El transporte público moviliza diariamente a millones de personas en todos los países. ¿Paradas fijas o flexibles? ¿Horarios prefijados o que llegue cuando quiera? ¿Viene llenísimo o hay lugar para sentarse? Diferencias culturales a la hora de transportarse en la ciudad.

Ilustración: Guadalupe Giani

Colectivo, bus, bondi, micro, ómnibus, gua gua o guagüita, camión, coleto, autocar… en cada país de la región tenemos otra palabra para designarlo. No importa cómo se lo llame, si hay algo que casi todos los lugares de América Latina comparten es la tediosa e interminable espera del transporte público. En algunos países llega en el horario estipulado sin ningún tipo de problema. Se sabe exactamente a qué hora y, como relojito, allí está. En otros, eso es una ocasión casi de festejo y asombro. Algunas paradas están bien señalizadas; otras, se pierden entre los graffiti y la vida urbana. Cada vez que se tiene que esperar demasiado se piensa en el complejo y desordenado sistema de transporte público. Es interesante ver cómo funciona en distintos países. De algún modo esta pequeña postal de la vida cotidiana nos describe como sociedades. ¿Cada cuánto pasa el colectivo? ¿Se avisa con anticipación los horarios y frecuencia? ¿Dónde para? ¿Por qué a veces hay que viajar apretujados como ganado? Del cansancio, muchas veces, se recurre al taxi. Pero ¿y si no hay plata?

Paradas sí, paradas no

Brasil. Desconcierto general: miradas que se quejan, labios que se tuercen, puteadas, corridas y -por qué no- alguna demostración violenta contra la puerta de ascenso.

Hace más de media hora que se espera. A lo lejos, doblando en la esquina se lo ve venir, con su numerito bien grande y su lenta marcha (o esa velocidad espeluznante que suele tener en los morros y calles de Brasil). No se sabe bien dónde para. A veces no hay asiento con techito y mucho menos carteles que indiquen que sí, es ahí donde hay que esperar. Entonces se le pregunta al quiosquero, al hombre del puesto de revistas o a cualquier transeúnte que ande suelto. Es casi un saber doméstico y enigmático. Un secreto urbano. “Ahí, al lado del poste de luz”, “debajo de los andamios de ese edificio”, “cerca de esa puerta amarilla”. La realidad es que nadie sabe bien. Pero ya no importa demasiado porque ahí está, acercándose. Inmediatamente a uno le surge una efervescencia extraña, producto de saber que -¡por fin!- se está en vías de arribar a destino.

Pero no. Cuando finalmente uno levanta el brazo indicándole al chofer que pare, detrás de ese gran vidrio se ve un malicioso dedito índice moviéndose de un lado a otro como los limpiaparabrisas. Con ese inocente movimiento deja en claro que, una vez más, nos hemos equivocado. Allí no para. Entonces, anonadados, bastante furiosos y levemente humillados, vemos que a 30 metros nomás se detiene y baja una persona. Luego continúa su recorrido y los vemos irse a lo lejos. Y nosotros debemos seguir esperando.

En Valparíso, Chile, no importa dónde estén las paradas exactamente. Se detienen en cualquier lado y por lo general no hay problema. En La Plata, Argentina, depende del humor del chofer, pero en la mayoría de las ocasiones paran donde uno esté. Eso sí, el reto y las indicaciones hay que bancárselas cuando uno ya subió al “micro” y espera a que lo autoricen a introducir las monedas en la máquina.

En las ciudades de Shenzhen y Kunming, en China, las paradas están muy bien señalizadas, pero son tantas personas las que necesitan viajar diariamente que el humor del chofer es altamente volátil. Sin embargo, para donde sea.

En Estados Unidos nadie se puede subir al bus hasta que no esté perfectamente estacionado y detenido en el lugar exacto en donde está delimitada la parada. Y sin importar la hora, la temperatura exterior o el tiempo que falte para que pase el próximo vehículo.

