La red Green Drinks se expande por cientos de ciudades con un solo objetivo: tormenta de ideas para crear proyectos sustentables. Cómo una anécdota de un bar inglés deparó en un éxito que cruza fronteras.

La red Green Drinks ofrece una variedad gigante de sabores.

Un ambiente relajado, con luces tenues, un gran salón con pared blanca para ser iluminada por los PowerPoint, un variopinto de jóvenes profesionales y emprendedores cobijados por un bar temático en el barrio más hypster de la ciudad. Ese es el marco en el que algunos se zambullen con la audacia necesaria para creer que todo día es bueno para cambiar (un poco) el mundo. Ese es el espíritu de Green Drinks.

En inglés “tragos verdes”, esta red internacional de reuniones de networking para personas involucradas o interesadas en participar de proyectos ecosustentables es uno de esos ejemplos con los que cualquier joven podría taparle la boca a algún mayor cuando dispare frases como que la juventud está perdida.

No sólo no está perdida sino que está bien encontrada. Green Drinks mantiene este tipo de reuniones en más de 700 ciudades del mundo con el objetivo de vincular a los diferentes actores del área tratada en cada encuentro para propiciar sinergias y proyectos.

Made in London

“Este es un proyecto ad honorem que depende de la buena voluntad de las personas y que tiene su origen en Londres. En Buenos Aires comenzó en 2009”, explica Vanina Estrugo a Opinión Sur Joven, una de las dos organizadores voluntarias que junto a Ethel Bonnet le ponen alma y cuerpo a mantener funcionando la sede local de esta red.

Estrugo charla mientras es interceptada por varios de los participantes de la reunión que tiene lugar en El Quetzal, un bar guatemalteco que en su nombre y ambientación homenajean al pájaro nacional de ese país, que era mítico para la cultura maya y hoy además le da nombre a la moneda nacional. El Quetzal, ubicado en el barrio de Palermo, ofrece gratuitamente su espacio para las reuniones a cambio de vender bebida a la hora de las charlas.

Es que tras las presentaciones de diferentes especialistas o emprendedores invitados para contar sus proyectos de desarrollo sustentable en marcha, le siguen conversaciones informales entre los participantes, que suelen ser alrededor de 50 o 60.

“Le ponemos mucho empeño y esfuerzo, nosotras tenemos nuestros propios trabajos pero somos voluntarias porque nos interesa hacer funcionar esta idea. Además de Buenos Aires en Argentina hay en las ciudades de Rosario y La Plata”, comenta Estrugo.

Esta idea surgió como tal en 1989 al norte de Londres, en un pub llamado The Slug and the Lettuce, en el que Edwin Datschefski estaba sentado con unos colegas tomando algo cuando visualizó en otra mesa a un conocido suyo, también con mentalidad ambientalista.

Al darse vuelta vio que su amigo estaba sentado con otros compañeros ambientalistas, por lo que se acercó, juntaron varias mesas, se agruparon y nació un movimiento que se replica hoy por hoy en decenas de países. En 2001, Datschefski creó un sitio oficial para impulsarlo y así continuó trascendiendo fronteras bajo la consigna de que cualquiera podía participar en tanto estuviera dispuesto a interactuar y sumar.

Otras de las condiciones es que la entrada sea gratuita, se mantenga como un proyecto sin fines de lucro con libertad total en la discusión y la estructura de organización sea descentralizada (los Green Drinks de diferentes ciudades no se vinculan y tratan de tomar temas locales).

De toda latitud

En El Quetzal la cuota de extranjeros estalla. La voz se corre y muchos extranjeros residentes en Buenos Aires tratan de seguir participando en Green Drinks porque hacían lo propio en su ciudad de origen.

Marion es francesa, tiene 27 años y vive en Argentina hace seis. “Hace ya más de dos años que vengo a estos encuentros. Me gusta intercambiar opiniones porque trabajo en una cooperativa y me sirve. La gente que conocés aquí es cada vez más heterogénea”, cuenta a Opinión Sur Joven.

También de Francia, Sebastien llegó hace poco a Buenos Aires y conoció en el patio a cielo abierto del bar a Marion. La lengua común los hizo entablar conversación y en una interrupción me comenta que fue voluntario de Green Drinks en su país. Tiene 23 años y se acercó porque conoce a Ethel Bonnet, una de las dos voluntarias.

Entre el medio centenar, igualmente, hay una mayoría argentina. Entre ellos Federico, un comerciante de 38 años que últimamente se hizo asiduo visitante de Green Drinks.

“Vengo más como testigo que como emprendedor, pero me interesa porque estas charlas que se dan (antes del networking) te abren la cabeza. Te inspira a sumarte e investigar sobre los temas, y participar como voluntario o lo surja”, relata.

En la otra punta del patio está Laura, una joven al borde de los 30 que trabaja en una cooperativa que produce alimentos orgánicos y escuchó sobre Green Drinks por medio de uno de sus proveedores. “Tenía ganas de conocer en persona esto que acá en Argentina no estamos tan acostumbrados: venir, hablar con extraños en total confianza y terminar creando algo juntos con suerte. Me llevo buenos contactos y voy a volver”, resalta, además de expresar su admiración por los emprendedores que dieron las charlas previamente.

Es que uno de los invitados que expuso en lo que precedió el contacto entre los participantes el día de mi visita fue Gonzalo Bazgan, el director ejecutivo de Cascos Verdes, una asociación civil sin fines de lucro que trabaja a favor de la inclusión social-laboral de personas con discapacidad intelectual, a través de la educación ambiental. Un proyecto que despertó la admiración de los concurrentes.

Cada segundo martes de cada mes en Buenos Aires se repite este evento que es tan solo una parte de un engranaje virtuoso que nació desde la espontaneidad de militantes ambientalistas y, con ayuda de la tecnología y las redes sociales, se viralizó por todos los continentes. Desde Vietnam a Canadá, una vez por mes en cualquier huso horario hay un encuentro en un bar entre gente que tiene ganas de hacer una simple revolución, algo así como un soviet de tercer milenio, en el que el mundo ya no está para ser dividido sino para salvarlo antes que se agote.