En la Ciudad de Buenos Aires se crearon espacios pensados para que los chicos concurran con el único propósito de jugar y divertirse. En el Abasto, en medio de la mezcla cultural que lo distingue, se encuentra la Juegoteca Casa Abasto, que reúne a niños de distintos países. Allí se relacionan y entablan lazos de amistad dentro de su barrio. ¿Por qué es importante fomentar el juego?

La idea es valorar al juego como un fin en sí mismo. “De hecho -dice la redacción original- para aquél que juega no existe otra finalidad que el placer y la alegría de jugar; sin embargo, no olvidamos que el juego constituye una acción capaz de comprometer a quienes participan en él favoreciendo vínculos interpersonales y grupales, facilitando la comunicación y la exploración del mundo circundante”.

En el año 2000, la Dirección General de Niñez y Adolescencia de la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires puso en marcha el Programa de Juegotecas Barriales, a partir de la promulgación de la Ley  415/2000. El programa comienza dejando en claro para qué fue creado. En su introducción, aparece el texto que da inicio a esta nota.

Además, el proyecto remarca la importancia de prevenir problemáticas sociales, fomentar la construcción de nuevos espacios sociales con participación activa de la comunidad, promover lazos solidarios y la defensa de los derechos de niños y niñas.

Desde la Constitución Nacional, Argentina adhiere a la Convención Internacional por los Derechos del Niño (CIDN). Desde su letra se reconoce como inalienable el derecho al juego y la recreación.

El centro cultural Casa Abasto es una vieja residencia que una mujer llamada Noemí heredó de sus abuelos y decidió transformar en un lugar que brinde distintas actividades gratuitas a los vecinos del barrio; desde talleres de artesanías hasta clases de apoyo escolar, allí está la “Juegoteca Casa Abasto”, que se instaló en 2002 gracias a un convenio del Gobierno de la Ciudad con el establecimiento.

En la actualidad son siete las juegotecas estatales que hay en esa ciudad. Además de la que se encuentra en Abasto, hay otras seis desparramadas en Almagro, Barracas, Barrio Tres Rosas, Boedo, Chacarita y Villa 15. Funcionan en comedores, instituciones barriales o centros comunitarios y cada una de ellas se organiza de acuerdo a las necesidades particulares del barrio.

Abran juego

En el Abasto, basta con andar unas cuadras a pie para notar la diversidad cultural de su fisonomía. Sus habitantes provienen, en su mayoría, de otros países de Sudamérica, particularmente Perú, Paraguay y Bolivia. En la calle Anchorena, a unos metros del turístico pasaje Carlos Gardel, descansa una antigua y elegante casa rectangular pintada de color verde musgo. En la parte media de su fachada, debajo de dos grandes ventanas, la inscripción “Casa Abasto” sobresale con letras rojas hechas a mano. Debajo del cartel hay un extenso ventanal que muestra un cálido bar. A cada lado del ventanal, una puerta invita a pasar. Por la del extremo izquierdo se entra al bar, mientras que por la otra se ingresa a la vivienda, devenida en centro cultural.

En el interior hay un patio, una escalera que comunica con las habitaciones de la parte superior y una sala. En el fondo se distingue un pequeño jardín, un taller y la cocina del bar. La sala junto al patio es el espacio destinado para que se desarrollen las actividades con los chicos.

Gonzalo Vidal es el coordinador de la juegoteca. Trabaja en la institución desde el comienzo, junto con las profesoras Laura Gigena y María Eugenia Roca. Entre los tres se las ingenian para entretener y divertir a los dos grupos de chicos que se reúnen allí de lunes a jueves para jugar y merendar. “Los Pumas” es el nombre del primero, compuesto por niños de entre tres y siete años. El de los más grandes, de entre ocho y trece, se llama “Los cancheros”. En 2003, ambos formaron la murga “Los Pumancheros del Abasto”.

Para Gonzalo “la idea es que se les brinde a los chicos el espacio que se perdió en la calle”. La cruda realidad social se evidencia en las historias de los pibes que asisten diariamente a Casa Abasto: la mayoría vive en casas tomadas o en pensiones humildes de la zona. En esos lugares no hay espacio para jugar. Entonces, si quieren divertirse, no les queda otra que salir a la calle. Pero para que estén más seguros, sus padres los dejan en la juegoteca y se van a trabajar.

