Suele despertar dos sensaciones casi opuestas en los espectadores: algunos lo miran fascinados por el profundo contenido de las obras; otros se duermen en el camino. Nuestro columnista cineasta explica que existen caminos intermedios entre la intelectualidad de algunos y el aburrimiento de otros. De paso, nos tira algunas recomendaciones.

El documental es aburrido. El documental es el primo pobre del cine de ficción. El documental casi no es cine sino un producto menor destinado a la TV. Si usted cree esto tiene razón. Pero además, no sabe nada.

Doc Esponja

El género documental como tal se inicia más o menos con “Nanuk el esquimal” de (Robert Flaherty, 1922), que retrata la vida cotidiana de un esquimal en tierras de Alaska. La obra es tierna y simpática pero llega un punto en que uno se pregunta si no habrá otra cosa más que una foca para la cena.

Esta es la rama más conocida por todos nosotros: el documental etnológico. El realizador observa, disecciona y organiza un relato con el saber de su lado. Ha habido casos donde el saber estaba más “a un lado”, pero esto inició una discusión furiosa acerca de si este se encontraba a la izquierda o a la derecha del realizador.

Con el correr de los años, los métodos y las formas evolucionaron; también se amplió el abanico de temas. Y el documental mostró su condición de esponja: todo puede ser abordado por este género si el realizador encuentra la manera creativa de hacerlo. Veamos algunos ejemplos ilustres:

En Construcción, es un documental de Luis Guerin que registra la construcción de un edificio de departamentos en un barrio bohemio de Barcelona. El director habla y deja hablar a los obreros, entonces el pasaje de información que brinda no sólo es un fresco de la realidad social, sino también un mundo íntimo de vínculos, relaciones y posibles formas de vivir.

Otra propuesta interesante es “Santiago” de Salles. Aquí el director retoma un proyecto de documental trunco. Recoge algunas viejas cintas y se pregunta: “¿Dónde fallé? ¿Por qué mi documental no salió como quería?” No sólo responde y se encuentra a sí mismo durante la película, sino que además posee un nivel estético y de puesta en escena admirable.

Si hay un documental que rompe la idea de objetividad y frialdad que supone el género, y que se muestra rico en estructura dramática y emociones, ese es“Allende” de Patricio Guzmán. El chileno habla amorosamente de Salvador Allende y lo liga con su vida, con sus sueños y con lo que pudo ser.

Estos ejemplos señalan (no preguntar con qué dedo) una cosa: el género no demanda “grandes temas”. Sólo buenas ideas, identidad en el planteo y una realización acorde. Y claro, una tecnología que permita llevarlo a cabo, sin que cueste un ojo de la cara (cosa que además complicaría mucho mirar por el visor).

“El riesgo es lo que más me interesa”

Gustavo Fontán, realizador cinematográfico argentino, se refiere a su propia experiencia a la hora de filmar documentales.En este link habla sobre el tema

Las tecnologías permitieron hace casi 100 años filmar las primeras imágenes en movimiento. Hoy los avances tecnológicos hacen que filmar sea una cuestión de método.

Tecnologías del Doc

Jean Cocteau alguna vez dijo: “El cine será arte cuando su costo sea igual al de un lápiz y un trozo de papel”. Quien aquí escribe no sabe cuanto cuesta un lápiz Stadler, pero seguramente, mucho menos de lo que sale filmar algo. Sin embargo, supone que Cousteau hablaba en sentido metafórico, lo que, de ser así, resulta profundo y profético. Hoy hacer un documental está al alcance de cualquiera, más que nunca en la historia del cine.

Existen cámaras de precio casi hogareño y respuesta casi profesional. Los equipos necesarios son pequeños, móviles y claro está, atractivos a la vista. Filmar con estándares lumínicos y de composición resulta mucho más fácil de lo que era hace 15 o 20 años atrás.

