– Su Nombre?

Phil Middleton

-¿Nació en las Islas?

-No, nací en Inglaterra.

-¿Cuándo llegó aquí?

-En 1978. Vine a trabajar como maestro. Primero en la escuela de Darwin y después me mudé a Stanley.

-Cuando vino a las Islas, ¿ya sabía que se iba a quedar?

-No, vine con un contrato de tres años, desde 1978 a 1981. Luego firmé otro contrato para quedarme dos años más. Luego vino el 82.

-¿Por qué se quedó?

-Me gustó el lugar. No estaba casado entonces. Pero el conflicto del 82 fue decisivo. Fue un momento tan importante que o decidías que te ibas y te olvidabas del lugar o, si decidías que te quedabas, significaba que querías estar y ver la reconstrucción. De hecho, después del conflicto se necesitó mucho trabajo para la reconstrucción. Y a la gente que se quedó para reconstruir le fue pareciendo cada vez más interesante quedarse.

-Era como un compromiso con el lugar y con la gente.

-Sí, exacto.

-¿Le gusta vivir aquí ahora?

-Sí, más que en cualquier otro lado. Tenemos un alto nivel de vida aquí, probablemente mejor que en Inglaterra. Y no es sólo el dinero; tiene que ver con la calidad de vida, con la gente, con cómo manejamos el lugar. La calidad de vida aquí es muy elevada.

-¿Cómo es la vida cotidiana?

-Bueno, yo soy un poco distinto de la mayoría. Soy una persona muy tradicional; por ejemplo, cultivo mis propios vegetales. Así que vivo de una manera muy tradicional, en la que no mucha gente todavía vive. Así que obviamente manejo el negocio, pero también lo manejo a través de mi página web y de e-mails, que me permite una proyección internacional. Y también trabajo como guía de turismo. Pero el resto del tiempo… Estoy casado y tengo dos hijos. Mi esposa trabaja en el hospital, así que ella es la que trabaja a tiempo completo y yo soy el amo de casa. Eso significa que tengo bastante margen para hacer lo que me gusta y de involucrarme con un montón de trabajo comunitario y de otras actividades.

-Suena bien.

-Sí, es lindo, muy simple, muy tranquilo. Lo más importante es que tengo tiempo para hacer esas cosas. Una de las cosas que les digo a los turistas cuando vienen, porque ellos no pueden entender cómo vivimos, es que aquí no sufrimos estrés. Si la gente tiene estrés, luego estresa a los demás. Pero una vez que uno está viviendo acá no tiene que hacer eso más. Uno trabaja duro, se levanta temprano y hace su trabajo, pero lo puede disfrutar porque no hay presiones para hacer las cosas. No hay apuros. Yo voy a todos lados caminando, por ejemplo.

-Es una vida más saludable…

-Sí. Me encuentro con gente en la calle, nos detenemos a hablar. Pero igual tengo un negocio que me brinda algunos ingresos, pero que es difícil de mantener aunque se trata de cosas que disfruto.

-¿Cómo empezó con este negocio?

-Lo principal del negocio tiene que ver con dos cosas que se dieron juntas. Una es que siempre estuve interesado en estampillas locales y cosas de colección. Y una vez que uno empieza a comprar cosas e inicia su propia colección, más fácil le resulta comprar en ofertas. Y uno siempre compra más de lo que necesita. Así que de alguna manera uno necesita deshacerse de lo que le sobra. Esa es una de las cosas. La segunda es que descubrí que hay un montón de gente aquí que solía coleccionar (y algunos todavía lo hacen), así que tienen un montón de material, estampillas, billetes y otras cosas, que han ido pasando a las generaciones siguientes, y ellos a veces quieren venderlas. Así que mucha de las cosas que yo tengo aquí las vendo para otra gente. Soy como un dealer local: compro y vendo. Pero lo que hago con las personas de aquí es, en vez de comprarles muy barato y luego vender muy caro, comparto las ganancias. Entonces lo que pasa es que los aliento a traer material, acordamos un precio de lista y la persona me da un tiempo para vender durante el cual no le pago. Y cuando vendo, divido las ganancias. Así que nos tomamos un montón de tiempo buscando cosas interesantes. Todo lo que vendo lo pongo en este lugar, donde también está mi material.

-Además del negocio usted tiene su propia colección.

-Sí, tengo mi propia colección.

-Debe tener un montón de cosas…

-Bueno, no todo. Pero tengo buen ojo para detectar cosas. Aunque no estoy necesariamente haciendo mucho dinero, estoy armando mi propia colección, para que en algún punto pueda parar y venderla. Sería para mi futuro, como si fueran mis ahorros.

-¿Qué tipo de objetos son los que más le interesan?

