda son Rodrigo Moreno (“El Custodio”) y Pablo Trapero (Nacido y Criado).

De este lado del charco se encuentra Ibermedia, el gran mecenas del nuevo cine argentino. Este organismo recibe proyectos en forma constante y se expide dos veces al año acerca de los beneficiarios del apoyo monetario. Esta institución llega a subsidiar hasta el 50% del presupuesto total.

En cuanto a la exhibición del cine “emergente” o “soldado raso” -siguiendo las analogías belicistas- también hay algunas buenas noticias: cada vez son más los aficionados a los festivales de cine independiente en el mundo. En el caso del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) la cantidad de concurrentes en 2006 fue casi del doble que en 2005. Lo que sucede con estos festivales es que, algunos sutilmente y otros en forma obvia, van virando luego a transformarse en espacios políticos que en nada se asemejan a sus preceptos originales. SUNDANCE es el caso ejemplar de esto.

Tal vez de eso se trate el cine independiente: un inicio para luego abordar las costas de lo institucional, lo solemne. O tal vez sea todo lo contrario: un camino sinuoso, imperfecto, a veces muy poco valorado, en donde la poesía cinematográfica se hace presente.

+Info

Fundaciones vinculadas al mundo del cine:

Contactate, Tomás de Leone, autor de la nota. Y también podés ver la sinopsis de Galápagos, cortometraje dirigido por el autor.