Carolina Pearson, Profesora de Educación Inicial, trabaja en el jardín de infantes de la Escuela Cangallo. “Me parece que la implementación de estos espacios de juego es una propuesta que permite acercar a los chicos que tienen pocas posibilidades de acceder a diferentes propuestas lúdicas -afirma-. Estos lugares sirven también para contenerlos, evitando que estén tanto tiempo en la calle o frente al televisor. Sus realidades pueden ser muy complejas por lo que las personas que estén a cargo deben estar formadas para atenderlos emocionalmente”.

Los chicos encuentran en Casa Abasto un espacio en donde pueden jugar sin presiones. Allí, los profesores intentan interactuar con los niños desde otro lugar, diluyendo de a poco la tensión entre educadores y alumnos. Pearson adhiere a este concepto y agrega: “la escuela primaria no contempla la posibilidad de que jueguen. Siempre están centrados en que éstos completen sus carpetas y cuadernos con contenidos curriculares. El juego va quedando afuera de las aulas”.

Los profesores de los centros recreativos, en cambio, crean el ambiente y proponen las actividades, pero no limitan la libertad lúdica de los niños. El programa lo expresa de este modo: “A cargo de cada juegoteca habrá coordinadores de juego con el objetivo de facilitar el espacio de juego, pero una vez que el mismo está instalado, el coordinador entra y sale del juego. ‘Entra’ para facilitar y ‘sale’ para permitir que se siga desplegando el juego con los elementos que los chicos incorporen, elijan, inventen”.

El Estado en su laberinto

Gonzalo cuenta que hace muy poco tiempo, cuando se realizó el Primer Encuentro de Juegotecas a nivel nacional, los representantes de cada entidad del país vestían ropas acordes a su institución, mientras que los profesores que representaban a los espacios de juego del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires llevaban sólo una remera lisa que en la espalda tenía la inscripción “niñez”, sin ninguna otra referencia de pertenencia…

De modo que lograr que estos centros de recreación cumplan con sus objetivos no resulta nada fácil para los profesores. El Gobierno de la Ciudad no destina demasiado dinero para el programa y muchas veces ni siquiera envía los materiales que se necesitan para trabajar adecuadamente. Otro problema es el de la difusión. En general, al organizarse con otras instituciones sociales, las juegotecas logran un lugar en la consideración de la comunidad, pero este reconocimiento suele estar acotado a los vecinos más comprometidos socialmente. Entonces, ¿qué imagen tiene la comunidad de estos espacios de recreación?

“Hay un problema con eso -dice Gonzalo-. Son pocos los que conocen lo que hacemos. Hay una cuestión nuestra también, de poca difusión y poca imagen. Nuestro programa no es una iniciativa difundida, no es Guardia Urbana. Nosotros no tenemos logo, por ejemplo. No hay publicidad. Y no hay una apuesta política en esto”.

Desde el gobierno porteño, Marcelo Ayuso, Coordinador General del Programa de Juegotecas Barriales, tiene algo que decir al respecto. Como buen funcionario público, comienza haciendo grandes promesas. “La Dirección General de Niñez y Adolescencia se comprometió a triplicar el número de juegotecas existentes para el año 2007”, enfatiza. Ayuso también se refiere al problema de la difusión. “Las estrategias de difusión las define la superestructura política -continúa-. En la actualidad se basan en la atención de poblaciones focalizadas, respondiendo por otra parte a reclamos de la misma sociedad, que actualmente radican en el pedido de respuesta a situaciones de riesgo social, chicos en situación de calle, desnutridos, sin techo”.

Jugar es un derecho, y las juegotecas se ocupan de hacerlo posible. Sin embargo, el eje de la cuestión cambia drásticamente cuando se dispara el debate sobre el rol del Estado.¿El derecho al juego puede ser el fin último, dejando en segundo lugar el derecho a una infancia sana, a una vivienda digna, a crecer en una familia que goce de un buen nivel de vida? Si el Estado se desvincula del compromiso de hacer que se cumplan realmente los derechos elementales de su población, el juego es mera ilusión, un pasatiempo fugaz útil para que los chicos se “olviden” de su situación por unas horas al día.