El problema o el quid de la cuestión, sin embargo, es tan antiguo como evitar a la suegra o conseguir monedas para el colectivo. ¿Cómo encontrar algo para narrar? Tantas facilidades, tantas simplezas a la hora de obtener imágenes del mundo real nos enfrentan casi de inmediato, al vértigo de nuestra necesidad primera. Elegir el objeto de observación es el primer paso en nuestra carrera, o mejor dicho nuestra maratón. Y como decía Aristóteles, “empezar bien es la mitad del trabajo”. Si prender una cámara y obtener imágenes en movimiento es tan simple y está al alcance de casi todos, ¿por qué no hay una cola de Kubricks o Scorcese esperando su estatuilla dorada?

Siguiendo al conejo Blanco

Como toda nueva ola, el género documental necesitaba su legitimación académica. Es cierto que desde Coucteau ya se brindaban laureles para tirar al techo, pero en las últimas décadas hubo, al menos, dos puntos determinantes para afirmar al género.

En el 2004, Fahrenheit 9/11, de Michael Moore ganó el máximo premio en el festival de cine más prestigioso del mundo: Cannes. No podrá pasarse por alto la declaración de principios que eso significó. No sólo se premiaba un documental, sino que además, se trataba de un largometraje que despotricaba con cuanto argumento existía en contra de la administración del entonces presidente norteamericano George W. Bush. Durante décadas la hegemonía de la ficción era rota con un mensaje muy claro que los franceses (y el resto del mundo) enviaban a los Estados Unidos: “We know what you are doing, we know who you are”; esto, claro, es una interpretación tendenciosa de quien escribe. Medio Oriente estallaba con la persecución de terroristas islámicos, la contraofensiva norteamericana bramaba por seguridad nacional, un gordito con anteojos y gorra decía: “No les crean ni jota” y Cannes lo premiaba.

Otro ejemplo, que revalorizó al género documental fueron losDardenne Brothers Algo menos sexys que los Jonnas Brothers, esta dupla filial ha llevado el concepto de ficción-documental hasta un límite nuevo. Películas como RosettaEl HijoEl Niño, son ficciones concebidas bajo ciertas formas del documental: los tiempos, los encuadres, la ausencia total de música son algunas de las marcas nativas del género documental puestas aquí al servicio de una historia fuertemente dramática. No es que todo se dirima en una monotonía llana, sino que el énfasis se encuentra disimulado hasta casi lo imposible.

Los hermanos Dardenne presentan sus historias ejemplares con casi todos los tópicos formales del género documental, y es por eso que hicieron estallar a la ficción. Los premios se sucedieron en todo el mundo, al igual que las antipatías y los plagios. Pero sin duda estas películas fueron el envión definitivo para muchísimas otras que decidieron escapar de la fórmula -y no tan fórmula- de la ficción en el cine. Como en toda apuesta hay algo que se gana y algo que se pierde. Si bien hay un ritmo al que uno debe estar dispuesto a seguir, debido a cierta lentitud, los resultados en cuanto a clima y exposición del conflicto resultan tan sutiles como franceses.

Todos estos casos representan aquí al ansioso conejo blanco del cuento de Alicia. Habrá que perseguirlos a ver adonde nos llevan.

Contar una historia, conmover u expresar dolor sigue siendo el motor del arte y por lo tanto del documental. La sensibilidad ante la injusticia es lo que lleva al documentalista político a meter el dedo en la llaga. Pero será su capacidad de articular las herramientas del cine lo que llevará su documental al próximo nivel. Hoy parece que (como en tantos otros campos de la vida) estamos próximos a todos y a todo, todo el tiempo. Sin embargo, una vez esquivada esta ilusión, nos damos cuenta de que todavía hay que estirarse, esforzarse y comprometerse mucho para alcanzar las cosas. Y, como dice un cineasta esponja, volver a casa para la cena. Por supuesto no hay recetas, sólo un grito de aliento: “¡A filmar que se acaba el mundo!”

Ilustración: Guadalupe Giani

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