Muchas empresas y organizaciones exigen a sus empleados que trabajen muchísimas horas, de manera presencial. Esto conlleva perjuicios a la salud mental de la gente y pérdida de contactos con sus familias. La siguiente nota hace una recopilación de casos y asegura que no siempre se trata de una necesidad económica, casos a los que justifica, sino de un tema de cultura organizacional. ¿Se podría hacer lo mismo en menos tiempo?

Adrián tenía 22 años y se le presentó lo que él consideró la oportunidad de su vida: trabajar en una de las productoras de televisión más importantes de su país. Era estudiante de periodismo y siempre había soñado trabajar ahí. Empezó muy emocionado en un programa de denuncias: buscar información, entrecruzamiento de datos, entrevistas con políticos… estaba muy contento con su labor. El único problema era que le pagaban muy poco, por un trabajo de entre seis y ocho horas diarias. Pero la experiencia lo valía.

Sus jefes estaban contentos con lo que hacía. Hasta que una movida interna de la empresa hizo que lo pusieran a cargo de otra persona. Adrián no le cayó bien a esta mina y lo desplazó a otro proyecto.

Le aumentaron muy poquito el sueldo, pero lo mandaron 12 horas por día a hacer guardias en un reality show y cuidar que “a los chicos no les falte nada”. El proyecto lo aburría pero él quería laburar en esa productora, así que siguió. Ese año tuvo que dejar la universidad. No era compatible con un trabajo de 12 horas diarias.

Cuando terminó el período de prueba lo echaron sin explicaciones. “Te volvemos a llamar cuando surja algo”. No se trata de que Adrián labure mal. A casi todos los que entran ahí les pasa lo mismo.

Durante mucho tiempo se creyó que el avance de la tecnología haría al hombre más libre: máquinas o robots harían tareas por ellos y el ser humano sería más libre. Pero esa utopía sólo puede ser pensada por alguien que no sabe nada de economía o ambiciones humanas.

Adam Smith -padre fundador de la economía moderna- descubrió que en última instancia lo único que da valor a las cosas es el trabajo humano. El aire es gratis, por ahora; el agua de un lago patagónico también. Pero el agua embotellada cuesta dos pesos, porque al recurso natural se le agrega el valor del trabajo humano. Si somos más personas las que podemos trabajar (porque las máquinas hacen el resto) el ser humano querrá crear nuevas cosas, crear más valor para que cada vez él y su contexto estén mejor y mejor y mejor y mejor…

Los pensadores se imaginaban un futuro sin trabajo, en que las máquinas hicieran todo -o casi todo- por nosotros. Pero la realidad es muy distinta.

Ignacio es ingeniero y trabaja en una multinacional. Se recibió hace poco en una universidad privada y gana muy bien. En su primer año ganó el doble que un periodista de cinco años de experiencia y el triple que un médico recién recibido, con muchas vidas a su cargo. Su contrato es por ocho horas diarias con una de almuerzo. Pero le obligan a trabajar 12. Si finaliza antes tiene que quedarse las 12 horas porque lo miran mal; si un día no termina una tarea tiene que quedarse hasta que la concluya.

Hace poco un compañero se rebeló y dijo que se tenía que ir a su casa a las 9 pese a que no había terminado su tarea. El jefe le contestó: “Nosotros te avisamos que acá había que ser flexible con los horarios”. “Flexible para ustedes, porque cuando yo termino antes no me puedo ir”, respondió el compañero de Ignacio. Al mes siguiente lo despidieron.

Ignacio vive en las afueras de Buenos Aires, tiene una hora de viaje de ida y una de vuelta. Se levanta a las 7:30, llega al trabajo a las 9, regresa a su casa a las 22 y a las 0 hs. se va a dormir. Pero gana muy bien.

Gastón eligió salvar vidas. Eso es lo que quiere hacer hasta el día de su muerte: médico. Existen algunas particularidades de la carrera de medicina en la Argentina que no vienen a cuento ahora. Pero básicamente exige suspender tu vida desde los 18 a los 24 años, como mínimo.

Una vez que te entregan el título empieza una segunda tortura. Para ejercer no alcanza con el diploma sino que primero hay que hacer algo que se llama residencia, que es una especie de pasantía rentada a la que se accede a través de un examen.

¿Cuáles son las condiciones de trabajo?

Son aproximadamente 12 horas diarias con un franco rotativo. Hasta acá no hay drama. El problema es que dos o tres veces por semana están obligados a hacer guardias de otras 12 horas.

Esto implica que tienen que llegar a la mañana temprano (a las 7 por ejemplo) y trabajar hasta las 19 cuando se termina su turno. Pero no. A las 19 empieza la guardia de 12 horas hasta las siete de la mañana. Y ahí se tienen que quedar cumpliendo su turno hasta las 19 del día siguiente. ¡36 horas de trabajo ininterrumpido! En el medio duermen algunas horas, pero de todas formas no me gustaría ser atendido por ese médico a las 18:30 del día posterior a las guardias. No creo que me pueda atender en condiciones dignas.