-Lo que más me interesa son las cosas que fueron producidas aquí en el pasado por gente como yo. Por ejemplo, en la iglesia Saint Mary había un hermano muy dedicado a producir sus propias portadas. Así que usaba estampillas y luego las imprimía y con eso hacía dinero. Eso para mí es más interesante porque es un producto local. No tanto algo que vino de afuera. Ahora estamos evolucionando y hacemos nuestras propias portadas, así que me gusta usar estampillas. En nuestra oficina de correo trabajan artistas locales.

-Tienen una Oficina Filatélica…

-Sí. Hacemos cosas como ésta [muestra un sobre con un dibujo y una estampilla]. Esto fue para los Juegos del Commonwealth. Esto fue a todos los países del Commonwealth. Yo contacto a artistas locales para que hagan estos dibujos. Luego, ésta es la estampilla local del día que la reina vino a las Malvinas.

-Es como un documento.

-Sí, y un montón de gente que estuvo involucrada en el proceso las quiere.

-Claro, porque tienen un significado.

-Sí. Ahora, yo no hago mucho dinero con esto. No es un gran dinero, porque tengo que pagarle al artista su trabajo. Y luego un dinero se va en la impresión y en comprar las estampillas. No lo haga para hacer dinero, simplemente cubro mis gastos. Y me deja unas pocas ganancias. Y todo el mundo queda feliz. Hay muchas cosas que esas que podemos hacer. Y ésta es una tradición que ha estado aquí por mucho tiempo. Desde que tenemos estampillas la gente lo ha hecho.

-¿Usted es parte de la Oficina Filatélica?

-Trabajo con ellos pero no oficialmente. Conozco a la gente, obviamente, pero no tengo ninguna influencia sobre las estampillas. Ellos deciden los temas. Pero como vivo aquí puedo usar lo que está disponible para hacer algo diferente. Y eso es lo que me gusta hacer, producir mis propias cosas. Para mí es interesante y es divertido. Por ejemplo, tengo este paquete de monedas [un paquete con monedas de las Islas, con una descripción de los motivos de cada una de ellas]. Simplemente por hacer esto, por poner qué significa cada una, las hago más interesantes que si fueran simplemente las monedas sueltas. Así, uno sabe que cada una tiene un significado. Son ideas. También con los artistas locales hacemos copias de las estampillas originales, reimprimimos los motivos. O me ocupo de guardar cosas como ésta: 20 02 2002 [un sello postal del 20 de febrero de 2002, fecha capicúa]. Siempre trato de enfatizar que uno puede hacer estas cosas sólo un día. Trato de darles estas ideas a otros. Es algo divertido, y así creo que debería ser la vida.

-¿Cuándo empezó con esta tienda?

-La tienda tiene unos cinco años. Desgraciadamente, no vienen muchos turistas. La razón es que no estoy en la calle principal. Cuando uno ve un montón de turistas, están todos en la calle principal. Así que no tengo tantos turistas como quisiera. Pero lo que sí consigo atraer es a la gente que se dedica a esto o que busca algo distinto. Y si buscan algo distinto, vienen y hablamos. Me encanta hablar con la gente sobre las cosas que coleccionan y lo que buscan, intercambios, cosas que encuentran. Es muy interesante.

-Es un público más calificado.

-Sí, más interesado. Si la gente está en el tema, sabe de qué se trata el negocio. Muchos de ellos se van, pero yo les dejo mi tarjeta y quedamos en contacto, nos comunicamos después. Mucha gente queda enganchada con el lugar.

-Sí, nosotros todavía no nos fuimos y ya estamos hablando de volver.

-Cuanto más viene la gente a ver el lugar, más puede entender. Lo que yo trato de decirle a la gente es que si uno trata de hacer una teoría para comprender cómo es que podemos existir aquí, no funciona. Tenés que venir y ver. Este lugar es muy pequeño, queda lejos de Inglaterra, no deberíamos existir. Pero el hecho es que existimos, así que la gente aquí es sobreviviente. Y sobrevive muy bien, porque mantenemos las cosas en una escala pequeña y compacta, y nos conocemos todos. Podría llamarse una gran familia. No necesariamente siempre una familia feliz. Además, por otra parte, somos una pequeña comunidad y uno puede llegar a saber todo lo que ocurre aquí. Por eso también es que me dedico a coleccionar. Hay estampillas desde 1878; son 125 años, una larga historia. Y por coleccionar, la gente puede aspirar a tenerlas todas. No sé en Argentina cuántas estampillas habrá, pero debe haber cientos de miles de millones. Costaría mucho dinero y llevaría mucho tiempo coleccionarlas todas. Lo que se puede hacer aquí, aunque cuestan un dinero, no cuestan enormes sumas. Pero si uno toma todas las estampillas que fueron producidas aquí, el costo sería alto. Pero si sacás seis de ellas, las grandes, la suma baja. Y en diez años no es tanto dinero. Por eso a la gente le gusta coleccionar, porque uno empieza con el álbum y al final de una década tiene todas las estampillas. Tenés el logro de haberlas juntado todas. Y las estampillas proveen una suerte de mente histórica, entonces uno empieza a entender el precio.

