No sin su orgullo proverbial, los Armenios suelen jactarse de sus dos aportes fundamentales a la humanidad: el cristianismo y el vino. Del cristianismo no hay nada qué decir que ya no se ha dicho, de  los Armenios tampoco. Olvidémonos de la  Arca y de Noé,  el monte Ararat  hubiera quedado en la memoria colectiva de todos modos, por la simple verdad innegable  de que la montaña notoria es la cuna del vino. La Gloria con la G mayúscula.

A los criadores de  uva de Bordeux, de la cepa en la Ribera de Duero o del chianti de Emilia Romana, igual como a los bodegueros de Mendoza argentina o de Nappa Valley californiana, todo esto del monte y de la gloria ancestral  no les importa mucho;  pero ¡sí  señor!  – les fascina el hecho de que pudieron convertir la bebida de los dioses en la de los mortales. Un logro para nada despreciable: encontrar el punto de encuentro de  lo divino y lo mortal en un terreno tan placentero,  sintetizarlo en un oficio que tiene  mucho más  del arte que de la artesanía: elaborar el brebaje  que comparten todos. En fin, un  logro noble – democratizar la divinidad. Pero ¿pueden imaginar una democracia verdadera sin  la  pluralización de opiniones?  Sí,  el vino también divide la   humanidad.

¿No lo notaron?

Acodado en la barra, enfrentando a la mirada inquisitiva de un barman sabio,  uno ni siquiera se da cuenta cuántas decisiones   tiene que tomar antes del primer trago: ¿grappa o vino? ¿Whisky con hielo o  one single malt puro? ¿Un shot o un highball? Son decisiones importantes que uno tiene que tomar con cierta elegancia en ciertas ocasiones para quedar bien y en la altura de las circunstancias.  Pero la pregunta  clave  – ¿tinto o blanco? – para  cualquier  dichoso que  llega ileso al  primer plato de la noche, viene siempre como la hora de verdad después de unas cuantas elecciones previamente tomadas.

Es  el momento del  examen final que nos deja  en  una o en otra banda del  Styx etílico, con sus insignias  respectivas: si  uno falla  la respuesta, pierde el placer divino que nos une con los divinos, o “di vinos”, como decía ese monumento del cinismo renacentista  Pietro Aretino unos siglos atrás. No hay que ser ni político ni clérigo para concluir que el mundo entero queda polarizado según la respuesta de  los amantes de la Poción Mágica.

Dejemos por un momento los asuntos menos importantes de la actualidad  como la globalización, la pobreza y hambruna, el terrorismo internacional, las guerras comerciales…Concentrémonos en un señal inequívoco que nos susurra al oído: el mundo se está dividiendo; se está transformando en las hinchadas fundamentalistas: los del tinto contra los del blanco. Se están equivocando mucho  los que piensan que una bien  pensada comida opípara puede reconciliarlos. Siglos atrás, lo intentaron los franceses e italianos, ayudaban los españoles y portugueses, agregaron lo suyo los alemanes y húngaros, georgianos y balcánicos. Comenzaban con un champán (el aperitivo), seguían con el blanco (el primer plato), continuaban con el tinto (el segundo plato) y se acercaban al final  con  un oporto (el postre) para terminar con un coñac (el café) – con o sin  habanos. No duro mucho. Hoy somos testigos tristes de  una tendencia adversa:  la especialización. El espíritu  y la filosofía de Renacimiento, tan abarcativa cuando se trata del mundo de placeres, pierde contra la determinación quackeriana de la eficiencia especializada. Ellos y los demás  sufridos de  constipación nos enseñan que los tiempos no nos permiten las divagaciones ni digresiones; hay que seguir una meta, ir hacia uno solo objetivo, ser un goal-oriented person. En todo, desde las metas de la vida hasta la última gota de vino. Las ostras, por ejemplo: los del tinto son capaz, hoy en día,  de cometer una blasfemia y de tomar la cerveza – sí,  escucharon bien: ese brebaje que va con salchichas y würst alemán como guante en la mano pero de ninguna manera con la fruta del mar – solo para  evitar lo lógico, lo indiscutido, lo único que encaja como el combo promocional del McDonald, que es un sorbo del blanco con una chupada de la masa gelatinosa de una concha generosa! Igualmente, un bife de lomo jugoso y blandito que se corta fácilmente  con el costado poco filoso de un plato, no aguanta otra bebida que el tinto, pero ahora se pudre en la panza de cualquier  verdugo,  con la ayuda de los alquimistas de  Coca-cola a la que acuden los del blanco!  Algunas cosas valen solo si producen  placeres, por supuesto. Porque uno siempre puede entrar alegremente en el terreno del masoquismo anti-hedonista y  proporcionarse un mix inverosímil para emborracharse sin sentido o llenarse la panza de la manera   que  representa un serio desafío  para el más duro marinero escocés que nunca  llego más allá de la pura malta!