¿Falta mucho?

¿Qué pasa que no llega? Quizá esta pregunta sea la más enigmática a la hora de hablar del transporte público. Muchas veces que tomé colectivos escuché a choferes quejándose con otros colegas o inspectores acerca de los horarios. Por lo general, hay uno o dos que se atrasan y -en efecto rally- les generan problemas a todos los demás. Algo típico: todos los choferes se quejan de sus compañeros. La culpa siempre la tiene otro. Por lo general “el gordo egoísta”, “el chanta ese” o “el mal compañero aquel”.

En Buenos Aires, no hay ningún tipo de control de horarios en el transporte público. Uno sabe que de día puede esperar entre 5 y 15 minutos. De noche, dependiendo la línea, los tiempos van entre los 15 minutos y la hora. El problema, especialmente de noche, es que uno nunca sabe cuánto hace que pasó el último colectivo. Entonces se puede estar 55 minutos esperando, con la incertidumbre de no saber a qué hora se llegará a casa.

En 2009, se colocaron GPS en los colectivos. No están a la vista, pero mandan información al Centro de Monitoreo del Tránsito, del Ministerio de Desarrollo Urbano de Buenos Aires, sobre la posición en la que se encuentran. Ahí hay pantallas con mapitas, comparaciones de velocidades a diferentes horarios, planillas de arribos predictivos y hasta un simulador que prueba posibles variaciones en el tránsito. La empresa, Bondicom – Ojos del Cielo desarrolló un sistema virtual que permite ingresar a una página Web y ver en qué punto del recorrido se encuentra cada colectivo. También se puede consultar a qué hora arriba a cada parada por SMS. No todas las líneas tienen este sistema. Si uno supiera a qué hora exacta pasará el colectivo que lo llevará de vuelta al hogar, podría esperar tranquilo en lo de algún amigo, sin dudar si comerse o no esa cuarta porción de pizza.

En China, hay cámaras de monitoreo e incluso mini televisores para que la gente se entretenga en el colectivo, y -de paso- para que se olvide que hay dos millones de personas respirándole encima.

En Estados Unidos (salvo en New York) y en algunos países de Europa todos los buses están cronometrados y se puede conseguir un folletín de las líneas en que se dice expresamente a qué hora y minuto pasa cada colectivo. Como contracara, la frecuencia suele ser mucho más larga.

Pero si hay una realidad, al menos en varios países latinoamericanos, es que la espera del colectivo es eterna. Cuando finalmente llega, uno experimenta sensaciones que de tan encontradas se hacen hasta poéticas: alivio, enojo, resignación, violencia. Y otras veces cuando pasa, lo hace tan lleno de gente, que no para.

¿Cuándo tomar el taxi?

Por todo esto, se estableció una relación extraña entre el colectivo y el taxi. Cada vez que estoy en la parada del colectivo aparece un taxi detrás de otro, deslizándose lentamente frente a mis ojos como si me ofrecieran un bocado tentador e inalcanzable. Pasan y se mueven como depredadores en busca de su presa. Y es particularmente en las horas más tempranas, cuando este juego casi selvático se hace atrayente. El colectivo se lo da fácil: nunca viene a la hora que debería, dejando un vacío profundo en la parada que se siente en los pies que se mueven de un lado a otro, o en las muecas descontentas, o en los gestos de impaciencia (y, a veces, en la sana elegía del insulto).

Los taxis pasan con sus carteles de LIBRE, encendidos con esa cosa lujuriosa y pasional del rojo que siempre llama. Pero el que espera titubea, a veces se adelanta y se aleja, hasta que finalmente decide subirse. Otros, testarudos e inclementes, como yo, preferimos que se nos tiente y que se alejen. Y aún otros -más maquiavélicos o histéricos- entablan una relación particular con los tacheros, acercándose, preguntando, pensando un rato, para luego dejarlos ir y volver a la resignación de la parada.

