La generación de energía nuclear como alternativa a los combustibles tradicionales recobró impulso en diversos países. Pros y contras de un tema muchas veces considerado tabú. El fantasma de Chernobyl.

Toda la existencia de la vida del planeta tiene como base la energía nuclear. Por más sorpresivo que suene, es rotundamente cierto. Toda la energía que recibimos del sol es nuclear. Así se llama al menos a la que se libera –espontánea o artificialmente- en las reacciones nucleares.

Si bien hay una ambigüedad en la nomenclatura (¿se dice energía atómica o nuclear?) es más apropiado utilizar “nuclear”, ya que la energía está en el núcleo del átomo, y de allí se libera.

En el mundo post revolución industrial, la necesidad de satisfacer de energía la actividad humana llevó a que además de los tradicionales combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas), se intentara la opción nuclear para abastecer de electricidad al sistema productivo.

Es insoslayable que fuera desarrollada primero con fines bélicos (de Einstein en adelante), aunque una vez ya instaurada la era nuclear, se buscó que este pueda ayudar a la soberanía económica de los países petróleo-importadores-dependientes. Así fue como Francia, Japón y varios países de la Europa del Este soviética tuvieron en la energía nuclear una de sus patas más fuertes en su suministro.

En la actualidad, hay 439 usinas nucleares dispersas en 31 países, que proveen el 15% de la electricidad mundial. En Estados Unidos y Europa, viejos proyectos nucleares congelados en los ’80 ahora volvieron a cobrar fuerza, debido al interés por evitar la contaminación por carbono y para paliar la dependencia petrolera. Incluso en el Viejo Continente el 30% de la energía consumida es de origen nuclear.

La Argentina tiene una larga tradición de desarrollo nuclear. Tras el abandono en la década del ’90, en los últimos años el gobierno argentino dio un renovado impulso al tema.

Pero a una década del nuevo milenio, con el calentamiento global como mayor factor condicionante a largo plazo en el policy-making energético, y con los riesgos de contaminación que conlleva, la suba en las apuestas por este tipo de energía despierta polémica. Y siempre, con el fantasma de Chernobyl de fondo.

Diversificar, esa es la cuestión

“Nosotros necesitamos energía, y tenemos que ver las alternativas y entender que todas tienen impacto ambiental. La hidroeléctrica genera espejos de agua artificiales y un movimiento de vectores de enfermedades, pero es renovable. La de origen fósil se llegó a explotar a escala tan grande que ahora está el problema del cambio climático. Entonces estamos en situación delicada”. Así presenta el tema Miguel Blesa, doctor en Química y ex gerente de Relaciones Ambientales de laComisión Nacional de Energía Atómica de Argentina (CNEA).

En diálogo con Opinión Sur Joven, si bien reconoce que la energía nuclear genera residuos radioactivos que tienen una vida útil muy larga, enfatiza en que no genera otro tipo de residuos, en que es una alternativa al petróleo y en que la materia prima con la que se desarrolla –el uranio- tiene reservas mucho más allá que las del petróleo (aunque para 2100 estará agotado). Además, el uranio produce más energía por kilo que el “oro negro”.

“La energía nuclear es competitiva. Tiene la gran ventaja que comparte con los combustibles que se la puede mantener produciendo constantemente. El reactor funciona 1 año entero sin parar hasta el primer mantenimiento. Eso es muy bueno para complementar con la hidroeléctrica cuando hay sequías. Tenemos que tener una variedad de orígenes para que una red interconectada no se caiga. Es fundamental una matriz energética diversificada”, explica.

Con respecto a los residuos radiactivos, asegura que mientras estén confinados “no hay problema”. “Están almacenados en un gran tanque de acero inoxidable, rodeados de barrera de concreto. Si ese recipiente se corroe, puede haber radiaciones nucleares si llega al agua. Pero eso ocurriría si se pierde el control del depósito”, agrega.

