Roberto Sansón Mizrahi
Enero de 2015    

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La transformación social exige de esclarecimiento e imaginación. Una mirada a la significación y el papel que juegan esos dos críticos elementos y a algunas de las circunstancias que condicionan “el comprender” y el “imaginar el futuro anhelado”.

La transformación social (económica, política, ambiental, cultural y todas las otras dimensiones involucradas) es una marcha de larga data que, salvo cataclismos naturales o inducidos, resulta ser de naturaleza permanente. Esto, por cierto, no implica linealidad. Infinidad de casos de avances, de retrocesos, de inesperadas metamorfosis, jalonan la historia de la humanidad. Es que las transformaciones sociales son motorizadas por seres humanos en sus circunstancias, diversos, singulares, con muy desigual poder de decisión y diferentes intereses a defender.

Anticipar cómo siguen los senderos de la transformación social es una tarea predictiva por demás incierta. Tantas variables en juego, tantas diversas relaciones entre humanos, tan cambiantes circunstancias y desigualdades, aseguran hechos inesperados, tendencias creídas eternas que se quiebran, constantes reacomodos, imposiciones por doquier, fundamentalismos que antagonizan, reacciones valientes y de las otras, miradas azoradas y pensamientos anticipatorios. En fin, no es tarea sencilla sino compleja, siempre imperfecta, anticipar y labrar caminos nuevos. De todos modos, sea que nos lo propongamos o no, permanentemente se están abriendo y cerrando sendas. Claro que no hay quien no quisiera (cada quien como parte minúscula de ese todo), quien no anhelase poder predecir y orientar el devenir de las transformaciones sociales.

¿En qué nos apoyamos para hacerlo? En el conocimiento disponible (incompleto, en construcción colectiva) y en su utilización para esclarecer y esclarecernos, en nuestras preferencias ideológicas y tozudez para sostenerlas, en las organizaciones o grupos de toda índole en los que participamos y, poco frecuente, en la capacidad mayor, menor o nula de integrar a nuestra perspectiva otros pareceres, otras interpretaciones, otros intereses de variada legitimidad.

Podemos distinguir dentro de un conjunto más amplio, un par de elementos que son esenciales en la tarea de procurar incidir consciente y deliberadamente sobre el proceso de construcción de futuro: uno se refiere a comprender lo mejor que se pueda cómo es la presente dinámica social (otra vez económica, política, ambiental, cultural y demás); el otro, imaginar el tipo de sociedad anhelada por la que estamos dispuestos a invertir buena parte de nuestras energías.

Lo primero, “el comprender”,  habla de conocer la génesis y el desarrollo presente de la dinámica social (raíces, explicaciones, mecanismos), disponer de información, someternos a un proceso sin fin de esclarecimiento personal y grupal para interpretar y evaluar conductas, hechos, procesos.

La otra dimensión esencial del proceso de incidir en la construcción de futuro, “el imaginar lo anhelado”, nos lleva a construir una suerte de utopía referencial. Utopía en el sentido que es un lugar que aún no existe pero que desearíamos que exista y referencial en la acepción que pueda servirnos de “norte” (o “sur”) para guiarnos en un cierto rumbo.

Condicionantes para “comprender”


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El proceso de comprender procesos que involucran múltiples variables e infinidad de relaciones entre actores sociales[1] exige escoger variables, seleccionar cierto tipo de agregación de relaciones entre actores (en el sentido de integrar conductas como si fuesen promedios significativos de lo que realmente sucede en la realidad), descifrar mecanismos de funcionamiento social (manifiestos o encubiertos) y apreciar sus consecuencias, efectos y resultados. Todo esto implica un esfuerzo de relevamiento y análisis de lo que sucede; por qué los hechos suceden como suceden y qué produce ese específico suceder. De ahí que cuando aparecen mercachifles simplificadores de la política y de la realidad socioeconómica descartando complejidades y esgrimiendo simplotas y amañadas verdades presentadas como indiscutibles (sirviendo a intereses insostenibles en campo abierto), no son pocos los seguidores sedientos de certezas que logran atraer. La impotencia, la frustración, los ocultamientos confunden y abren espacios para que algunos charlatanes se crean émulos de aquel Alejandro Magno que, 333 años antes de Cristo y frente a una complejidad cuya resolución desconocía, cortó con su espada el nudo gordiano para apropiarse del vaticinio de una leyenda (conquistar el Asia de aquellos tiempos).

