Desde Formosa reclaman por sus derechos y por sus tierras. Si bien la Constitución Argentina los ampara, debieron viajar a Buenos Aires, pedir justicia e insistir para salvaguardar su cultura. La comunidad Quom en emergencia territorial.

Ilustración: Lorena Saúl

“…Fuimos a Buenos Aires con la esperanza de que ahí nuestro clamor fuera escuchado. Pero nos costó demasiado lograrlo: conferencias de prensa, huelgas de hambre, corte de 9 julio, medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, etc.” Félix Díaz, jefe de la comunidad La Primavera

Un día los habitantes formoseños de la comunidad toba Qom La Primavera decidieron hacer sus bolsos e ir a Buenos Aires. Dejaron sus chozas, se separaron de sus familias y se subieron a un micro. Fue una medida extrema ante una situación extrema: el estado provincial había decretado que iba a usurpar sus terrenos. Ellos ya habían intentado todo para evitar la sentencia estatal, pero sólo encontraron oídos sordos para sus reclamos. Representantes del gobierno y la policía se encargaron de dejarles en claro que la medida era inflexible mediante la persecución, la represión, los golpes, la quema de viviendas y disparos.

Fue entonces que muchos de los pobladores originarios de la comunidad Qom se trasladaron a Buenos Aires con la esperanza de encontrar alguna solución. Eligieron la plazoleta del cruce de las avenidas porteñas 25 de Mayo y 9 de Julio para hacer oír su voz. A los pies de la estatua de Don Quijote, se desplegó el asentamiento: carpas improvisadas de lonas viejas y bolsas de consorcio; en el medio de la plaza, una olla con agua para el mate.

Los medios de comunicación mostraron imágenes de la nueva villa miseria y las autoridades porteñas pusieron un par de baños químicos. Hasta llevaron un camión para hacerles los DNI a los Qom: la gran mayoría hasta ese momento eran indocumentados y muchos no hablan español.

Estudiantes universitarios llegaron solidarizados a la plaza para acampar con el pueblo originario y decoraron el campamento con carteles y pancartas de protesta. También Claudio Morgado, el presidente del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) y el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel estuvieron en el campamento. Distintas organizaciones de la sociedad civil (OSC), como las Madres de Plaza de Mayo y elCentro de Estudios Legales y Sociales (CELS) se acercaron para defender la bandera de los derechos humanos y la justicia.

Pero no obtuvieron respuesta, ni siquiera después de las multitudinarias marchas y las huelgas de hambre que realizaron. Sólo la policía acudió, pero para desalojarlos: las manifestaciones eran ilegales porque estaban obstruyendo la vía pública. Fueron cinco meses largos, con muchos conflictos y pocas respuestas, hasta que finalmente, el ministro del interior Florencio Ranzazzo decidió recibirlos. El tema territorial aún está tratándose en una Mesa de Diálogo, en la cual participan distintas personalidades y entidades comprometidas con la lucha de la comunidad Qom.

El líder

Desde que empezó el conflicto, hace más de nueve meses, Félix Díaz es el vocero de los habitantes de La Primavera. En Buenos Aires, Díaz se hospeda con su mujer en un departamento que le presta un amigo suyo en una casa chorizo, que comparte con una familia de verduleros, en Flores. Es canoso, arrugado, morocho. Las manos curtidas, los dedos gruesos, la mirada límpida. Aunque haga dos grados, él usa ojotas y un jogging.

Es huérfano, y sólo fue al colegio hasta segundo grado. Aprendió a hablar, leer y a escribir en castellano a la fuerza, cuando lo mandaron a hacer la colimba. Cuando era joven, fue aguatero y se dedicó a las changas, hasta que se casó a los 18 años y tuvo su primer hijo. En ese momento, supo que tenía que sentar cabeza, tener un rancho y la chacra.

“No elegí ser vocero, fue una responsabilidad que me cayó de arriba. Siempre estaba presente para acompañar, cada vez que un vecino tenía que reclamar algo o ir al hospital; desde entonces empezó a haber un reconocimiento. No quise ser líder, quería ayudar en lo que podía”, cuenta Díaz.

A partir de la repercusión mediática del acampe, el líder sostiene que se instaló la situación de los pueblos originarios en la sociedad. “Una vez me invitaron a un colegio y los alumnos le preguntaron a la directora si los aborígenes andaban desnudos, con plumas y arcos”. Entonces comenta que cuando decidieron ubicarse en el centro porteño, lo hicieron porque ese lugar representa símbolos patrióticos y revolucionarios, para lograr visibilidad y demostrar que son seres humanos como cualquier otro. “No somos del pasado, tenemos historia y seguimos insistiendo porque queremos continuar construyéndola”, asegura Felix Díaz.

Las tierras, la vida, el feudo

En Formosa, los habitantes de la Comunidad La Primavera no tienen ni un sistema educativo decente, ni atención médica funcional, ni tampoco casas que se adecuen mínimamente a sus necesidades. Lo que sí abunda entre los vecinos son las enfermedades, el hacinamiento, la desnutrición, el analfabetismo. Cuentan sólo con sus tierras, ancestrales y antiguas, para cultivar lo justo para vivir. Para ellos, la cuestión sagrada de las tierras se dirime de una manera lógica: si la vida es sagrada y no se vende, la tierra es vida y es sagrada, y por ende, no se vende.

Es por eso que la tierra no es sólo un sustento alimenticio, también es espiritual. Quedarse sin ella implicaría la ruina económica y cultural. Ante la falta de respuestas de parte del gobierno formoseño y para garantizar la integridad física de los habitantes de la comunidad, fue necesario que interviniera laComisión Interamericana de Derechos Humanos, la cual exigió al Estado “garantizar la vida y la integridad física” de esas personas.

La Constitución de la República Argentina reconoce la preexistencia de los pueblos indígenas, establece su derecho a la propiedad y posesión sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, a la personalidad de sus comunidades, a la participación en la gestión de sus recursos naturales y demás intereses que los afecten y a la educación bilingüe e intercultural. De hecho la ley 26160 de Emergencia Territorial y los Tratados Internacionales (convenio 169 de la OIT) dispone del relevamiento de los territorios comunitarios y la detención de los desalojos.

Sin embargo, los pueblos originarios son víctimas en infinidades de ocasiones de la discriminación, sufren desalojos y represión. El vocero de la comunidad Quom dice que esto sucede porque “la gente tiene miedo de perder sus privilegios o sienten que les van a sacar sus tierras”, y manifiesta que ellos hace años que defienden sus propios territorios. Y agrega que si bien aceptan el modelo social que se les impone, tienen otra cultura y se guían por otros tiempos. “Creo que hay que luchar para cambiar las cosas, si no vamos a estar destinados a quedarnos siempre pasivos en esta vida”. Y los Quom demuestran día a día muy bien su lucha.

Ilustración: Lorena Saúl

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