Como ejemplo, cuenta que las dos centrales nucleares argentinas, Embalse y Atucha 1, están protegidas de manera tal que pueden aguantar el estallido de un misil o terremotos muy fuertes. A pesar de ello, en la conversación se hace imposible que no aparezca la espada de Damocles de la cuestión nuclear: Chernobyl.

“En la historia hubo dos grandes accidentes nucleares, el deChernobyl (Ucrania) y el de Three Mile Island (Estados Unidos). Los soviéticos no trabajaban con criterios de seguridad que se usan en todo el mundo. Yo estuve en una central en Leningrado, similar a la de Chernobyl. Allí la valoración subjetiva de los costos era distinta. El gran problema (con la explosión de 1986) fue que no se tomó de inmediato la medida que había sugerido la Argentina, que era no consumir leche, porque la leche concentra radioisótopos, productores de radiación”, relata.

Según Blesa, bajo las normas que operan las centrales actualmente, los riesgos asociados no son importantes y los beneficios sí. “Un Chernobyl no es posible en la Argentina. Es más probable que un terremoto destruya Buenos Aires”, sintetiza. Actualmente, Argentina, junto a Brasil y México, son los países latinoamericanos que cuentan con capacidad de generación nuclear, aunque no tan amplia. De hecho, nuestra región es una de las más libres de reactores.

Los riesgos ante una exposición de radiación nuclear, si es intensa, es la muerte. Así les ocurrió a los primeros científicos que trabajaron el tema, como Marie Curie. A niveles más bajos puede generar problemas de mutaciones, alteración de fertilidad y de reproducción.

Pero hay otros riesgos. Menos tangibles.

Un lastre para el futuro

Repotenciar la producción de energía nuclear, por más segura que sea, puede terminar bloqueando la posibilidad de una nueva generación de energías: las renovables, como la eólica y la solar. Al menos eso plantea como principal objeción el director de Campañas de Greenpeace Argentina, Juan Carlos Villalonga, en entrevista con Opinión Sur Joven.

“Es cierto que la energía nuclear no es fuente de gases de efecto invernadero. Ahora, ese es el único beneficio que hoy puede mostrar. La mejora en los niveles de riesgos en la gestión de los reactores y la menor tasa de accidentes se logró porque hubo una fenomenal inversión en sistemas de control duplicados y triplicados. Eso se refleja en los precios, lo que la convierte en la fuente energética más cara, incluso que el petróleo. Además, son los Estados los que cargan con muchos de los costos”, señala.

Según Villalonga, las cuentas de la industria nuclear son “literalmente infinitas”, ya que los residuos hay que protegerlos ambientalmente y en términos de seguridad civil por miles de años.

En ese sentido, reflexiona: “¿Cuánto le costará eso al Estado? Es todo un desafío pensar que en 400 años van a seguir estando los residuos. Implica asumir el riesgo presupuestario de que los voy a tener que proteger”. Además, Villalonga anticipa que en la energía nuclear los precios nunca bajan, por lo que es cara intrínsecamente, no transitoriamente.

“La energía nuclear con los fondos que requiere es un tapón y una barrera a las nuevas fuentes de energía, como la eólica, que es la más potente y la que más rápido se puede hacer crecer, que ya está en nivel de perfecta competitividad con las convencionales. La eólica crece a nivel mundial por año 30%, mientras que la nuclear es un lastre para el futuro, es seguir encadenado a una tecnología obsoleta”, afirma.

El debate está vivo, como nunca desde los ’80. La crisis económica y la dependencia del petróleo llevaron a los Estados a retomar iniciativa en una alternativa que parecía casi olvidada.

Pero los costos de la energía van más allá de la materia prima. ¿Acaso se puede calcular el costo del dióxido de carbono emitido a la atmósfera, o el de trasladar poblaciones por las hidroeléctricas? Cuando se evalúa el impacto de las energías, no sabemos realmente ningún costo final.

Tal vez sería hora de cruzar el puente y ayudar, al menos, a abrir una nueva etapa en matriz energética, que no signifique un ancla para las futuras generaciones. Una economía sustentable depende de ello.

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