Había días que le costaba despertar, no porque la modorra le ganara, sino porque muy adentro de sí mismo, allí donde el vacío se acumulaba estrepitoso, los años crecían con la fuerza piramidal de un álamo, suspendiéndolo en un cansancio infinito. Afuera, sobre el pasto desierto, la simbiosis eterna de la tierra susurrándole baladas a la luna.

Se engañó creyendo que soñaba. Era difícil soñar, porque siempre temía despertar. Entonces prefería soñar despierto, que no era lo mismo pero al menos mientras lo hacía, la brisa de verano peinaba sus miedos.

Supo, cuando despertó, que era de noche. Más bien, lo sintió. El calor de las estrellas no se hacía esperar cuando el sol se cansaba de sus teatros nocturnos y las dejaba a sus anchas sorteando obstáculos inverosímiles. La luna estaba gorda y le deformaba su cuerpo sobre una sombra que se estiraba cansada y taciturna. Oyó (aunque ¿cómo?) que un gato guitarreaba la pesadumbre de andar solo en una noche tan linda. Y en verdad la noche era linda.

Suspiró antes de entrar en la realidad del monte. Los suspiros eran su forma de hacer que las bestias y los hombres entendieran que aún estaba vivo. Más allá de la cabaña (que él decía su cabaña), alguien caminaba intranquilo. Los pasos resonaban fúnebres lacerando la voracidad de la tierra sin memoria. Él estaba acostumbrado a los ruidos. La noche era un gran ruido de voces, mientras que los días callaban abombados por la canícula de enero.

Hacía mucho tiempo que su vida había echado raíces en las costumbres ingratas del monte. Allí tenía sólo un amigo (el verdadero dueño de la cabaña) que lo visitaba y le hablaba de sus alegrías y sinsabores. Se llamaba Gabriel y era un hombre talludo, con hombros de toro y mirada boscosa. Juntos se pasaban noches enteras contemplando la distancia que los separaba de un mundo que más allá, mucho más allá, se oxidaba en la mecánica marchita de falsos profetas. Por suerte Gabriel era como él y creía en la sabrosa profundidad de las tardes mansas; de los cielos abiertos y del fulgor casi demencial de un horizonte tranquilo.

Su rutina era siempre la misma. La mayor parte del día se la pasaba atento a cualquier mínima distracción. Pero como nunca sucedía mucha cosa, era de dormir siesta y de entregarse a los incalculables placeres del ocio. Por las noches todo era mucho más interesante y, como ahora, solía desvelarse sin motivo. Aunque, a decir verdad, esta vez, sin que él lo supiera, su desvelo nacía desde las profundidades más ignotas de la tierra, que siempre con ese silencio de madre conocedora, le revelaba en pequeñas dosis una realidad que quizá él no quería ver del todo.

Entendió, finalmente, que los pasos nerviosos eran de Gabriel. Trató de ubicarlo con una mirada furtiva, pero no dio con él. Los pasos no venían de la cabaña. Creyó sentir el aire dulce que anuncia la tormenta, pero al ver las estrellas se resignó al hecho de tener que seguir sufriendo el calor apabullante. A su edad, sus extremidades se hinchaban con la lluvia y le dolían, pero al menos el agua le devolvía un poco la frescura que le recordaba a sus primeros años, cuando sin entenderlo siquiera, la vida lo estiraba inclemente hacia arriba y lo forzaba a ser adulto.

Intentó dormirse nuevamente, pero la intranquilidad de los pasos que ahora se hacían más claros y fuertes no lo dejaba. Quizá eran muchos pasos, de muchos hombres. No estaba seguro. La noche y los grillos eran ahora grandes laberintos del sueño. Finalmente durmió un poco y despertó con el sonido sepulcral de la lluvia sobre sus grandes piernas. Todo le dolía. Pero era un dolor lleno de la felicidad del recuerdo.