¿No lo notaron como se esta agrandando la otra brecha, la nacionalista?

Hay una enorme cantidad de ignotos, dispuestos de  elogiar cualquier cepa si es fruto de la tierra natal. Puede ser un asqueroso veneno, agrio como cvichek esloveno, o dulzón como un torrontés salteño barato,  o un riesling lamentable brasileño, o lo que sea – todo se perdona si el – nacional. ¿De donde el plebe saca esta sabiduría que un whisky alemán, conocido como “Racke” y promocionado con la lema sub-normal de “contener el olor a humo”, puede competir con un puro escocés o una malta irlandesa? ¿Acaso en Siberia tienen un gusto tan particular que prefiere un tinto exprimido de las tundras congeladas que del rico cepaje georgiano? ¡No, señor!, ¡de ninguna manera! Las cepas, como todos los placeres, son buenas o malas, su líqido divino también, y si el coñac sanjuanino es tan bueno – a pesar de ser olvidado y barato –  porque parece tanto al francés y no por el orgullo provincial. Virtudes de la uva autóctona son incógnitas antes de probarlas. Igualmente pueden ser de terror.  Estoy eternamente agradecido a unos cuantos profetas que trajeron al nuevo mundo las cepas de malbec y cabarnet sauvignon de Francia, la bonarda de Italia, o el tempranillo de España, más que  a los criadores de la uva local. La lema “Primero lo nuestro” puede funcionar para la Secretaría de Turismo en los tiempos de ajuste, pero a mi no me vengan con la botella del Vasco-No-Tan-Viejo en lugar del producto de la elaborada tecnología importada. Del otro mito que lo bueno no depende del precio y que el vino simple no puede ser tan malo como bajo puede ser su precio – ni hablar!

Y así podríamos continuar ad infinitum. La verdad es que las divisiones abundan  por donde se mira y ni siquiera hay un final feliz  vitivinícola ecuménico; las bodegas y cepas por ejemplo: yo, personalmente no aguanto un merlot aunque  sea de los mejores franceses o chilenos, como tampoco me entusiasman “Valmont”, y los productos de las  bodegas respetables como  “Norton” o “López”; al mismo tiempo reconozco  mis limitaciones que me imponen una incapacidad de mantener una posición crítica hacia cualquier vino que sale de las bodegas “Esorihuela Gazcón” o “Carmelo Patti”. Uno diría – De gustibus… Pero no siempre es así.

Es que la gente hoy tiende a ser fundamentalista. Es más fácil vivir así. El fundamentalismo es aplicable a los rubros menos pensados: quién adora a Maradona, no se  acuerda de Valdano, a un dictador añejo de cierta isla caribeña lo adoran o lo detestan, sin medias tintas, los de folklor no escuchan al rock, etc, etc.

Creo que no tardaremos mucho  antes de que los restaurantes del nuevo milenio  impongan nuevas divisiones junto son las indicaciones donde hay que sentar un fumador y donde un no-fumador: el sector de los del blanco y el sector de los del tinto. Dividirán también los menu y la comida – ostras para los del blanco serán prohibidas para los del tinto, y el bife para los del tinto será negado por la ley a los del blanco. Así todos felices! Y nadie confundido.

Que hará uno, acodado en la barra de un bar verdaderamente contemporáneo, enfrentado con un barman sabio de la mirada inquisitiva: ¿se entregará a las elecciones azarosas para  huir del fundamentalismo cerebral que no conoce las fronteras? Coca-cola con oporto, salpicado con grappa? Un tintillo regado con el jugo de tomate, con una gota de aceite de oliva? Esto podría desembocar en una protesta interesante y no menos creativa.   Porque lo que queda para aferrarse – cuando se cierran los ojos – es el viejo gusto de placer, un gustazo rico del paladar al contacto con el blanco o con el tinto o con cualquier cosa justa para el momento justo en el lugar indicado. No un gusto al blanco o al tinto, sino un gusto a placer. (fin)