Pero no sólo esto condiciona el comprender. Todo esfuerzo de comprensión requiere disponer de información y, si bien abunda la información que circula por el mundo, hay quienes detentan el poder de seleccionar y jerarquizar aquella parte del universo informativo afín a sus intereses legitimándola como la más relevante a tener en cuenta; el resto que siga circulando asegurando que no incida sobre grandes masas poblacionales. Se trata de no informar lo que sucede sino de presentar un recorte intencionadamente sesgado de lo que sucede. Entre ocultamientos y propios intereses, no son pocos los medios que desinforman, desorientan y manipulan la opinión pública, algo que no debiera sorprender dada la conocida relación que vincula el poder económico con los medios hegemónicos de comunicación.

Tampoco sería honesto ignorar la carga ideológica que cada uno lleva consigo y compromete su objetividad. Quienes son conscientes de ese rasgo muy propio de la naturaleza humana procuran erguirse hasta donde resulta posible por sobre los sesgos subjetivos que afectan la comprensión; otros en cambio aceptan sin cuestionar interpretaciones configuradas por ciertos grupos de poder para favorecer encubiertos intereses. Si bien trabajar por el bienestar general y no por el privilegio con sus abusos es loable, no ayuda hacerlo acudiendo a tergiversaciones que terminan llevando a cometer gruesos errores estratégicos.

Condicionantes para “imaginar lo anhelado”      

Un escenario de vida imaginada, anhelada, quizás posible pero sin duda incierta, hace parte del presente y, como tal, no sólo el pasado sino también el futuro incide sobre cómo encaramos y decidimos el accionar. Allí reside buena parte de la significación de una utopía referencial. La palabra utopía no evoca algo inalcanzable como vulgarmente se cree sino una trascendental transformación por la que vale luchar; la palabra referencial explicita que sirve de guía y orientación para decisiones estratégicas y cotidianas.

Como la utopía referencial se construye con el beneficio de lo deseado, las inconsistencias, incertidumbres y contradicciones del presente pueden ser abordadas con otra perspectiva e imaginar posibles soluciones. Esa construcción es un trabajo de muchos aunque pueda ser verbalizada o presentada por algunos. Al procurar concebir una utopía referencial nos movemos entre dos peligrosos extremos: de un lado el voluntarismo que peca de ingenuidad y desconoce el peso específico de los condicionantes de toda realidad y, en el otro extremo, un fatalismo esterilizante de la creatividad y de la determinación que cierra el paso al albedrío social e individual.

Sin embargo, es posible transitar un camino creativo sin caer en fatalismos ni en voluntarismos, aquel del libre aunque condicionado albedrío. Vale decir, tenemos libertad para elegir un futuro anhelado pero esa libertad, como otras, no es absoluta por la existencia de condicionantes que sería riesgoso e inefectivo ignorar.

Queda así destacada la importancia y la complementación que existe entre comprender lo que sucede, identificar restricciones y posibilidades, esclarecer lo que deseamos, hacia dónde querríamos dirigirnos, diseñar políticas y medidas que orienten el accionar social y templen nuestra determinación, proveernos de instrumentos de intervención y, durante todo el curso del trayecto, confirmar los valores que, consciente o inconscientemente, vienen con nosotros donde quiera que avancemos.

[1] 8 mil millones que cohabitamos en este planeta y números menores a nivel de cada país pero, aun así, de escalas imposibles de manejar si de considerar plenamente a todos se tratase.