Aún con la noche epidémica sobre su nariz, volvió a dormirse.

Él tendría unos cuatro años, era bajito y mínimo. Un niño lo miraba como perdido y él le devolvía una mirada desafiante. Esa fue la primera vez que se conocieron con Gabriel y el primer día que decidieron jugar juntos. Su nuevo amigo le hacía dibujos y se los mostraba contento. Él sonreía y pretendía, de alguna forma, imitarlo. Hacía mucho calor también y la madre de Gabriel lo llamaba a la distancia, pero el niño prefería quedarse allí dibujando. De pronto, una araña jugó a balancearse entre sus cabellos y Gabriel se asustó. Desde ese día entendió que serían inseparables.

Cuando despertó ya había parado de llover. Las enormes piernas le dolían mucho, pero una felicidad extrema surgía desde ese vacío estrepitoso que le recorría el cuerpo: había soñado. No estaba seguro de si así había sido el primer día con Gabriel (los años eran pesados como el agua de lluvia sobre sus anchos brazos). Lo magnífico de los sueños (recién ahora lo descubría) era que podían deformar la realidad a su antojo, pincelando en pequeñas imágenes mundos impensados y fabulosos.

Ya el sol se peleaba con la luna y las estrellas. Era el momento más teatral del monte, cuando casi de un pequeño golpe, toda existencia podía desvanecerse al no ser soñada por los hombres. O al menos eso le decía Gabriel, pero él no lo creía. Pensarlo así le asignaba algo de cosa divina a los seres humanos que, en definitiva, no eran más que pequeñas hormigas junto a un cosmos cargado de dudas colosales.

Ahora él era lo que se dice feliz. De a poco el día ascendía sobre el suelo verde, mientras la noche, alejándose, rumoreaba sus temores. Quizá estaba un poco ansioso y quería repetir el sueño (todavía no sabía que uno puede soñar cosas diferentes cada noche). Algo ya no era lo mismo para él, porque las mariposas, los pájaros, las flores no entendían que él había soñado. Y a medida que pasaba el día, más entendía que nada de lo que lo rodeaba podría comprenderlo. Salvo Gabriel.

La cabaña estaba sola y el gato sin gata dormiría en algún rincón de la cocina. El sol, que envuelto en tanta luz parecía de plata, lo golpeaba en la frente y lo amansaba en un sopor que pedía la diaria siesta de la tarde. Contento, lanzándose en busca del sueño, se dejó llevar por aquellas manos cálidas que lo empujaban más y más a una profundidad inconsciente.

Gabriel venía cansado. Pero ya no era un niño asustado por las arañas, sino el hombre que él conocía. Como siempre, se sentó a sus pies y le relató sus desdichas. Él lo escuchó atento sin decir una palabra, esa era la forma de comunicarse que ambos tenían. El hombre estaba más triste que de costumbre y a él le pareció que había derramado alguna que otra lágrima. En esta otra dimensión del sueño las palabras parecían más pesadas y serias (¿o acaso siempre lo serían?). Gabriel, arrodillado ahora, pedía un perdón divino y lloraba unas penas que él no lograba entender del todo.

Lo vio alejarse y volver con otros hombres. No podía ver muy bien porque la inconstancia del sueño (o del calor) le obsequiaba imágenes borrosas. Y así, en esa nebulosa fatídica, sintió el primer golpe sobre su tallo. Sus piernas enormes, desanudándose de la tierra, le dolían como nunca antes le habían dolido. Sus verdes cabellos caían libres al pasto húmedo. Ese vacío estrepitoso que lo recorría desde niño se estremecía mustio buscando despertar del sueño.

Pero el sueño era el que lo buscaba a él ahora, al menos para apagar aquello que ocurría en el monte. Porque lo que le hacían esos hombres era real, muy real. Y Gabriel, compungido como un niño que sabe que traiciona, empuñaba el hacha con increíble destreza.