-Además, con ellas se pueden comprender tramos de la historia.

-Exacto. Por eso a la gente le gusta involucrarse en colecciones.

-Antes de empezar con la entrevista, usted nos contó que en un tour un argentino joven le dijo que la Argentina no debería reclamar más las Islas, y otro viejo le dijo: “Todo muy lindo, pero las vamos a recuperar”. De hecho, ésa fue una de nuestras presunciones al llegar aquí, que las generaciones más jóvenes están superando el tema, mientras que las generaciones mayores no pueden perdonar. ¿Cómo es concebido el tema aquí generacionalmente?

-El problema es que nosotros diríamos que no tenemos problema. Nosotros somos felices, entendemos la política, entendemos que somos un territorio de ultramar. Es el gobierno argentino el que tiene el problema, no el pueblo argentino necesariamente. Lo que pasa es desafortunado, pero el gobierno argentino parece querer alterar la situación. Por ejemplo, se quedó con el buque pesquero; quiere tener vuelos charters que crucen nuestro espacio aéreo. Si tomamos los vuelos charter, eso interrumpiría el turismo. ¿Cuánto pararía el turismo? No demasiado. Entonces, son un montón de palabras que en los hechos nos afectan poco, pero molestan, causan irritación. Lo que vas a encontrar es gente que quiere venir acá. Puede ser gente de Argentina, de Brasil, de cualquier lado, no importa. Si la gente acepta cómo es este lugar, entonces la gente los aceptará a ellos. Con lo que sí tenemos problema es cuando la gente viene a decir que las Islas no deberían ser nuestras. Un ejemplo que ocurrió hace unas semanas. Vino un equipo de periodistas y trajo a un ex combatiente. Así que un ex combatiente argentino, que nunca había estado aquí en su vida excepto durante el conflicto, volvió. Nos preguntamos por qué. Por qué él volvía. Por qué un equipo extranjero lo traía de regreso. Entendemos el estrés postraumático. Tenemos familias que vienen de Inglaterra. Lo entendemos. Y hay gente aquí que sufre de estrés postraumático, porque vivió la guerra. Si le preguntás a esa gente sobre el conflicto, te va a dar una respuesta directa. Puede que no sea la respuesta que querés escuchar, porque ellos tienen su punto de vista y pasaron una guerra. Una vez un turista me preguntó qué pensaba la gente de acá sobre la invasión argentina. Y uno piensa: “¿Qué es lo que me estás preguntando?, ¿qué hay detrás de la pregunta?”. Así que le pregunté a esta persona de dónde venía y me dijo que venía de Holanda. Y era una persona mayor, así que le pregunté: “¿Cómo se sintió cuando Alemania invadió Holanda?”. Y se puso a refunfuñar. Una vez que la gente puede relacionar su propia experiencia, puede entender un poco mejor. Y él entendió que la suya era una pregunta estúpida. Pero volviendo a lo anterior, lo que me parece muy triste sobre toda esta idea de traer a un ex combatiente –que en realidad no tengo problemas con que venga un ex combatiente- fue que cuando estaban en el aeropuerto para irse de las Islas, en su bolso él tenía un montón de cosas que sólo puedo llamar basura: cosas que se llevó de los campos de batalla. Siento pena por ese tipo porque sufre de estrés postraumático. Se estaba llevando un montón de basura a su casa para mostrarles a sus amigos. La parte más triste fue lo que el equipo de filmación le hizo hacer. Ellos esperaron hasta que le detectaran las cosas y se las sacaran, y luego todo el equipo se hizo a un lado y tiró toda su basura para no ser pescado. Así que lo estaban usando. Y eso le pasa a mucha gente aquí. Por eso muchos no quieren hablar, porque si llegamos a descubrir que nos están usando y que nuestras palabras son tergiversadas, no hablamos porque no vale la pena. Por eso, cuando la gente viene con la mente abierta y acepta que si estamos hablando del conflicto es algo que se está volviendo histórico (van a hacer 25 años el año que viene), pero lo que vamos a encontrar es que si la gente quiere dar su punto de vista, que no se sorprenda si el nuestro es distinto.

-Una cosa que nosotros entendimos desde el principio fue que, más allá de la política, aquí había gente viviendo desde hace muchísimos años y que esta gente vivió una guerra en el lugar donde vivía.

-Sí, hubo muchas experiencias.