El tema de los taxis no es fácil. A fines de 2009 se planificó un aumento en la bajada de bandera; de $3,80 pasaría a $4,60. Esto se hizo efectivo este año. La ficha cae cada 200 metros o después de un minuto de espera ($0,46). Hoy casi no hay viajes por menos de $10 y en promedio los recorridos son de 20 mangos. Los montos del colectivo, por otro lado, se mueven entre los $0,80 y los $2,00 en la Provincia de Buenos Aires. La diferencia en la economía es amplia. Y se espera que para octubre y diciembre de este año el taxi suba un 13%. Los aumentos resultan bastante complicados para el bolsillo. Por ende, uno siempre tiende a aguantarse la espera y los caprichos de los colectiveros.

No obstante, tomar un taxi acontece cuando ya no se da más y se quiere llegar a destino cuanto antes. El fastidio y la violencia son tan grandes que termina ganando el transporte privado. O se lo toma cuando uno está apuradísimo y no tiene tiempo de esperar el colectivo. En esos casos extremos ya se está dispuesto a pagar una fortuna para cubrir 10, 15 0 20 cuadras. No importa. Y yendo en contra de la primera frase que lanza Fito Páez en “Eso que llevas ahí”, ¡lo importante es llegar!

¡Auxilio! Me están robando

En definitiva, el servicio de colectivos es desidioso y caótico. Las escenas de la Argentina se repiten en la mayoría de los países de la región. Basta ir a Bolivia donde los colectivos no tienen siquiera número y uno se entera el recorrido a través de los gritos de los chicos que abren y cierran las puertas.

Pero la mayoría de las personas lo aceptan tal cual es en cada uno de los países. Tal vez por tradición cultural, tal vez por resignación. Como un sumiso rebaño allí vamos: a la gran espera, a las paradas mal señalizadas, al caos y al desorden. Viajamos resignados –porque pagar un taxi se nos hace cada vez más inaccesible- y encima a veces recibimos algún que otro mal trato o desplante por no saber exactamente dónde para. Por eso por momentos uno no puede dejar de sentir una extraña sensación de robo, de humillación, de abandono, o -como se dice en la Argentina- de que se nos está tocando el culo.

Hace unos días estaba dentro del colectivo. Viajaba parada y observaba uno de otra línea que estaba al lado. Los choferes de ambos se saludaron y hablaron durante la luz roja. Mientras ellos criticaban a otros choferes y a los horarios, observé que debajo de una ventanilla del otro colectivo había un cartel que decía muy entusiasta “¡Si me ven fuera del recorrido, auxilio me están robando!” y daba un número al que llamar. No pude evitar reírme. Primero ¡porque el colectivo hablaba! Y segundo, porque estoy muy segura, que más de uno -descargando broncas- habrá llamado a ese numerito para hacer jodas, putear o simplemente reclamar lo que está en su derecho.

No importa cómo lo llamemos. El transporte público es siempre muy importante porque es lo que permite moverse por la ciudad a todos, especialmente a los que menos tienen. Si vienen antes, no tan llenos y uno tiene más claro dónde paran y a qué hora, automáticamente mejora la calidad de vida de las personas que usamos estos vehículos. Un buen sistema de transporte hace que podamos usar media hora más por día para descansar, estar con la familia, estudiar… No es un lujo, no es cuestión de plata, es cuestión de prioridades que a veces no se tienen en cuenta en una región en que lo urgente opaca a otras cosas también muy importantes.

Ilustración: Guadalupe Giani

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Links para transportarse en la ciudad:

Desarrollo Urbano de Buenos Aires

Te acercamos la página Web de la empresa Bondicom para que veas en qué punto del recorrido se encuentra cada colectivo

Un sitio donde consultar líneas, recorridos y tarifas del transporte de Buenos Aires

Ilustración: Guadalupe Giani