Hace unos años me tocó entrevistar a un abogado laboralista muy crítico a las políticas neoliberales. El mundo era otro: Argentina tenía un 20% de desocupación, él era opositor al gobierno y en Francia la izquierda tenía mucho poder. Hoy Héctor Recalde es diputado oficialista, en la Argentina hay casi pleno empleo y en Francia gobierna una derecha bastante cruda. Pero entonces él recomendaba mirar hacia la Torre Eiffel para solucionar los problemas del país. “Sería interesante bajar el máximo de horas laborales a seis, como hacen en Francia. Hoy la ley dice ocho horas y se trabaja 12. Entonces, si se necesitan más horas de trabajo, ¿por qué no dividir en dos los puestos?” ¿Posición ingenua? Tal vez, pero con un lindo horizonte. ¿Por qué se trabaja tanto?

Esclavos del siglo XXI. ¿Por qué se da ese fenómeno? Creo que básicamente por dos motivos.

El primero es la necesidad de ambos lados del mostrador. Por un lado aquel que no tiene otra opción para sobrevivir; el taxista (peón o dueño) que tiene que estar 14 horas en la calle para hacer un sueldo digno; el pequeño comerciante que tiene que abrir su negocio todos los días e incluso fines de semana para que la cosa marche. Del empleado que no consigue otra cosa. El problema de la subsistencia amenaza en nuestros países a todas las clases sociales; sobrevivir es en muchos casos una misión imposible.

Pero existe otro motivo por el cual se genera esta esclavitud. La cultura de organizaciones y empresas que consideran que sus empleados son esclavos y deben consumirles hasta la última gota de su tiempo. Cuanto mejor pagan, peor es. Existe una cultura de que el que más tarde se queda es mejor empleado, de que la empresa tiene que crecer sin importar cuántas vidas quedan en el camino.

Los sistemas -como el de la medicina- son conformados por personas que no entienden que nadie puede curar si hace 36 horas que está trabajando (aunque en el medio duerman un par de horas). Y no me importa que los médicos que ya la pasaron lo miren con nostalgia. El sistema no sirve y hay que cambiarlo. ¿Por qué pocas empresas promueven el mecanismo de que el que termina antes se va antes?

Mi amigo Guillermo trabaja en un estudio de diseño dirigido por mujeres. Nadie se puede quedar después de las 18. “Las jefas nos tenemos que ir a atender a nuestros hijos y no nos parece justo que otros se queden”. Sólo se viola la norma ante alguna entrega importantísima.

Algo similar sucede en el Congreso de la Nación, gracias a la incorporación progresiva de mujeres a la política. Las sesiones se tienden a hacer más temprano y se intenta que no terminen a altas horas de la noche. Por supuesto, no siempre se logra. Tal vez estos ejemplos positivos dejan entrever las consecuencias, la contracara de la esclavitud del siglo XXI: chicos que se crían sin sus padres con la tele como principal educador.

Personas cada vez menos creativas, cuya principal preocupación es cómo boludear mejor en el laburo. Personas cada vez más consumidas y menos felices.

Para los griegos -en un concepto luego retomado por la filósofa Hanna Arendt- existían tres vocablos para el verbo trabajar. Trabajo, labor y acción. El trabajo tenía que ver con la satisfacción de las necesidades materiales de subsistencia (arar la tierra por ejemplo); la labor tenía que ver con necesidades materiales para hacer más cómoda la vida (por ejemplo armar una sillita para sentarse); por último, la acción tenía que ver con la vida política, con estudiar, filosofar, ayudar a construir el bien común e incluso con el ocio. Según los griegos, la acción tenía que ver con llevar una “vida contemplativa”, propia de los hombres libres. Un mundo sin “trabajo” y “labor” (siempre en términos griegos) es utópico, irreal y hasta aburrido. En su momento era posible para unos pocos que tenían la “suerte” de tener esclavos de verdad. Hoy la realidad es otra, pero de alguna manera todos -o muchos- nos convertimos en esclavos.

Para una empresa que está trabajando al tope de su capacidad instalada tal vez es necesario que sus empleados hagan horas extras, y no es criticable.

Pero creo que las empresas y organizaciones deberían buscar la forma de eficientizar su trabajo y darle a sus empleados más horas para estar en sus casas, disfrutando de la vida, de su familia… seguramente eso redundará en una mayor eficiencia y en mejoras económicas para los empleados.

Jornada laboral de seis horas. ¿Suena utópico, no? Seguramente solucionaría muchos problemas sociales y fallas de la sociedad en la que vivimos.

+Info

Libros:

“La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith. Fue publicado en 1776 y es la obra más famosa del autor. Se considera el primer libro moderno de la economía.

“La Condición Humana” de Hannah Arendt. A través de su obra, la autora se refiere a la realización del hombre por medio del trabajo, entendiendolo como el medio por el que nos realizamos como personas.

Una película:

El Diablo se viste a la Moda, dirigida por David Frankel y protagonizada por Meryl Streep y Anne Hathaway, retrata la historia de una joven periodista que busca abrirse camino en una de las más influyentes revistas de moda de New York.