-¿Usted vivió la guerra?

-Sí, en Stanley. Había unas 500 personas en Stanley durante el conflicto.

-Debe tener algún recuerdo…

-Sí. Es difícil porque tenés que entender lo que estaba pasando. Y depende de los puntos de vista de cada uno. Hemos tenido gente después del conflicto que ha venido, periodistas, que querían escribir artículos sobre cómo los militares argentinos trataron a los civiles. Y para ser honesto, no hubo trato. Ellos eran militares, otros eran conscriptos. Muchos de los conscriptos pasaron momentos terribles en las Islas, fueron muy mal tratados. Ellos tenían sus propias dificultades y sus problemas. Te cuento dos historias que normalmente no le cuento a nadie. Y entenderás por qué. Yo ayudé a manejar la escuela durante el conflicto, yo era maestro. Durante el conflicto tuve gente conmigo y con la escuela. Yo daba vueltas por toda la ciudad recogiendo chicos para llevarlos conmigo, y luego los devolvía a sus casas y los llevaba al colegio a la mañana y los llevaba de vuelta a la tarde. El 11 de junio, tres días antes del fin, tuve un hombre muy mayor, debía tener cincuenta y pico –yo tengo ahora esa edad-, vino a mí y no podía hablar mucho en inglés, y me dijo “usted es maestro”. No sé cómo lo supo. Y dijo: “Yo soy maestro. La guerra va a llegar a Stanley. Habrá peleas callejeras. Usted no debe abrir la escuela”. Y lo miré y le pregunté por qué, y me dijo: “Si van a morir niños, deben morir en los brazos de sus madres”. Fue muy duro. Nunca conocí al tipo, no sé si todavía vive, no sé nada de él. Lo único que puedo suponer es que él como maestro, no sé, él tendría unos 50 años, así que habrá sido atrapado y estaba diciendo esto, que él era maestro –y esto lo estoy suponiendo, él no me lo dijo- que era uno de los que fueron atrapados y tuve que traer a sus chicos aquí. Cómo supo que yo estaba dirigiendo la escuela, cómo vino y me contactó, no lo sé. Lo que sí sé es que arriesgó su vida, se escabulló, atravesó todo el lugar y vino. Hizo todo eso, y realmente creo que arriesgó su vida para asegurarse de que no murieran niños. Finalmente no ocurrió y no hubo peleas callejeras, pero si las hubiera habido, paramos la escuela. De todos modos, él vino hacia mí y arriesgó su vida para decirme esto. La otra historia: al final del conflicto en otras áreas hubo muchos incendios, y todos ayudábamos a los bomberos. Una vez, en un incendio, alguien gritó: “¡Hay una munición! Tenemos que sacarla”. Así que formamos una fila y la fuimos pasando. El tipo que estaba al lado mío…. (sigue 33 y 34.) Es el tipo de historias que la gente de ambos bandos no conoce. Es una historia que tal vez no le caería demasiado bien a la prensa británica, ni tampoco a la argentina. De hecho, tal vez nunca sería publicada. Es una historia de humanidad. El problema que tenemos es que mientras el gobierno argentino –y digo el gobierno, no la gente- siga presionando y diciendo que va a seguir reclamando por medios pacíficos, ese tipo de historias nadie las querrá oír. Yo creo que hay mucha gente a la que nos gustaría invitar para que volviera a las Islas, y entre ellos incluyo a los argentinos que nos ayudaron. Me encantaría encontrar a ese tipo que estuvo al lado mío sosteniendo una munición, y me gustaría saber también del maestro, y decirle “te respeto por lo que hiciste, arriesgaste tu vida por esos chicos”. Es una historia sobre gente. Lo que nos molesta aquí es cuando leemos que acá no aceptamos que las familias vuelvan, eso es basura. Mientras se respete lo que pasa y no traten de mostrar la bandera y esas cosas, no hay problema.

Te muestro una cosa antes de que te vayas. Algo que podés llegar a encontrar en la Argentina. (un sello). Esa es la bandera argentina. Era el sello que usaban aquí. Cuando nuestro cartero vio ese sello, lo sacó, lo dio vuelta y lo volvió a poner, de modo que la fecha quedara bien y la bandera quedara daba vuelta. Esa es una marca de desrespeto hacia su bandera, pero para nosotros era una forma de quejarnos porque estábamos bajo ocupación. Eso pasó por el correo, así que si encuentran algún sobre con este sello, es local, salió de Stanley, donde se operó con ese sello por diez días. Luego alguien lo paró en Argentina. Hay correo que ha salido y ha cruzado el mar con ese sello, y vale mucho dinero, unas 250 libras. Eso es valioso, igual que la correspondencia de los soldados, pero es muy difícil de encontrar.